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Revista núm. 26 - Julio/Diciembre 2019

Aprender y aprehender 

Fernando Juárez

Fernando juarez

 

Bertrand Russell, destacado filósofo inglés del siglo pasado y decisivo influyente en la marcha de la filosofía occidental, reconoce que su experiencia escolar universitaria estuvo aguijoneada, siempre, por la controversia. Lo cito: “Cuando era estudiante universitario, había muchos chicos más listos que yo, pero los sobrepasé, porque, mientras ellos estaban dégagé, yo era apasionado y me alimentaba con la controversia”.[1] Como cita ocasionalmente literaria ésta puede no pasar de ser un rasgo curioso, sin embargo, en este caso debe llamar la atención para enriquecer el espíritu de la misma en la formación universitaria de un estudiante de cualquier nivel de estudios superiores.

En primer lugar no es algo extraordinario que en el universo de individuos que estudian una carrera los haya quienes sobresalgan más que otros, y ello incluye el “ser listo”. Un rápido y fugaz examen a cualquier grupo de estudiantes en ese nivel da cuenta de esa situación comparativa. La diferencia estriba en ser conformista o no; limitarse a dar el mínimo sin atisbar al máximo. En esas situaciones los “más listos” suelen confiarse y dejar todo al confort de su habilidad acomodaticia, dando señales inequívocas de la limitación de sus aspiraciones vocacionales, académicas y motivacionales. No dormirse en los laureles es una forma de ir más allá que esos otros “más listos”. Debe haber un leit motive propio del estudiante que lo hace salir adelante y hasta sobresalir de entre los otros. Tal es el caso de Russell cuando reconoce en la pasión y la controversia el motor de su desarrollo intelectual.

Es posible que para muchos este palabrerío no pase de ser un rosario de frases huecas, sin sentido, o simples desiderata. Como esqueleto literario requiere ser incorporado con el sustrato de las ideas que hagan plenamente comprensible aquello a lo que refiere Russell, y es lo que me atreveré a bosquejar en lo que sigue, pensando, en obvio de dificultades, en alumnos de una carrera del universo cognitivo pedagógico.

Es necesario advertir, de entrada y con suficiente énfasis, que los argumentos pertinentes tocan las fibras más sensibles de la educación, pues es en el proceso enseñanza-aprendizaje (expresión cara a los teóricos de la educación) donde habrá de darse la batalla por el ir “más allá” del común de los alumnos.

  1. Solucionar y entender. A lo largo de una formación académica universitaria se entrecruzan en el camino de los alumnos una buena cantidad de problemas que se le pide resolver. Ya de planeación, de currículo, de historia, de didáctica, de sicología, de administración, siempre tendrá frente a él algún problema planteado por el docente, con la consigna de resolverlo. Empero ello implica poner la carreta delante de los bueyes. ¿Cómo es esto?

Para solucionar un problema la más elemental de las lógicas obliga a considerar, previamente, la comprensión del mismo; si uno no entiende lo que tiene entre manos se está muy lejos de solucionarlo. Si no alcanzo a entender algo, mal puedo establecer una controversia por supuestas soluciones de ello y estoy impedido de avanzar un ápice en su eventual solución. La polémica tiene sentido primigenio cuando están sentadas las bases de la intelección del problema, no en su solución. De modo que antes de solucionar, por ejemplo, el problema de “aprender jugando”, se debe tener muy claro en qué consiste el problema de ”aprender”. Toda solución que se ofrezca, sin comprender el problema, será güera. Lo que nos hace buenos alumnos es entender, antes que solucionar, o aunque no haya soluciones.

  1. Método de enseñanza. Al abordar determinada temática, durante una sesión de clase, es moneda común asumir que el alumno no percibe el problema y, en consecuencia, decidir que corresponde al docente develarlo para él: tal prejuicio equivale a hacerlo comulgar con ruedas de molino. 

Si bien la historia de la educación acusa múltiples avances, a veces con bombo y platillo y en ocasiones de la mano de la desgracia, en la modificación de los métodos de enseñanza, de manera inexplicable y escandalosa la fortaleza medieval del magister dixit se ha mantenido inexpugnable, dejando en el plano de la pasividad el trabajo intelectual del alumno, cortando de tajo las alas de esa pasión de la que nos habla Russell. 

Dejar la iniciativa al docente es la mejor manera de despojar al alumno de las andaderas que lo incitan a caminar, a tientas y desorientado, es cierto, por el sendero del conocimiento. Cual padres aprensivos los docentes se encargan de marcar la pauta del desarrollo polémico del alumno y cuando éste, apasionado por la controversia quiere soltar las amarras de su embarcación en busca de los vientos a favor, cae en cuenta de que el timón se le quedó atrás, en manos del docente. Lo que nos hace buenos alumnos es contar con un método de enseñanza que nos permita tomar la iniciativa, o al menos compartirla.

  1. Lucidez y claridad. Si bien la mayoría de los alumnos acceden a las aulas universitarias con un pesado lastre de obediencia familiar, social y escolar heredada, es una verdad de hecho que ni por asomo tienen cancelada la lucidez intelectual, asunto importante pues éstas son ingredientes inseparables del pensamiento polémico. Es totalmente falso aquello de que los alumnos, al acceder a un nivel educativo, son una página en blanco que los docentes se encargan de ir embadurnando de conocimiento con el paso de cada uno de sus semestres académicos. 

Coincidiendo con, pero sin ser partidario incondicional de los constructivistas, reclamo que un estudiante lúcido y claro en su pasión por la controversia puede ser el autor de su propio avance; el problema reside en que le sean reconocidas y respetadas esas cualidades, no sólo normales sino incuestionablemente deseables en ese universo de sujetos. Como docente uno siempre debería considerarse afortunado de enfrentar, de manera cotidiana y familiar, el gesto intrigado de un alumno quien lucha bizarramente con las afirmaciones aseveradas en un texto, afirmadas por un compañero o sostenidas por el propio profesor.

En éste, como en los parágrafos 1 y 2, lo que nos hace buenos alumnos es hacer valer la lucidez y claridad propias de nuestro carácter de seres humanos pensantes que comienzan a aprehender, con hache, en el vetusto pero válido sentido latino de la palabra.

No es que tengamos que ser, todos, Bertrand Russell; lo deseable es que dejemos ser a los alumnos, permitirles desarrollarse en lo intelectual. Que si su pasión polemista lo lleva a estar en contra de una metodología de investigación, antes que inhibírsela se la debe alentar. No tiene por qué estar de acuerdo con el autor Fulano de tal o aceptar las afirmaciones magistrales del docente en turno, ni con la función paternalista de la educación.

Si el alumno razona dejémoslo razonar; si polemiza fomentemos esa sana actitud; si argumenta atendamos su argumento. Pero nunca lo castremos pues arriesgamos tener egresados intelectualmente eunucos.

Nota 

[1] Citado en V. Metha, La mosca y el frasco. Fondo de Cultura Económica. México, 1976. P.50

 

 

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