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(O, “no tengan miedo muchachos”)

Fernando Juárez Hernández

Fernando juarez

6:15  Suena el despertador. Levantarse y prepararse para ir a caminar/correr a la pista del deportivo. Manejar 10 minutos hasta el deportivo. 

6:55 Llegar a la pista. Caminar unos tres kilómetros, transpirar, respirar, estirar, aflojar, etcétera.

8:00  Fin del ejercicio. Enfilar a la casa.

8:15: Llegar a la casa. Bañarse. Hacer la cama. Preparar el desayuno.

9:00  Poner música. Desayunar. Sobremesa saboreando lo ingerido y chacoteando de cualquier cosa. 

9:50 Levantar mesa. Retirar trastos del escurridor de la noche anterior. Lavar trastos del desayuno.

10:30 Levantar la ropa utilizada el día anterior; recoger lo sobrepuesto en cualquier lugar. Poner ropa en la lavadora. Hacer lista de lo que se va a comprar en el mercado

10:50 Tender la ropa. Poner más ropa a lavar, si la hubiere.

11:10 Salir a las compras.

13:15 Regresar a casa. ……hizo la sopa y agua de sandía. Me queda a mí el resto: cerdo en salsa verde con habas.

14: 20 Lista la comida. Después de comer, otra agradable sobremesa. Levantar los utensilios de comida y dejar su lavado para más tarde.

15:30  Momento de reposo. A la camita a estirarse, leer el periódico si se tuvo suerte de encontrarlo. Tal vez mirotear la tele y si nos gana el sueño, un coyotito.

17:00 Bajar a las canchas del deportivo a practicar Voli pues mañana hay juego.

18:30  Regresar a casa. Lavar los trastos de la comida. 

19:00 Hora de trabajo: …..estudiar, escribir o leer.

21:00 Hora de cenar. Buscamos algo que se nos antoje. Otra larga sobremesa.

22:00 La esposa suele acostarse a estas horas. Si no me quedo escribiendo o leyendo, la acompaño y vemos una película. 

24:00  Fin de la película. Fin del tedio. Fin de la rutina. A cerrar los ojos.

Cuando uno se entera de esta rutina no tiene menos que concederle toda la razón a quienes le temen a la jubilación. Si eso es lo que sucede invariablemente cada uno de los 365 días del año, es preferible seguir al pie del cañón laboral hasta que el cuerpo diga basta y lo saquen a uno de su centro de trabajo (académico) con todo y pulmón artificial, silla de ruedas y con las botas puestas.

Doblegarse así ante la tediosa dictadura de las horas, ceder toda la plaza al enemigo sin siquiera alterar un minuto las actividades de la bitácora es un sacrificio absurdo e irracional que no debe correrse. Mejor morir con las botas puestas, como en las viejas películas del Oeste. Empero, la clave está en las 365 eventualidades que trastocan esa tediosa rutina. Véase si no.

Puede ser que amanezca lloviendo y adiós el ejercicio de ir a correr, con la consabida alteración del horario y modificación del resto de actividades.

O el pasto del jardín grita a todo pulmón que necesita ser cortado, con lo cual debes dedicarle 2 horas que deberás sacar de cualquier parte, dejando pendientes o sin hacer otras actividades del día.

Y si no es el pasto, son las macetas que requieren regarse, podarlas, eliminar las hojas secas, remover la tierra; y por contagio seguirse con las plantas y árboles frutales del patio. Eso son casi cuatro horas de fatigoso trabajo que puede retrasar el desayuno, o el baño o la ida al mercado.

Si crees que este día no hay nada que hacer, puedes equivocarte. Algo te recuerda que las bisagras de todas las puertas y ventanas de la casa deben engrasarse. Eso quiere decir las 6 puertas de la casa, sus 9 ventanas, 4 puertas de la alacena, 6 del mobiliario del baño, 2 puertas de la bodeguita de herramientas, las cuatro hojas de las rejas metálicas del garaje y de la entrada a la casa. También las de la tapa de la cisterna. T-O-D-A-S. Y como no sólo se trata de echarles aceite sino limpiarlas y corregir cualquier detalle, ya te consumió algunas horas que repercuten en las actividades de la “tediosa rutina”.

En el transcurso de la aceitada de puertas y ventanas te percatas de los varios multifamiliares que con el tiempo han construido las arañas por rincones y cornisas alrededor de la casa, amén de las manchas que los benditos pájaros dejan por las paredes exteriores en su alada defecación. Ahí tienes que lidiar con las alturas pues no todas están al alcance de la mano y tienes que recurrir a la escalera de mano, colocarla estratégicamente para alcanzar las más que se puedan; echar mano del largo artefacto para tallar en las alturas y las más bajas lavarlas con agua y jabón. Después de unas horas de ajetreo es obvio que acabes rendido, sucio y hambriento, así que si comenzaste temprano puedes bañarte y desayunar para continuar con la trastocada “rutina” del día.

Tal vez mientras te enfrascas en la elaboración de un huevo estrellado, unos chilaquiles o lo que te haya despertado el apetito mañanero, caigas en la cuenta de que la estufa ya muestra las huellas de la batalla; y no sólo ella, la cocina misma amerita algo más que una manita de gato, así que después de desayunar, o comer, hay que mover muebles, utensilios, recipientes, y las mil cosas que nunca imaginaste cabrían en tan pequeño espacio. Armarse de jabón, fibra, trapos, jergas, escoba es lo primero. Después se prodiga la actividad quitando grasa, cochambre, polvo, tirando sobrantes, redistribuir posiciones, anotar faltantes; vaya, todo un universo de cosas que cuando te das cuenta ya dispusiste de dos o tres horas del día que te obligan a repensar la forma de distribuir las actividades que forman parte de la “aburrida rutina”. 

Imagínate que cuando sales temprano, por la mañana, a hacer tus ejercicios cotidianos, notas que una lámpara del exterior no está prendida, a diferencia de su par que sí lo está. Haces tu ejercicio, regresas a casa, te bañas, desayunas (la consabida “rutina”) y después de todo ello vas con un foco en la mano a cambiar el que supones fundido. Lo cambias y cuando activas el encendido no prende. Lo pruebas en otro socket y te sorprende ver que está en buenas condiciones; ¿qué te queda? Checar en qué consiste la falla, así que desarmas la lámpara y ves que un cable está desconectado porque se rompió la soldadura. Al hacer todo ello te determinas que hay que comprar otro socket de manera que vas a hacerlo y aprovechas para comprar cosas que faltan para la casa. Ya consumiste unas horas y eso que aún no has hecho el arreglo de la lámpara, pero ya es hora de cocinar o de completar lo que  tu esposa hizo mientras tú estabas de compras. “Ni modo”, dices, “mañana termino el trabajo de electricidad”. Por hoy ya se rompió la rutina y para mañana, si se hace la compostura, también habrá consecuencias para la misma.

Puedes dejar sin luz unos días esa parte de la entrada –como lo has hecho en otras ocasiones con otros pendientes-, pero si te decides a terminarlo hoy tienes que calcular el trabajo de pelar cables, limpiar las partes separadas que van a reusarse tales como tornillos, base de la lámpara, tuercas, traer escalera, disponer las herramientas y la cinta de aislar, recordar cómo estaban conectados los cables, cerciorarse de la exactitud de la conexión, levantar todo lo empleado y limpiar lo que queda en calidad de basura. Si todo ello lo haces a media mañana se hará tarde para ir al mercado, si es que era necesario, o bien te harás guaje y tendrás un rato de sosiego; el suficiente para tomarte una chela, sentarte en el porche de la casa a degustarla, ver cómo se acercan los colibríes a libar de los edulcurantes que has dispuesto para ellos, o simplemente contemplar a la distancia los picos de las montañas al otro lado de la Barranca de los Jilgueros, reciente distintivo de este Pueblo Mágico. Total, la rutina queda nuevamente desfigurada por esa mañana atípica y rueda por los suelos la idea de una jubilación “aburrida y tediosa”.

Y eso no es todo. No hay rutina que se sostenga cuando cobras conciencia de que hay que: lavar el coche, pintar una pared (o repintarla), algo de carpintería para una repisa endeble, arreglar cable de extensión para el burro de planchar, bañar los perros, revisar tejas perjudicadas con alguna subida a revisar el tanque de agua, colocar canaletas para la lluvia tanto tiempo relegadas por la lata de hacerlo, barnizar ventanas y todo maderamen expuesto a la luz solar y las lluvias, coser alguna vestimenta rota, proceder al aseo general de la casa, emparejar el piso a la entrada del zaguán, restaurar tela de alambre de un mosquitero, … y siga usted contando usque ad infinitum.

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El profesor Fernando Juárez (de pie, tercero de derecha a izquierda) acaba de celebrar su octagésimo cumpleaños (29-04-2019) en compañía de familiares y amigos. 


* Profesor jubilado de la UPN. Ha escrito varios libros y numerosos artículos. Ha sido y es colaborador de esta revista.

 

 

 

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