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taibo pacheco

El pasado jueves 18 de octubre, en el marco de la Feria Internacional del Libro en el Zócalo de la Ciudad de México, tuvo lugar la charla entre Paco Ignacio Taibo II y la periodista Cristina Pacheco. 

El primero es promotor de la Brigada para Leer en Libertad, autor de innumerables libros y próximo director del Fondo de Cultura Económica. La segunda, tampoco necesita presentación, pero sí hay que mencionar que desde hace muchos años ha venido escribiendo el Mar de Historias que se publica todos los domingo en el diario La Jornada. Y también recordar el programa televisivo de Canal 11 que desde 1978 conduce y se ha vuelto un referente de la cultura y de la vida cotidiana de los mexicanos: “Aquí nos tocó vivir”.

Gracias al trabajo atento de Brizia Mejía Santibáñez,* alumna del 5º semestre de Pedagogía en la UPN, se rescató de Youtube esta breve pero hermosa historia en la que Cristina Pacheco da cuenta de su infancia y de su escuela. Es Paco Ignacio quien da pie a la periodista con la siguiente introducción: 

PIT: Cuentas desde la Ciudad de México la mayoría de tus historias, pero hay un continuo reflejo del mundo de la provincia que es autobiográfico…

CP: Más que nada de la presencia del campo, a mí me parece que es una experiencia, por breve que haya sido que jamás, jamás, he podido olvidar, porque la tierra, en el campo, en el campo abierto y pobre y árido como ustedes quieran, uno entiende la vida y la muerte de una manera directa, no hay edad, no dicen esto es una historia para adultos o para niños, no, tú lo ves todo ahí de una manera absolutamente maravillosa. 

Cómo voy a olvidar por ejemplo, mi casa, una casa completamente rústica que hizo mi padre, que era como un dibujo de esos de la escuela primaria que uno hace con un techito y una ventanita y una puerta muy simple, muy sencilla, que él la hizo; y nunca olvidaré la emoción de saber que con sus manos él la había construido, y además no olvidó nunca el olor de las manzanas que había en esa casa, íbamos a cortarlas y era lo que comíamos, pero con mucha frecuencia se enredaban dentro de las canastas las víboras, y era una experiencia escalofriante y al mismo tiempo fascinante, eran una convivencia con esa especie de símbolo del mal, no eran animales venenosos, pero el hecho de que estuviera la fruta deliciosa con esa víbora y además con un significado tan importante, bíblico, me parece una circunstancia muy especial. 

Cómo no recordar, lo que fue para mí entrar en la iglesia y ver a las ánimas del purgatorio unas mujeres llorosas, desesperadas, desnudas hasta el pecho, pero cubiertas todas de llamas, ese fue el preámbulo de mi contacto con la pintura mural. 

Muchos años después, bueno no muchos, simplemente cinco, cuando vine a la Ciudad de México, me inscribieron en una escuela preciosa, si alguien alguna vez la vio, no dejen de recordarla, era como un castillo encantado en medio de la pobreza absoluta que hay en los barrios como Tacuba y su vecino de Azcapotzalco. 

Era una casa de campo que había sido de no sabemos quién, pero que la donó, decían que había sido de Juárez, la escuela se llamaba “José Arturo Pichardo” y tenía unos salones, (unos) comedores maravillosos, no había ya muebles excepto una tina de baño de porcelana, con con garras de león, también de porcelana, aferradas al piso. Esa tina estaba en mi salón de clases en el primer año de primaria, como no la voy a recordar con entusiasmo. ¿Cuándo había yo visto allá en el rancho una tina?, (si) nos bañábamos en una tina de hoja de lata y a cubetazos o como podíamos ¿no?, o en el río, si es que había la posibilidad de hacerlo; pero en esta escuela, encontré algo maravilloso, yo nunca había subido una escalera, una escalera grande, amplia, como de película, y tenía que subir a ver a mis hermanos, a mi hermana sobre todo al tercer piso, subía sentada y bajaba sentada, pero valió la pena saben por qué, porque un día que al fin me atreví a entrar, vi frescos en el salón de clases que había sido comedor, vi frescos de faunos y mujeres maravillosas, apenas vestidas con telas, pero esas mujeres no estaban entre llamas, ni estaban sufriendo, ni estaban llorando, se veía una cara de placer y de alegría que tampoco nunca olvidaré, eran como esas flores del campo que nacen y se van, que se lleva el viento los pétalos y se me quedó grabado para siempre, ahí estaba mi campo también. 

Me sigue, me persigue, hay mañanas y perdónenme que me alargue tanto, en que simplemente el paso de las nubes, o cierto olor a tierra o a lluvia, me hace recordar aquel lugar, aquel lugar que tantas veces recorrí con mi padre y donde dejamos mucho de nosotros, pero también trajimos mucho de la familia a la que nunca llegué a conocer, porque fue muy grande, muy antigua y yo conocí a muy pocos miembros de ella… si volviera, ¿que encontraría?, nada, absolutamente nada, encuentro mucho más, como siempre, en el recuerdo.


* Agradecemos a Brizia su colaboración con la revista EDUCA. Hizo la transcripción directa del fragmento del video y la convirtió en texto. 

La charla fue transmitida en vivo el 18 de Octubre del 2018 desde el Zócalo de la CDMX y puede verse completa en está esta dirección: https://www.youtube.com/watch?v=mjZYh8Rz6cI.

 

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