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“Somos nuestra memoria”*

Gustavo Alejandro Cedillo García[1]

Hace ya varios años en una gira que Joan Manuel Serrat hizo a México, un reportero, de los prefabricados en serie por una de las dos monopólicas televisoras, alcanzó al cantautor por la espalda al terminar una rueda de prensa para preguntarle: ¿Señor, usted escribe de cosas que le pasan en su vida? Serrat lo miró con un dejo de burla y sonriendo le respondió: “¿Y de qué más puede escribir uno joven, sino de lo que le va pasando en la vida?” Entre el tono al responder y la mirada que le echó el compositor al pobre reporterito éste se quedó pasmado, Joan Manuel saludó a la cámara y continuó su camino.

¿Y de qué más puede escribir uno sino de lo que le va pasando en la vida? Y la vida también es eso poco que uno va leyendo, aprendiendo, observando, escuchando, sintiendo; al final, quizá, escribir es, entre otras muchas cosas, un acto de exorcismo y de testamento, sacar a esos demonio inmortales atravesados que tiene uno, demonios con los que sólo se aprende a convivir a fuerza de maldiciones y llanto, o de mezcal, o escribiendo.

Los quince cuentos que se reúnen en El libro de los anhelos corroboran lo que el catalán dijo aquella vez ¿de qué más se puede escribir? Todos los cuentos son retratos de vida en cámara análoga, unos evidentemente más autobiográficos que otros, otros más en sepia, o blanco y negro que a color, pero al final, todas las instantáneas coinciden en retratar principalmente la fidelidad de su autor, ese que aun pudiendo adornar con mentiras piadosas o políticamente correctas lo agridulce o amargo de su descripción, prefiere apostar por la verdad pura, como la vivió, como la recuerda, y ese recuerdo que se atreve a ser escrito viene a ser la memoria de la que habla Borges cuando decía “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Y en verdad, da gusto que cuadros tan únicos sean firmados por plumas Mexicanas, para que el día de mañana que venga otro B. Traven a retratar desde un ángulo diferente estas realidades, o incluso alguien ajeno a este lugar venga con el encargo de hacer fotomontajes mal intencionados, las isópticas logradas en El libro de los anhelos sean el contrapunto para la visión del turista, del extranjero, del que llegó y vio una realidad de paso, efímera, que nunca la vivió y padeció como los autores sureños de cada cuento.

Así, hablando de esas realidades es que quiero hacer hincapié en la importancia que creo tiene este libro, decía el citado Borges que él no obligaba a leer a sus alumnos, en palabras de él:

El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo. Creo que la frase lectura obligatoria es un contrasentido, la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Por qué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¿Felicidad obligatoria? La felicidad también la buscamos.

Yo he sido profesor de literatura inglesa durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad.

Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas.

Y es inevitable recordar estas palabras del creador de tantos Laberintos y Tigres una vez que se ha leído a la maestra Adela Miranda, junto con los maestros Baldomero Albarrán y Otilio Teutla, porque en sus letras se nota el placer que encuentran en la lectura, y en guiar a sus alumnos a encontrar este goce.

Pero su gusto no disminuye la preocupación, al contrario, como cualquier persona que ha reconocido la importancia de los libros, el poder trascendental de la letra, su manifiesta preocupación por que los alumnos tomen el gusto por la lectura y que aprendan a escribir más allá del mi-ma-má-me-mi-ma se ve reflejado en un producto tangible: El libro de los anhelos. Sobran los dedos de las manos para contar logros como este, larga vida maestros.

A seis manos, entendido como prólogo, hablan de la dificultad que los jóvenes tienen empezando por entender lo que se lee y por ende para escribir, lanzan la voz de alerta en torno al plagio, facilidad cibernética cada vez más usada, si hasta un portador de banda presidencial plagió ¿por qué un estudiante no? Y la respuesta correcta, la que debiera darse aquí, es una serie de argumentos morales, éticos e intelectuales, pero quien esto escribe pasa de catecismos sabatinos, y en todo caso aspira con hacer un día la comunión por lo civil, así que la respuesta a ¿Por qué no plagiar, por qué esmerarse en escribir? Será meramente onanista y orgullosa: Quien plagia comete pecado de abstinencia y humilla la cerviz de la razón, es decir, jamás sabrá del placer que implica crear, jugar con emborronados donde comas, puntos, y palabra tras palabra van creando laberintos y figuras que de tan feas llegan a enrojecer, pero que entre desvelos, borrones, correcciones y mucho esfuerzo esas líneas que empezaron leyéndose tan ridículas terminan, a veces, siendo algo hermoso, la letra bien articula entre un párrafo y otro se convierte en testigo y juez de lo que uno fue y vivió, el recuerdo de lo que un día fuimos. En verdad, el placer de crear no tiene comparación, será por ello que Dios, dicen, se quedó siete días seguidos haciéndolo. Sólo quien se permite conocer el goce de terminar una línea, y luego otra, y otra, y otra, hasta poner el punto final, sabrá que también hay orgasmos creativos. Uno se va haciendo adicto a ese placer, y eso lo hace a uno orgulloso, se aprende también a reconocer los defectos propios pero ¿qué importan si a uno no le importan? Uno aprende a asumirse, entonces se entiende que plagiar es reconocer que uno jamás podrá Ser, plagiar es reconocer que otro, a quien generalmente no suele conocerse, es mejor y siempre, siempre lo será, es darle el poder absoluto a otro sobre lo que uno pudo haber sido y nunca llegará a convertirse. Plagiar, es el Sambenito que se irá arrastrando toda la vida.

Pero crear no es sólo un acto de placer puro, sino que en pleno siglo XXI, crear letras, jugar a la literatura es ya por sí mismo un acto revolucionario. Porque invadidos como estamos de facebooks sin caras ni libros, de revistas y libros bestsellers publicados por youtubers que en el mejor de los casos hablan de cómo ligar o cómo las mujeres deben maquillarse, además de sin fin de publicaciones cuyas tipografías no llegan a redacción pues han sido hilvanadas por el recetario de la mercadotecnia y de las modas, escribir algo con sujeto, verbo y predicando, lograr escribir una historia de la historia que nos acontece, es algo que va ya contra el sistema, en verdad, no exagero si digo que este libro atinará a más cabezas y hará más ruido que el de cualquier disparo, porque incluso leer en papel en estas fechas ahora apunta a parecer sacrilegio ante los dioses iPad y Tablet.

Por ello creo que El libro de los anhelos es revolucionario por donde se mire, porque aquí está ese retrato del México pobre y real, el que sabemos existe porque nos toca vivirlo, y ni el mejor discurso pro voto nos podrá convencer de lo contario, ese México que sufre discriminación e injusticias, el mismo México que lucha a través del trabajo y sueña con superase. Porque no es gratuito que la idea y la imagen de la escuela sea una constante en este libro, y el acto de reconocimiento a su importancia y trascendía en la vida de más de uno se hace presente tanto con voz de agradecimiento a esos profesores que se vuelven apóstoles y mártires de las aulas, como con voz de denuncia a esos que entre aulas hieren con sus palabras y actos el espíritu y vida de más de uno sin importar las consecuencias. La escuela como medio de superación real, más allá de los clichés de autoayuda, el sendero de búsqueda en el que se van encontrando más cosas que buscar, con la esperanza, de algún día, encontrarse a uno mismo.

Y así como vamos buscando superarnos, buscando la libertad, alcanzar una meta, también está la búsqueda del estilo propio, de la narrativa, de la voz, y esa búsqueda es el inexplorado e individual camino por el que los autores de estos cuentos han empezado a transitar, y desde ahí nos dejan ver los distintos escenarios que se presentan del sueño americano, del devenir de los usos y costumbres, incluso el pensamiento machista que las generaciones jóvenes van heredando y ante el cual toca sobreponerse, la constante e inalienable presencia de la muerte, los paisajes que sólo pueden encontrarse en la sierra y su antagónico ritmo citadino, todo se hace presente en este libro, en la búsqueda que cada autor ha emprendido en su pluma.

Una vez le preguntaron a Joaquín Sabina ¿qué sentía de que en Argentina hubiera, registrados oficialmente, más de quinientos imitadores de él? Sabina contestó: “tristeza, porque ellos han preferido imitar mi voz, y eso no tiene mérito, a mí me costó mucho encontrar mi voz, les deseo mucha suerte a ellos, que la busquen, porque no es nada fácil encontrarla”.

A todos los noveles autores, ahora toca seguir buscando, han iniciado ya el viaje y deben procurar arribar a otros puertos, conocer y adentrase a otros mares, buscar las Itacas de las que habla Cavafis, naufragar un par de inevitables veces para reconstruir su barca y emprender el viaje nuevamente. No será un viaje fácil, pero les garantizo que aunque no encuentren más que sirenas que quieran ahogarlos, o tierras efímeras nada seguras, valdrá la pena.

Tendrán ahora que ir a buscar a Demetrio Macías, de quien Mariano Azuela nos dice que “al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…”. Y encontrarse con los hombres que, cuenta Ionesco, se convierten en Rinocerontes, tengan cuidado de no sorprenderse un día vestidos de gris y siguiendo a una manda suicida.

Vayan a ese Mundo Feliz de Huxley, para conocer el soma, malditas drogas alienantes, y cuéntenles a los suyos el peligro de la telebasura y las modas. Tendrán que viajar, con cuidado, a 1984, de Orwell, y cuando regresen, aquí los estaremos esperando, ansiosos, más de uno, para que gritemos todos juntos ¡muera el maldito gran hermano! Y vayamos a por él.

A todas las valientes autoras y autores de estos anhelos convertidos en libro, les toca ahora ir a preguntarle a Cortázar cómo se escapa de un Perseguidor, y sobre todo, les toca conocer a los Cronopios, a los Famas y a las Esperanzas. Y si ustedes, después de verlos bailar tregua y cátala, deciden reconocerse o asumirse como Cronopios, entonces tendrán que jugar Rayuela hasta volverse locos.

Si se atreven a ir al País de las Maravillas, a viajar con Gulliver, a habitar el Castillo de If, a reírse de las Preciosas Ridículas, descubrirán, en su búsqueda, lo hermoso de la trasgresión, la belleza de empezar por el final y de terminar en el inicio, la risa humor negro de lo que aparentemente no tiene pies ni cabeza pero que bien piensa, jugar a crear monstruos sin cuerpo visible, apenas y con un ojo. Autores, tienen en sus manos el barro más maleable para crear figuras nunca antes vistas: las letras. Que sus historias sean ese objeto extraño y hermoso que se queda grabado en la memoria de quien, incluso, lo ve sólo una vez. Decía Carl Buechner: Se les puede olvidar lo que dijiste, pero nunca olvidarán cómo los hiciste sentir. De eso se trata.

Y para que no se vaya a creer que estoy invitándolos a hacer hipirucheses y cuentos que nadie, ni ustedes mismos, van a poder leer, me atrevo a poner de ejemplo aquí a Nikos Kazantzakis, que en su obra: La Última Tentación de Cristo, narró durante más de casi cuatrocientas páginas la historia que siempre se ha contado de Jesucristo. ¿Qué tiene de especial esto? Es la historia conocida por cualquier mexicano restringido a tele abierta que tiene que soplarse por canal 5 todos los años de Semana Santa, pero Kazantzakis, genio, en las últimas ¿qué les gusta? Treinta y cinco o cincuenta hojas, da un giro tremendo, de 180 a esa historia tan masticada y vuelta a narrar, para preguntarnos ¿cuál fue entonces la última tentación de ese Cristo bíblico antes de morir en la cruz? Y él nos responde en el mismo personaje protagónico: ser feliz. Un giro así nunca se espera, uno queda en shock, incluso toda su vida.

Vayan y busquen lo que está más allá del establecido, lineal y aparentemente inalterable: inicio-desarrollo-clímax y final. Jueguen como Guillermo Arriaga o Pedro Almodóvar a cruzar historias contadas a destiempo, y ojo al gol, que para hacer todo esto, tendrán que leer el doble de lo que exige la técnica clásica, porque insisto, se trata de no repetir lo ya escrito, de hacer nuevas creaturas.

Emilio Carballido solía decirnos: el compromiso del dramaturgo es con su tiempo, con su época. Y creo que no sólo el del dramaturgo, sino de todo aquel que se decida a desenvainar la pluma, hay que hacer que lo que pongamos en esa hoja sea mejor que el espacio inmaculado que vemos. Hay que hacer letras siglo XXI, las de los Griegos ya están firmadas por Sófocles, Aristóteles y sus contemporáneos, y seamos sinceros, son insuperables, no nos repitamos, hay siglos de distancia, quizá, querer copiar la narrativa de nuestros antecesores, de los próceres de la literatura, sea también, una pequeñita forma de plagio, una gran forma de auto limitarnos.

Decía Gabriel García Márquez, que un escritor no vale por lo que publica, sino por lo que rompe. Al redentor de Macondo con sus Cien Años de Soledad, al creador del Amor en los Tiempos del Cólera, a ese de los cuentos Peregrinos y muchas más letras, habrá que créele, así que ha practicar: a escribir.

Reitero mis aplausos a cada una de las obras plasmadas en este libro de los anhelos, y espero el día de mañana poder ver más, muchas más y diferentes postales con la firma de los autores aquí reunidos, porque falta mucho que seguir diciendo de esos escenarios que han empezado a describir, porque así como siempre será poca la literatura que hable de un Tlatelolco 68, de un Genaro Vázquez y de un Lucio Cabañas, ahora se anexan a nuestra historia, tristemente, las tragedias de un Acteal, de una Guardería donde murieron bebés quemados vivos y nunca hubo un responsable, se anexa a esta época la malaventura, por cierto, nada lineal, de 43, también jóvenes y estudiantes aquí desaparecidos, y de ello nos toca hablar, es nuestra responsabilidad dejar historias de esta historia que nos toca vivir, entre cuentos, poemas, o estados de facebook o twits, pero tenemos que asumir la responsabilidad de saber escribir, comunicar lo acontecido no sólo a los que están y son ahora, sino a los que vienen, para que ellos no permitan que la sangre que vemos hoy caer vuelva a derramarse tan impunemente.

Lo que el colectivo de lectura “Árbol de Letras” ha logrado es tremendo y la evidencia de su esfuerzo quedará no sólo entre estanterías y repisas, sino que ha logrado ya, estoy seguro, cambiar la vida de más uno, porque los autores de cada cuento dejan ver entre líneas la importancia de este suceso en su vida y cómo les ha influido no sólo a ellos sino a quienes les rodean. Pero así como los organizadores de este apostolado han llevado hasta la publicación las letras que nos presentan, ahora toca a cada uno de los publicados no sólo practicar e incrementar la lectura, sino transmitirla más allá de lo técnico, el afecto a la letra, a través de la educación y del ejemplo, así podremos ser, como decía Borges, dignos de Shakespeare, y encontrar placer en esa dignidad.

Benedetti nos deja un gramito de esperanza cuando después de tanta vejación y tortura Pedro vence al Capitán, al no doblarse ante la corrupción, los golpes y un sistema podrido, El libro de los anhelos también se muestra como un rayo de luz por su sentido de búsqueda, por su afán de ir más allá, por demostrar que la letra es esperanza de una mejor vida, por la esperanza de por fin, algún día, alcanzar esa tan postergada revolución de la educación, porque no nos engañamos, nadie aquí tiene el poder para combatir a los malos del presente, la corbata que usan vale lo que muchos ganamos en un año, pero tenemos la letra y la memoria, y sabemos de nuestra responsabilidad por difundirla. Así que vivan las letras, viva la esperanza, y viva Zapata manque pierda y todos perdamos, pero luchando.

Y ya por último, déjenme contarles que hace años trabajé en una secundaría de niños ricos, chicos a los que si uno hacía enojar, literalmente, le mandaban al guarura, y en alguna ocasión una maestra me dijo muy triste: Nunca van a llegar a ser nada, porque saben que lo van a heredar todo, porque no tienen hambre, y sin hambre, no hay porqué luchar ni razón para crecer. Así sin más, aprovechemos nuestra hambre, que eso es lo que tenemos y lo que nos caracteriza a todos los reunidos aquí, habrá que saciarla, y sino al menos procurar que las generaciones que vienen padezcan menos que la que nosotros vivimos.

Notas

* Comentario presentado el 14 de junio de 2017, en la Unidad 123, de la Universidad Pedagógica Nacional de Iguala de la Independencia, Guerrero, a la obra El Libro de los Anhelos. Historias de Vida y Esperanza de un Colectivo de Lectura, organizada por Adela Miranda Madrid, Baldomero Albarrán López y Otilio Teutla Rebolledo

[1] Gustavo Alejandro Cedillo García, es actor, con estudios de actuación y teatro realizados en el Centro de Educación Artística Diego Rivera en la Cuidad de México  y en el Centro de Educación Artística Miguel Cabrera en la ciudad de Oaxaca, ambos programas del Instituto Nacional de  Bellas Artes; curso un Diplomado en Pedagogía Teatral en la Universidad Autónoma Benito Juárez, de la ciudad de Oaxaca y un Diplomado en Producción de Cine en el Instituto Mexicano de Cinematografía.  Como actor ha participado en diferentes obras presentadas en el país; ha sido productor de múltiples obras de teatro y de numerosos vídeos.  Es autor de varias obras de teatro  ya montadas en México. También es cuentista y poeta. Muchas de sus obras han sido publicadas en España, Argentina y México. Actualmente cursa la Licenciatura de Pedagogía en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 092, Ajusco, de la Ciudad de México.

 

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