Andrés Henestrosa*

Cuando yo llegué a la Escuela Normal, que entonces estaba anexa a la Secretaría de Educación Publica, había en el segundo patio una araucaria que superaba el edificio. Salía de la tierra como un grito y subía hermosa, desnuda, altiva y remataba en una copa verde, abundante, llena de rumores. Yo venía del monte y estaba habituado al lenguaje de las hojas, a escuchar el eco cuando soplaba el viento. Cerca, a sólo unos pasos, quedaba uno de los dormitorios del viejo internado de la Normal. Allí tenía yo mi cama. Con ser tan fina, tan delgada, tan delicada la canción de sus hojas, despertaba para asomarme al corredor y ver cómo la araucaria movía dulcemente la cabeza somnolienta. Durante el día como que se quedaba dormida, o meditabunda.

Su sombra era escasa, y de tan alta que era, casi no llegaba al suelo, se diluía en el camino. Al pie, digo, a las plantas, de aquella araucaria nos tomaron un domingo una fotografía que aún conservo por ahí, perdida entre las páginas de un libro.

Al erigirse el edificio de la Secretaría de Educación, el ministro, que lo era José Vasconcelos, como hombre civilizado, ordenó que la maravillosa planta fuera respetada. Y fue durante la fábrica, muda testigo de uno de los grandes sueños mexicanos: levantar desde sus cimientos el templo de la letra, la morada del alfabeto. Asistió a las fiestas escolares, y había en su canto nocturno muchas de las notas juveniles que escuchó.

El hombre puede hacerlo todo, menos un árbol. El árbol es una criatura providencial, divina. Se parece en mucho al hombre. Como él llora, gime, tiene lágrimas y tiene sangre. No por otra razón, en una de las lenguas indias que conozco, savia y sangre, leche y lágrima, se dicen de la misma manera. La gran semejanza del hombre con su creador sería hacer un árbol. Un solo pueblo conozco que estuvo a punto de lograrlo: el mexicano cuando mejoró la planta natural del maíz. Y cuando llevó a su casa el jazmín zapoteco o giexuba, la flor heráldica de Juchitán.

Volvamos a la araucaria de mi adolescencia. Cuando la Normal cambió de lugar y yo deserté de sus aulas, me quedó con ella aquella liga que la reunía con el árbol encantador. Y siempre que iba a la Secretaría de Educación me asomaba a verlo. Era recto, altivo; era como una candela que rematara en una llama verde. Era como un canto silencioso que endulzara los afanes del hombre.

Pero –ese pero tan frecuente en nuestra vida– un secretario de Educación, so pretexto de levantar en el segundo patio un teatro al aire libre, mandó derribarlo. Nadie que se recuerde, condenó aquella mutilación, aquel crimen, aquella iniquidad. Y un mal día ya no lo encontré. Desde entonces pienso que el hombre puede hacerlo todo, menos un árbol; y que cuando lo destruye, aunque sepa leer y escribir, no deja de ser un cavernario, pierde su calidad de hombre sabio.

¿En dónde, en qué lugar de América se encuentra otra araucaria como aquella de mi primera juventud? ¿Cuándo, cuántos siglos habrá que esperar para que la naturaleza produzca otra como la que adornó con la dulzura de su presencia el patio de Educación? ¡Quién sabe! Yo sólo sé decir que el árbol es sagrado, que tiene mucho de divino y que el hombre podrá hacerlo todo menos un árbol.


* Andrés Henestrosa (1984). “La araucaria irrecuperable”. En: Los hombres que disperso la danza. México: Fondo de Cultura Económica.

 

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