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¿Serán los anhelos como burbujas de jabón coloridas y leves que se lleva el viento?*

Guadalupe Teresinha Bertussi**

Inicialmente para compartir algunas de mis impresiones sobre este libro, considero necesario informarles que el mismo está integrado por tres partes distintas que, si bien no están delimitadas de esa manera en el índice, de hecho están dedicadas a diferentes contenidos:

  • La primera, titulada “Leer y escribir en un contexto de violencia”, reflexiona y trata de desmontar la vinculación, bastante naturalizada en nuestras realidades sociales, entre la adquisición de las competencias lectoras y del dominio de la lengua escrita con “necesarias” formas de violencia.
  • La segunda, como su nombre lo indica, pondera en torno a “La comprensión lectora”, a la producción de textos en el nivel superior y ofrece propuestas para posibles intervenciones, así como bibliografía para los interesados en estos temas.
  • Y la tercera, está integrada por el conjunto de 15 ensayos que narran diferentes experiencias de vida de sus autores.

También quiero destacar lo atinado que me parece la elección de la metáfora “Árbol de Letras” para nombrar el colectivo de lectura que le dio origen porque, de hecho, este ha sido un árbol muy generoso. Aquí, ahora mismo, estamos saboreando uno de sus frutos: El Libro de los Anhelos. Historias de Vida y Esperanza de un Colectivo de Lectura, pero seguramente antes de éste, sus participantes y quienes los han acompañado de cerca, ya han degustado muchos otros frutos tan suculentos como el presente, con sabores de satisfacción por participar de este colectivo; de leer las obras seleccionadas; de pensar en la posibilidad de escribir sus relatos; de decidir hacerlos; de realizarlos; de verlos reunidos en una obra –la que ahora está delante de nosotros– así como de saber que también podrán ser conocidos por lectores que ellos no imaginaron, no conocen y que nunca conocerán.

Sin duda que un árbol así, de una especie tan rara, proviene también de una semilla muy rara y muy generosa, porque generosa ha sido la idea y el compromiso de los queridos colegas de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 123, ciudad de Iguala, Guerrero –Adela, Baldomero y Otilio–, quienes se empeñaron y esmeraron en todos los cuidados necesarios para hacerla crecer regia y esplendorosa, sin medir los esfuerzos que implicaban para ellos, como la sobrecarga de trabajo académico, horas extras de actividades en la institución los sábados, además de todo lo que significaron las múltiples revisiones de los textos, y desde luego, la edición final de los mismos hasta llegar a la organización de este evento para dar inicio a su divulgación.

Así mismo, comentar este libro me dio la oportunidad de conocer, a través de las narraciones que reúne, un poco más de la realidad de este estado de la república por medio de las historias de vida de sus autores. Como parte de la historia de México, Guerrero siempre me llamó la atención porque me parece que condensa, como quizá ningún otro estado del país, los diferentes momentos de la historia nacional: aquí estuvieron y siguen asentadas comunidades originarias con lengua y escritura propias, complejas culturas con altos grados de organización económica, social y política, cuyos vestigios materiales se encuentran en muchas partes de su territorio, tal como están presentes sus visiones del mundo, saberes y costumbres entretejidos en muchos de los relatos de este libro.

Cabe recordar que Acapulco, principal puerto de altura en las costas mexicanas del Pacífico, al propiciar la circulación de embarcaciones, personas y bienes de navegación entre puertos nacionales e internacionales durante toda la Colonia –sobre todo, por medio de la Ruta de la Plata, que unía la Nueva España vía Filipinas con el Lejano Oriente–, movió grandes volúmenes de capital durante 250 años a través de Guerrero, lo cual propició el desarrollo de un dinámico y atractivo mercado local y regional de bienes, servicios y fuerza de trabajo.

Este ciclo de crecimiento –que puede ser llamado Galerón de Manila o Nao de China–, se cerró en 1815, en las vísperas de la Independencia y sólo fue retomado a inicios del siglo pasado, ahora con el turismo estimulado por la creación de nuevas vías de comunicación terrestres y aéreas con la Ciudad de México. Parte de estas historias pueden apreciarse en el Museo Histórico de Acapulco “Fuerte de San Diego”, en aquella ciudad.

Sin embargo, toda la riqueza que se ha producido en torno al puerto durante siglos, no ha quedado ahí. Las historias narradas en este libro dan cuenta de esta realidad, traducida en la presencia de lo que Johan Galtung conceptualizó como el triángulo de la violencia –violencia directa, estructural y cultural o simbólica– que asola y con el cual viven y conviven, hasta hoy día, amplios sectores de la población guerrerense.

Ahondando más en lo anterior, es necesario decir que, para este autor, la primera forma de violencia –la directa, concretada en comportamientos y actos violentos–, parece intrínseca a la historia de la entidad y es muy bien conocida por generaciones y generaciones de guerrerenses que, organizados, han interpelado a sucesivos gobiernos y a causa de ello han sido cooptados, reprimidos, muertos o desaparecidos. Esta violencia se origina, según Galtung, en la violencia estructural, que es justificada por la violencia cultural o simbólica.

Por la violencia estructural responde la persistencia del conjunto de estructuras físicas y organizativas que impiden, dificultan o niegan la satisfacción de necesidades humanas básicas, como la supervivencia, que incluye alimentación, vestuario, salud, educación y vivienda; el bienestar, la identidad y la libertad, para que toda la población pueda vivir con dignidad. Es por ello que los términos ‘violencia directa’ y ‘estructural’ remiten a la existencia de conflictos entre grupos diferenciados en clases sociales, género, raza, etnia, edad, apariencia, lugar de procedencia, nacionalidad, etcétera, características usadas sistemáticamente para justificar el acceso o posibilidad de mayor uso de los recursos básicos en favor de quienes detentan y ejercen el poder autoritariamente y/o por la fuerza, en pos de defender sus intereses en perjuicio de los demás. Poder que permite tanto la concentración del dinero, de la tierra, del ganado o de los instrumentos de producción generado con base en la explotación del trabajo de los que reciben miserables 30 centavos o un peso, sometidos a largas y pesadas jornadas de todo un día de trabajo; pero que también permite el ejercicio despótico y muchas veces machista, del poder de los hombres sobre las mujeres –lo cual persiste en prácticamente en todos los ámbitos sociales–, de los adultos sobre los niños –principalmente en el hogar, en las escuelas de todos los niveles del sistema educativo–, y por medio del trabajo infantil, y también sobre los adultos mayores. Situaciones todas ellas presentes en las narraciones que reune la obra.

Respecto de las violencias directa y estructural es pertinente advertir que éstas consisten en una especie de caldo de cultivo que genera, nutre o alimenta otra forma de violencia, también presente en la mayoría de los ensayos. Estamos hablando de la violencia cultural o simbólica, concepto construido al inicio de los años 70 por Pierre Bourdieu, que se expresa a través de una diversidad de medios, entre ellos los simbolismos, la religión, la ideología, el arte, el pensamiento mágico, el lenguaje, la ciencia, las leyes, los medios de comunicación, la educación, etcétera, presentes siempre que una persona es víctima de engaño, mentira, discriminación, desprecio, aislamiento, amenaza, humillación, vejación, celos, chantaje, ofensa, ironía, broma hiriente, descalificación, humillación, ataque a la autoestima, amenaza, insulto, reproche, intimidación, culpabilización y control/prohibición (de tener amistades, de convivir con familiares, tener dinero, frecuentar ciertos lugares, vestir de determinada manera, tener cierta apariencia y realizar algunas actividades).

Para ilustrar lo anterior, entre las narraciones de los ensayos elegimos las siguientes situaciones donde la violencia cultural o simbólica está presente. En el primer caso, fruto sobre todo de una ideología que defiende el reproche y chantaje que hace el marido a su mujer por no darle hijos y la ofende, descalifica, humilla, insulta y ataca su autoestima tachándola por esto de “seca”. En el segundo caso, un niño es doblemente victimado, tanto por la violencia estructural –precarias condiciones de vida– como por la violencia cultural o simbólica que le hace sentir vejamen y humillación cuando en tiempos de lluvia “llegaba a la secundaria con la ropa completamente mojada, con el lodo salpicado hasta las rodillas y sus humildes zapatos iban haciendo cholc, cholc, porque llegaban llenos de agua y eso lo llenaba de vergüenza”. Si la violencia estructural hizo que, en tiempos de lluvia, este niño no pudiera llegar a la escuela sin mojarse, derecho que le correspondía, la violencia cultural o simbólica como ideología elitista, clasista, discriminatoria y racista le robó la posibilidad de llegar –aun con la ropa y los zapatos mojados y salpicado de lodo hasta las rodillas– con dignidad.

En este relato, como en muchos otros, es posible constatar cómo la violencia cultural o simbólica legitima, oculta, torna invisible y naturaliza a las violencias directa y estructural, porque su función es precisamente inhibir o reprimir cualquier respuesta contestataria o insubordinada de quienes la sufren o se niegan a su sumisión. En otras palabras, en última instancia la función de la violencia cultural o simbólica es justificar que los seres humanos se agredan, lastimen, destruyan así mismos –como en el caso del suicidio–, se destruyan mutuamente y, a veces, que incluso sean recompensados por hacerlo, como lo son los que participan de los operativos o acciones represivas realizadas por las fuerzas policiales, el ejército, los grupos paramilitares y el llamado crimen organizado. Y, precisamente buscando mitigar o resolver muchas de estas violencias es que numerosas personas se ven orilladas a ser migrantes en su propio lugar de origen, región, estado, en su mismo país o incluso fuera, en Estados Unidos, como ocurre con varios personajes de algunas historias del libro que estamos comentando, que fueron impelidos a salir por la esperanza de lograr de esta manera, concretar anhelos de mejores situaciones objetivas, pero también de mejores situaciones subjetivas de mayor amor, afecto, compañía, cuidado, respeto o reconocimiento. Muchas de estas trayectorias atestiguan también cómo, en estas circunstancias, lo que logran a veces les resulta insuficiente para el tamaño de la necesidad o de la falta que traen, o llega de a poquito, o incluso nunca llega, como le ocurre al personaje del primer ensayo.

Pero todas estas formas de violencia –directa, estructural y cultural o simbólica– que parecen ya estar arraigadas y que victimizan a amplios sectores de la población del estado de Guerrero y del país, a su vez revelan la presencia aparentemente crónica, de una clase política incrustada en todas las esferas del poder, que durante todos estos siglos ha hecho del Estado una instancia más dedicada a promover y proteger sus intereses, que no son más que los intereses del capital, sin importar las necesidades, posibilidades y de los derechos humanos de la población. Quizás en estas omisiones de la clase política se encuentren las claves para entender porqué en un estado tan rico como este, han surgido movimientos guerrilleros que luchan por hacer más equitativa la distribución de la riqueza social que aquí se genera.

Además de los aspectos anteriores que sugieren la lectura del libro, éste resulta interesante aun por la posibilidad que ofrece de que uno se entere y se apropie de muchos saberes ya que estos, como señala Villoro, son nuevos conocimientos que adquirimos a través de las experiencias de otros y que, en este caso, están presentes en las descripciones de costumbres, leyendas y actividades que los personajes de los ensayos narran de viva voz sobre la culinaria tradicional; cómo cultivar el campo; cómo son las fiestas populares y familiares; el impacto de las crisis económicas en las familias y lo que éstas hacen para sobrellevarlas; acerca de la presencia y el impacto de la desaparición o secuestro de miembros de las familias; sobre los sincretismos culturales; sobre la medicina tradicional o las mayordomías; cómo es el vivir cotidiano de los niños y las personas que viven con el miedo generado por la presencia de las fuerzas armadas en sus comunidades; cómo llegar a ser maestro, cómo ser docente y cómo enseñar y alfabetizar a los niños; de qué manera un maestro logra que un pueblo rural, pequeño, aislado y casi monolingüe tenga una escuela con la ayuda de la comunidad, pero también cómo la escuela –que es parte de los anhelos de todos– puede ser un lugar poco atractivo que genere hastío en los alumnos; o también, cómo sobrevivir a la violencia y a las dificultades presentes en las escuelas de todos los niveles del sistema educativo y sobre algunas formas de socialización que se generan en su interior, que pueden fomentar actitudes irresponsables en los alumnos e incluso, llevarlos a conocer distintas drogas y hasta la muerte.

En fin, la lista de los saberes presentes en El Libro de los Anhelos, yo diría que es casi interminable, y que bien valdría la pena el ejercicio de identificarlos porque éstos, así como las historias de vida, más allá de ser autobiografías son registros o testimonios de formas de vida y de la cultura de la gente de esta región, y por lo mismo, parte del patrimonio histórico intangible del estado de Guerrero, del país y de la humanidad.

En relación con todo lo dicho anteriormente y con el propósito que aquí nos reúne, es necesario recordar que el contenido de un libro admite múltiples comentarios, lecturas o interpretaciones que, al final, así como la mía, son también reinterpretaciones de las interpretaciones que a su vez fueron hechas por los autores.

Ya para concluir, quiero apenas destacar que algunos sinónimos de la palabra ‘anhelar’, presente en el título del libro, es registrada por Martín Alonso en su Diccionario del Español Moderno, como querer, soñar, aspirar o desear algo en forma vehemente. En este sentido, y retomando a Lacan, acerca de que el deseo es lo que organiza, consciente o inconscientemente nuestras vidas, no hay duda de que el querer acceder a la educación formal, cursar alguna carrera y lograr ser maestro es el deseo que articula casi todas las historias de vida registradas en la obra que comentamos.

Sin embargo, no hay que perder de vista que haciendo contrapunto con esta afirmación, desde la semiótica un posible sentido de la imagen de la burbuja que ilustra la tapa del libro nos deja la duda: ¿aludirá ésta, nostálgicamente, a los muchos otros anhelos o sueños de los autores que como burbujas de jabón, coloridas y leves, se llevó el viento?

Notas

* Comentario presentado el 14 de junio de 2017, en la Unidad 123 de la Universidad Pedagógica Nacional de Iguala de la Independencia, Guerrero, a la obra El Libro de los Anhelos. Historias de Vida y Esperanza de un Colectivo de Lectura, organizada por Adela Miranda Madrid, Baldomero Albarrán López y Otilio Teutla Rebolledo.

** Doctora en Sociología por la División de Posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Nacional Autónoma de México, (UNAM). Para comunicarse con la autora escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

 

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