Revista núm. 21 - Mayo/Agosto - 2017

El origen del mercado interno en México

The origin of the domestic market in Mexico

Francisco Leonardo Saavedra

Resumen

El presente artículo aborda la explicación del desenvolvimiento económico, político y cultural que dio origen al mercado interno en nuestro país. Se sustenta en la concepción marxista. A la luz de este marco conceptual se analizan los aspectos más relevantes que al combinarse permitieron crear las condiciones para el desarrollo de la economía de mercado en nuestro territorio.

Aquí se parte de la hipótesis de que el origen del mercado interno en nuestro país fue un proceso lento que abarcó, desde el inicio de la independencia, hasta después de la etapa armada Revolución Mexicana, al inicio de la segunda década del siglo XX.

El desarrollo del trabajo se presenta en cinco partes: en la primera se expone la concepción marxista del mercado interno. En la segunda, los obstáculos que para la integración económica nacional representaron, especialmente, en el siglo XIX, la falta de comunicaciones y cómo éstas se fueron desarrollando lentamente. En la tercera, se aborda el problema de la política impositiva de los diversos gobiernos, en especial, el obstáculo que para la integración del mercado interno representaron las alcabalas. En la cuarta, algunos aspectos del ingreso nacional y, en la quinta, el surgimiento del Estado Nacional como condición esencial para garantizar la integración económica del país. Inicia con una introducción y termina con las conclusiones.

Palabras clave: mercado interno, alcabalas, comunicaciones, ingreso nacional, Estado Nación.

Introducción

En las tres últimas décadas del siglo XIX y, hasta las primeras dos del siglo XX se dio un proceso de globalización y se frenó a causa de la crisis del veintinueve. En la posguerra hubo regiones en el mundo, como en el caso de América Latina, que privilegiaron el proteccionismo y la sustitución de exportaciones como modelo de acumulación de capital. Éste entró en crisis a partir de los años setenta y coincidió con la crisis mundial del capitalismo y del socialismo en los años ochenta. A partir de entonces se dio un viraje en la economía mundial y se puso en marcha el último periodo de globalización. Sin embargo, pronto se vio que este modelo de acumulación entró en periodos de crisis regionales y finalmente, una crisis en los principales centros de operaciones financieras a partir del 2007: Estados Unidos y Europa (especialmente, la Unión Europea) Esta crisis ha provocado un replanteamiento del proceso de globalización y de integración económica entre regiones, de tal manera que todo parece indicar que en algunas zonas del mundo los procesos de integración económica se empiezan a detener o, incluso, a revertir. Por ejemplo, la llegada de Donald trump a la presidencia de los Estados Unidos detuvo el proceso de integración de doce economías del mundo que se había planteado a través del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP)[1]. Así mismo, cada que se le ocurre amenaza con la cancelación del TLCAN. Por otro lado, en Inglaterra se convocó a una consulta a la población para la permanencia o no de ese país en la Unión Europea y se decidió, por mayoría, salirse (el famoso Brexit). En otros países de Europa también existen grupos amplios de la población que se pronuncian por salirse de la Unión: Holanda y Francia. Pero el problema no queda ahí. El rechazo a la integración también tiene un ingrediente de nacionalismo. Éste, en un país desarrollado se convierte en una política conservadora; como actualmente sucede en los Estados Unidos que rechazan, desde un punto de vista racista a latinoamericanos, en especial a mexicanos, y desde el punto de vista racial y religioso a musulmanes. Este camino está en sentido inverso a la globalización y ahora vemos que existe una tendencia, en algunas regiones y países a privilegiar al mercado interno y a desarrollar sentimientos chovinistas muy peligrosos en países de gran desarrollo económico. Esto pone en evidencia la existencia de una íntima relación entre la economía y las manifestaciones culturales. Si se toma por el camino de la apertura económica, se estimulan las tendencias a la aceptación de manifestaciones provenientes del exterior tanto materiales como espirituales, al menos, en determinados sectores sociales. Por el contrario, si los poderes de decisión política privilegian el mercado interno, afloran los sentimientos nacionalistas en amplios grupos de la población (como actualmente sucede en EU) y en consecuencia, el rechazo a lo extraño, en términos económicos y culturales. Esto vuelve a poner a debate la importancia del mercado interno.

  1. Marco conceptual.

La formación del mercado interno es un proceso consustancial al desarrollo del capitalismo desde la dimensión estructural, y del surgimiento del Estado Nación en lo superestructural. Sobre el primer aspecto se afirma: La expropiación y el desahucio de una parte de la población rural, no sólo deja a los obreros sus medios de vida y sus materiales de trabajo disponible para que el capital industrial los utilice, sino que además crea el mercado interior.” (Marx, 1976, p. 459). Por otro lado, Lenin (1976, p. 522) manifiesta: “El proceso de la formación del mercado para el capitalismo revela, pues, dos aspectos, a saber: el desarrollo del capitalismo en profundidad es decir, el crecimiento progresivo de la agricultura y la industria capitalistas en un determinado territorio, concreto y aislado, y el desarrollo del capitalismo en extensión, es decir, la extensión de la órbita de poder del capitalismo sobre nuevos territorios.”

Por ello, hacer referencia al curso de las relaciones económicas que conduce a la transformación de las relaciones sociales de producción basadas en la dependencia personal a las de explotación de la fuerza de trabajo como mercancía, equivale a reseñar el surgimiento del mercado interior que tiene como trasfondo la progresiva división del trabajo hacia dentro de las unidades productivas y en el seno de la sociedad. Esto último: la división del trabajo, es la estructura sobre la que descansa el mercado interno que a la vez supone un determinado espacio o territorio donde domina un orden institucional que da cauce a la ampliación de esa estructura y a las relaciones entre el Estado y la sociedad; así como la convivencia entre individuos y grupos de la población.

Por eso, mientras exista una serie de unidades de producción en las que se realicen todas las actividades económicas, desde la obtención de materias primas hasta el consumo de los productos, al interior de las mismas, no se puede hablar de integración de un mercado, puesto que no existe el intercambio de mercancías necesario. Podría pensarse, para el caso de nuestro país, que desde la época colonial (por el hecho de que hubo grandes haciendas en las que en la producción agrícola y ganadera, había trabajadores especializados en diferentes actividades como: carpinteros, herreros, vaqueros, caballerangos, albañiles, etc.) ya existía una gran división del trabajo y que esto justificaba la existencia de relaciones capitalistas. Sin embargo, la división del trabajo para que sirva de sostén a las relaciones burguesas de producción debe estar basada en la producción mercancías y su origen está en la reunión de un número más o menos grande de obreros que trabajan en el mismo lugar, al mismo tiempo y en las mismas mercancías bajo la dirección de un capitalista (Marx, 1976, p. 272)[2]. Esto implica el desarrollo de la manufactura que tiene como antecedente los talleres artesanales.

En la producción manufacturera existe una importante división del trabajo al interior de las unidades productivas y en el seno de la sociedad. Esto es así porque, por un lado, se reúne a trabajadores especializados en determinadas tareas que forman parte de los eslabones para la producción de una o más mercancías. Por otro, supone que existen establecimientos que se especializan en determinados productos que son intermedios o son materias primas para ser consumidas por otros procesos productivos, de tal manera que cada vez existe una extensión mayor de eslabones productivos, desde el punto territorial de la producción y una cada vez mayor diversidad de mercancías.

Sin embargo, para que este proceso se desarrolle, la mercancía debe dar un “salto mortal”, afirma el autor del Capital. Es decir, debe ser consumida y ello implica el intercambio entre poseedores de mercancías que, generalmente, es cualquier valor de uso por mercancía dinero. Además, “Las mercancías no pueden acudir ellas solas al mercado, ni cambiarse por sí mismas…Para que estas cosas se relacionen las una con las otras como mercancías, es necesario que sus guardianes se relacionen entre sí como personas cuyas voluntades moran en aquellos objetos, de tal modo que cada poseedor de una mercancía sólo pueda apoderarse de la de otro por voluntad de éste y desprendiéndose de la suya propia; es decir, por medio de un acto de voluntad común a ambos.” (Marx, 1876, p. 48)

Lo anterior tiene una serie de implicaciones: Primero, que exista, en la esfera de circulación, la capacidad de consumo para que las mercancías se realicen, de otra manera, se detiene el proceso de integración del mercado interno, si se trata de sus inicios o se puede caer en una crisis si se habla de una economía capitalista consolidada. Segundo, que existan las condiciones materiales para el encuentro entre los poseedores de mercancías. Esto supone un proceso de integración económica del país que se trate, al menos, en tres dimensiones: a) entre eslabones que formen cadenas productivas; b) entre diversas regiones y c) la eliminación de obstáculos al desplazamiento de las mercancías. Finalmente, la delimitación territorial en la que, con independencia de otros espacios se realizan las transacciones en la esfera de la producción y de circulación. Lo anterior se lleva a cabo en el marco de un entramado legal que tiene como base el ejercicio del poder soberano, tanto en lo interno como respecto al exterior.

  1. El desarrollo de las comunicaciones.

A pesar de la importancia de las comunicaciones terrestres para el desarrollo del mercado interno, durante la mayor parte del siglo XIX permanecieron abandonadas en nuestro país, por diversas razones[3]. Incluso, la política ferrocarrilera que pasó a ser una de las prioridades del régimen porfirista poco contribuyó a la integración económica.

Una serie de observadores, nacionales y extranjeros –éstos últimos, espías al servicio de sus gobiernos o de empresas interesadas en explotar algunas ramas económicas o simples aventureros- (Ward, 1985; Kolonitz, 1976; Rees, 1976; Poinsett, 1982; Fossey, 1982 y otros) describieron en su momento las dificultades para la movilidad de las personas y mercancías. La mayoría de estos testimonios nos ofrecen un panorama sumamente deprimente de nuestras comunicaciones, sobre todo en la primera mitad del siglo XIX pues el país estaba dividido por una serie de regiones y éstas en un conjunto de unidades económicas de autoconsumo. El comercio se realizaba, por lo general, a nivel regional o local.

Así, Olavarría y Arias (1974, p. 41) afirman refiriéndose al año de 1821: “Faltaba población; la que existía hallábase desparramada en un territorio extensísimo, y de modo que muchos de sus pobladores se hallaban separados por inmensos desiertos o por serranías de trabajoso y difícil acceso”. Esto lo confirmaba (Ward, 1985, p. 14) en 1827 cuando escribía refiriéndose a nuestro país:

La naturaleza le ha concedido un suelo muy fértil y un clima bajo el cual casi todas las producciones del Viejo y del Nuevo Mundo encuentran el grado exacto de calor para producirse a la perfección. Sin embargo, la peculiaridad de su configuración, en la que se origina tal variedad de climas, neutraliza en cierta medida las ventajas que de otra manera se derivarían de ella, volviendo extremadamente difícil la comunicación entre la Mesa Central y la costa, y confirmando a muy estrechos límites los intercambios de los estados del interior entre sí. En la Mesa central no hay canales (con excepción del que va de Chalco a México, con una extensión de siete leguas) ni ríos navegables; ni tampoco la naturaleza de los caminos permite un uso general de los carruajes, y por consiguiente, todo se acarrea en mulas de un punto a otro; y esta forma de transporte, al aplicarse a los productos agrícolas más voluminosos del país, aumenta enormemente el precio de los artículos de consumo más general antes de que puedan llegar a los principales mercados. Así, por ejemplo, en la capital, que recibe sus abastecimientos de un círculo de probablemente sesenta leguas, que comprende el Valle de México y las fértiles llanuras de Toluca al igual que las grandes tierras maiceras del Bajío y de la Puebla, el trigo, la cebada, la paja, el maíz y la madera no solamente son caros, sino que su suministro es incierto.

Con esta descripción coincidía, Joel Roberts Poinsett (1982, p. 99) –quien era una especie de espía y agente del gobierno norteamericano en los primeros años del México independiente– cuando hacía referencia al recorrido entre el puerto de Veracruz y la capital de nuestro país, camino con grandes contrastes según lo relataba. Desde el lento desplazamiento por el accidentado camino de Veracruz a Jalapa hasta el itinerario entre Puebla y la ciudad de México que describe como menos accidentado. Después de dejar San Martín Texmelucan: “Ahora empezamos a serpentear por los cerros que separan el valle de Puebla del de México”. Al descender, le impresionó más el paisaje que lo accidentado del camino

En la época de la Colonial las autoridades virreinales y los grupos de comerciantes habían mostrado interés por mejorar los caminos, sobre todo, en los últimos años de esa etapa. Sin embargo, la lucha por la independencia y el permanente estado de inestabilidad política y militar se tradujo en el abandono de la política construcción y mantenimiento de los caminos, aunque como lo afirma (Rees, 1976, p. 95) “…en la década de 1830-1839 se tomaron finalmente algunas medidas para rehabilitar el sistema de caminos…” Seguramente no era tan pequeña la red de caminos, pero había grandes tramos que simplemente eran veredas que en tiempos de lluvias eran intransitables. Un ejemplo de esto nos lo ofrece la condesa, Paula Kolonitz que vino acompañando a la esposa de Maximiliano –lo que relata hace referencia a su partida, unos seis meses antes de que sucumbiera el llamado segundo imperio– La diligencia que nos había transportado hasta aquí tuvo que regresar, pues el camino de Orizaba a Córdoba, aún cuando no tenía más que cinco leguas, estaba tan malo y con tantos derrumbes que el patrón no quería correr el riesgo de arruinar a sus pobres bestias. La última diligencia había recorrido aquel mismo trecho en veinticinco horas” (Kolonitz, 1976, p. 177).

Las referencias al trayecto entre Veracruz y la ciudad de México son más comunes por la importancia de ese puerto para el comercio exterior del país. En segundo lugar están las que describen los caminos de la capital del país con las poblaciones del Bajío por la importancia económica de esta región. Sin embargo, existen descripciones de otras regiones del país como lo resume (Glanz, 1982, p. 30):

[Los caminos vecinales, como el que describe Stephens de Mérida a Uxmal, no son “más que tristes senderos abiertos en la espesura”. Senderos por los que apenas puede desplazarse un hombre montado a caballo, o un arriero que sigue a su mula: “caminos intransitables, espinosos, que conducen al paraíso” dice Beltrami, “caminos de lobos, caminos increíbles cortados a pico, resbaladizos, donde el hombre y su cabalgadura se ve expuestos a las terribles inclemencias del tiempo. No bien se cabalga por un desierto y el viajero muere de sed cuando a boca de jarro, el cielo vierte una tormenta que medio ahoga al pobre jinete… Los caminos del norte y los del sureste se cortan abruptamente por los ríos y es necesario atravesarlos, hundirse con la cabalgadura hasta el cuello, utilizar un ferry, o rodear grandes extensiones para evitarlos, En las selvas, las barcazas y las canoas cumplen esa función].  

“La red de caminos troncales, sin embargo, no era tan pequeña como podría creerse” dice López Rosado (1972:315), ya que para 1865 estaba constituida por los siguientes:

México – Puebla – Veracruz.

Oaxaca – Perote – Jalapa – Veracruz.

México – Querétaro – Guanajuato – Lagos (por Silao y León) – Guadalajara – San Blas.

México – Cuernavaca.

México – Toluca.

México – Tulancingo y Apam.

Los liberales, comprendiendo la importancia de las comunicaciones terrestres para el comercio, a pesar de todos los problemas políticos y económicos a que se enfrentaron, procuraron impulsar las comunicaciones, una prueba de esto es que la red de caminos troncales había aumentado notablemente en el año de 1876.

México – Puebla – Jalapa – Veracruz.

Orizaba – Córdoba – Veracruz.

Tehuacán – Oaxaca – Puerto Ángel.

México – Pachuca – Tulancingo – Tuxpan.

Huejutla – Tampico.

México – Querétaro – San Luis.

Victoria – Matamoros.

Monterrey – Piedras Negras – Matamoros.

Aguascalientes – Zacatecas – Durango – Mazatlán.

Ciudad del maíz – Tampico.

Guanajuato – Lagos – Aguascalientes.

Jalapa – Tampico.

México – Cuernavaca – Chilpancingo – Acapulco.

México – Toluca – Morelia.

Zapotlán – Colima – Manzanillo.

Guadalajara – San Blas.

Tonalá – San Cristóbal – San Juan – Frontera.

Campeche – Calkiní – Mérida – Progreso (López Rosado, 1972, pp. 315-316).

Se puede afirmar que hasta que se creó la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas en 1891 se le puso realmente la atención debida a las carreteras, aunque se le dio preferencia a todos aquellos caminos que comunicaban a regiones productoras de materias primas.

Uno de los medios más importantes para saquear las riquezas naturales de los países dependientes fue el ferrocarril. Esto explica por qué durante el porfiriato se desarrollaron los ferrocarriles en forma muy importante. López Rosado (1972: 320) afirma: “A fines de 1876 existía en el país una extensión de vías férreas en explotación de 576 kilómetros, distribuidos de la siguiente forma:

Ferrocarriles Kilómetros   Metros
Ferrocarril Mexicano 5100000       7500000
Distrito Federal 380000   7780000
Veracruz-Alvarado 150000   4100000
Nacional-Mexicano (ramal de México-Toluca) 130000   3000000
  _____   ______
  5760000   2,2380000

 

Pero a partir de la dictadura de Porfirio Díaz se acelera la construcción de ferrocarriles. “De hecho, dice Coatsworth (1976: 46, primer tomo), el auge de los ferrocarriles mexicanos no empezó sino hasta 1880. Más adelante, afirma este mismo autor: “…la actividad de la construcción de los ferrocarriles llegó a su máximo nivel, tanto absoluto como relativo, en 1882. Durante los cuatro años comprendidos entre 1881 y 1884, la longitud del sistema ferroviario aumentó de poco más de 1 000 a cerca de 6 000 kilómetros. Se puede volver a observar altos niveles de actividad en 1887 y 1990, y una vez más en los cuatro años siguientes a 1900.” Tal fue el crecimiento del kilometraje de vías ferroviarias tendidas que, si en 1873 existía 579 kilómetros, en 1909 ya eran 24, 161. Esto supondría que se le dio un gran impulso al mercado interno. Sin embargo, no fue necesariamente así, porque se combinaron dos hechos:

Primero, al privilegiar, el régimen porfirista, la política ferrocarrilera, se abandonó la construcción de carretas y caminos. Así lo plantea Coatsworth (1976: 33, primer tomo) “Con el desarrollo de los ferrocarriles menguaron los gastos en las carreteras federales. Tan pronto como se construían rieles entre pueblos unidos por una carretera federal, los gobiernos local y estatal debían asumir la responsabilidad por el mantenimiento y reparaciones de la carretera…El deterioro de los caminos nacionales había llegado muy lejos debido a la atención y canalización de fondos para el desarrollo de los ferrocarriles”.

Con esta opinión también coincide Diego López Rosado (1972: 397) “Al terminar el régimen porfirista, el ramo de caminos era de los más desatendidos, pues se le confió una excesiva importancia a los ferrocarriles, hasta cierto punto con justa razón, pues representaba el medio más adecuado para el transporte de carga, en especial para satisfacer las necesidades de la industria extractiva y de la actividad agropecuaria. Por esta causa, muchas poblaciones quedaron aisladas cuando no pudieron contar cuando menos con un camino herrado; lo que hizo apremiante introducir otras vías de comunicación en tales casos”.

Segundo, el trazo de las líneas férreas se diseñó para unir a las regiones productoras de materias primas, como en el caso de la minería o de las plantaciones de productos agrícolas o silvícolas con la frontera norte o con los puertos: “De hecho, el ferrocarril contribuyó muy poco al crecimiento industrial de México en el porfiriato. La mayor parte de la carga de los ferrocarriles mexicanos de este periodo, consistía en materias primas para la exportación” (Coatsworth (1976: 85, tomo segundo) Es decir, se estimuló a los mercados del exterior y no al mercado interno con esta política.    

En 36 años se construyeron 23, 582 kilómetros de vías férreas. Pero lo más grave fue, al menos hasta 1892, como dice, Limantour (1965: 80) que “Las líneas que se construyeron por diversas partes de la República, lo fueron sin sujeción a un plan general, y quedaron en su mayoría, con excepción a tres o cuatro vías troncales, en estado de tramos pequeños, sin liga alguna entre sí, y con los defectos graves, de ser de diversas anchuras, y de tener pendientes más o menos explotables. Sus condiciones resultaron, por lo mismo, desde el punto de vista económico, muy desfavorables para el desarrollo de la riqueza pública”.

Como se ve, el tránsito de personas y mercancías, como parte de la formación del mercado interno en el siglo XIX y principios del XX, fue un proceso lento. Sólo la Revolución Mexicana vino a poner sus bases definitivas. La situación de los caminos fue una preocupación constante de los primeros gobiernos revolucionarios. Sólo cuando el país comenzó a estabilizarse, a partir del gobierno de Álvaro Obregón, se pusieron las bases de una importante política de carreteras. “A pesar de los grandes daños causados a las líneas férreas durante la etapa más activa de la Revolución, el sistema pudo absorber rápidamente las pérdidas y pronto encontró el camino para lanzarse otra vez a la conquista del volumen más importante del transporte del país” (López Rosado, 1972: 400). Este hecho, más la acción de la reforma agraria permitieron el paso definitivo para el desarrollo pleno del capitalismo.

III. Las alcabalas.

La integración del mercado interno encontró, en la política fiscal, otro obstáculo, al privilegiar los impuestos indirectos a los directos. Entre los primeros, el de mayor importancia, por su capacidad recaudatoria, lo representaron las alcabalas. Este impuesto se originó en la época de la Colonia. Mora(1977: 216) al hacer referencia a las alcabalas en esa época afirmaba: “las alcabalas interiores o derechos sobre las compras y ventas se pagaban en las aduanas a razón del dos y medio por ciento en las fincas y el seis en lo demás; mil alteraciones sufrió este derecho que llegó a subir hasta un dieciocho, y sus productos fueron siempre en razón inversa del aumento; en 1808 ascendía a 4.000,000 de pesos, desde entonces empezó a decrecer, y sus gastos de recaudación se calculaban catorce y dos tercios por ciento.” [4].

Una idea más actual, sobre las alcabalas, nos la ofrece Sánchez Santiró (2009: 29) quien las define de la siguiente manera: “…desde el punto de vista normativo, la alcabala era un impuesto que gravaba los intercambios (vía venta o permuta) de bienes muebles, inmuebles y semimovientes, es decir, una contribución indirecta. Con el tiempo, junto a este impuesto genérico sobre las transacciones mercantiles aparecieron otros gravámenes de igual naturaleza pero que se aplicaron a productos específicos, tal y como sucedió con alguna bebidas alcohólicas, caso del pulque, el mezcal o el aguardiente de caña”

Para las autoridades virreinales, el cobro de la alcabala, por ser un impuesto sobre las transacciones comerciales (causaban este impuesto las ventas y las reventas del mismo producto) era de difícil aplicación. Con el objeto de facilitar su recaudación se estableció que dicho impuesto se pagara en el momento en el que las mercancías fueran introducidas a las localidades, se vendieran o no. Dice, Sánchez Santiró (2009: 30-31). “Así, de ser un impuesto que debía gravar las ventas se amplió a uno sobre el tránsito de las mercancías”. En seguida, el mismo autor expresa: “Para controlar la circulación, venta y permuta de las mercancías se establecieron aduanas interiores que fragmentaron el espacio fiscal: los denominados suelos alcabalatorios, ideados como unidad espacial mínima que delimitaba territorialmente la recaudación del impuesto de alcabalas. Se constituían a partir de una cabecera, desde la cual se gestionaba la recolección del impuesto que se aplicaba sobre las introducciones, ventas y permutas realizadas en dicho territorio”.

Iniciada la etapa independiente del país, las corrientes en pugna por el control del mando político, llevaron su enfrentamiento a todos los terrenos, desde el militar hasta ideológico. En ese contexto, la política fiscal también fue motivo de controversia. Por lo general, los liberales tendían a la aplicación de los impuestos directos y los conservadores a los indirectos. Aunque parece que la realidad siempre se impuso a los deseos de los primeros, porque fueran administraciones liberales o conservadoras, las alcabalas tuvieron una larga existencia.

Sin embargo, la abolición de las alcabalas no fue fácil, aunque estuviera claro, para la mayoría de quienes reflexionaban sobre el tema, de que se trataba de un impuesto, hasta cierto punto, antieconómico. Establecer impuestos directos era poco menos que imposible, porque para hacerlo hubiera tenido que establecerse una estructura administrativa muy amplia, por la dispersión de la población. Además, hacer efectivo el pago de este impuesto hubiera representado, para cualquier gobierno, enfrentar la oposición de grupos económicos muy fuertes, empezando con los grandes propietarios agrarios. ¿Cómo poner en práctica un efectivo impuesto sobre la renta, por ejemplo, entre los grupos de agiotistas o contrabandistas que socialmente estaban conformados por “hombres respetables”.

Así, Francisco de Arrillaga [citado por, Sánchez Santiró (2009:131)] Secretario de Hacienda en 1823, aseveraba:

“La alcabala sólo digna de su bárbaro origen, es la contribución más onerosa y perjudicial a la agricultura, industria y consumos, que gravando en extremo todas las producciones y el tráfico interior, hasta el viento que respiramos, rinde muy poco al erario; entorpece en extremo su circulación, impide de hecho la de toda propiedad raíz, y exige para su complicadísima y siempre oscura y viciosa administración una legión de empleados, que se llevan la mejor parte de sus rendimientos y la sustancia de los brazos laboriosos e inútiles.”

También citado por Sánchez Santiró (2009: 209) Francisco Javier Echeverría, Secretario de Hacienda en 1840, afirmaba, con mayor contundencia: “Las alcabalas hacen el contraprincipio más horroroso de la ciencia económica, porque atacan todas las reglas de una buena contribución… Ellas disminuyen el capital industrial; embarazan el comercio; excitan la inmoralidad y el crimen; atacan la producción gravan con desproporción y desigualdad al causante; aumentan el número de empleados; consumen inútilmente los productos del comercio y de la industria; molestan a los ciudadanos honrados, y en una palabra, constituyen el peor de los sistemas rentísticos. Cualquier otro que se eligiera sería menos funesto para la república que el de las alcabalas”

Por su parte, Mariano Otero (1967) en 1847 reflexionaba sobre el sistema fiscal y aseguraba que el cobro de impuestos aduanales había disminuido, en forma progresiva, por: lo elevado de éstos; la exigencia de una serie de requisitos a los importadores al momento del desembarque de mercancías y su tránsito por el territorio nacional, así como la amenaza de su decomiso por la falta del cumplimiento de alguno de los requisitos; además de los elevados gastos administrativos por el mantenimiento de costosos resguardos. Ante estos problemas, muchos de los comerciantes burlaban las disposiciones y corrompían a los empleados encargados de cobrar los impuestos. Salía más barato comprar el silencio y complicidad de éstos que cumplir con todas las deposiciones. Por eso decía: “En vano han clamado aquí algunos comerciantes y otros hombres ilustrados contra ese sistema fiscal, demostrando lo absurdo y nocivo que es, no sólo al comercio, sino a los intereses bien entendidos del erario nacional. En vano han clamado por la extinción de las aduanas interiores, haciendo ver que son un grande obstáculo para el movimiento mercantil (Otero, 1967: 104).

La política fiscal basada en las alcabalas impactaba en la capacidad adquisitiva de todos los consumidores pero, en especial, en los pobres. Esto era así porque existía una alcabala llamada “alcabala del viento” que afectaba el consumo de los productos básicos. Su recaudación se realizaba en los mercados semanales o tianguis de todas las poblaciones del país. Los cobradores de este impuesto llamados alcabaleros eran vistos por los vendedores o compradores como opresores por los abusos que cometían (Sánchez Santiró, 2009: 221). Esto mismo observa (Calderón, 1973: 305) de las aduanas interiores: “…a pesar de todo, seguían repugnando al pueblo, ajeno a los problemas hacendarios y atento a repudiar un gravamen tan adverso al consumidor de bajos ingresos”

El impacto de las alcabalas y las aduanas interiores eran de tal magnitud que fueron objeto de atención del ejército norteamericano durante la invasión a México entre 1846 y 1848. Así lo plantea Lucas Alamán al hacer un rápido repaso de la aplicación de ese impuesto, de 1810 a 1848 (1985: 889):

“Las alcabalas, que hasta el año de 1810 fueron de 6 por 100, duplicadas después por el virrey Venegas por la necesidad de atender á los gastos de la guerra, aumentadas todavía más por Calleja con diversos nombres, y reducidas á la primitiva cuota por Iturbide con el fin de hacer popular a la independencia, se volvieron á aumentar por el congreso, y fluctuando entre diversos reglamentos, fueron suprimidas por orden del general Scott en 1848, en México y en todos los lugares ocupados por las tropas norte-americanas. Posteriormente á la retirada de estas, han subsistido en unas partes y quedado suprimidas en otras, siguiéndose de aquí mayores gravámenes y dificultades para el comercio interior, pues que no habiéndolas y estando substituidas por contribuciones directas en unos Estados como el de Méjico, la azúcar y demás productos agrícolas comerciables de este, pagan en él contribución directa, y conducidos á otro donde subsisten las alcabalas como el de Guanajuato, hacen nuevo pago satisfaciendo estas”.

El obstáculo que representaban las alcabalas para el desarrollo del país, en especial para activar el comercio, fue creando una tendencia general para su abolición. Así, el primero de marzo de 1854 se publicó el Plan de Ayutla sostenido por un grupo de militares, encabezado por el coronel Florencio Villarreal, con el objeto de cesar del poder al Presidente Antonio López de Santa Anna. En el artículo sexto de dicho Plan se expresaba que el ejército formado debía: “…proteger la libertad del comercio interior y exterior…”. El Congreso Constituyente de 1856-1857, que se reunió al triunfo del mencionado Plan, discutió con amplitud la abolición de las alcabalas. En la sesión del 2 de enero de 1857, un grupo de diputados (Garza Melo, Ignacio Ramírez, García Granados y otros) propuso una adición a la Constitución para la derogación de las alcabalas a partir de 1858. La Comisión que discutió esta propuesta concluyó que: “…tiene el mismo deseo, pero se retrae ante la dificultad de hallar con qué reemplazar los productos del impuesto y consulta que sea desechada la adición.” El pronunciamiento de la Comisión fue ampliamente discutido, participaron los diputados: Payró, Prieto, Guzmán, Zarco, Gamboa, Mata, Moreno, Olvera, Garza Melo y Torres Landa. Todos estuvieron de acuerdo de que las alcabalas eran un gran obstáculo al desarrollo del país. Aquí sólo se destacan algunas ideas del primero, decía el diputado Payró: “Las alcabalas son un impuesto odioso por mil motivos. Las establecen los Estados que no trabajan, para vivir del trabajo de los demás. La alcabala recae sobre las clases más pobres del pueblo y las agota y las deja sin medios de subsistencia… hay que añadir que no gravitan sobre el capital ni sobre el crédito, sino sobre los consumos. En vano se quiere gravar al productor: el impuesto siempre lo paga el consumidor…La alcabala pesa sobre las subsistencias, disminuye el alimento del pueblo, lo reduce a la desnudez y, en su modo de exacción, en su inquisición fiscal, tiene todos los vestigios de edades semibárbaras y ultraja la dignidad del hombre” (Zarco, 1957: 930-931). Se aprobó la adición para que a partir del 1º de enero de 1858 quedaran abolidas las alcabalas y las aduanas interiores en el país. El diputado Torres Landa fundamentó la propuesta y fue aprobada por 70 votos contra 13. Dicha propuesta quedó en el artículo 124 de la Constitución de 1857 (Zarco, 1957: 935).

Sin embargo, esta disposición no se aplicó y es comprensible porque, precisamente, en enero de 1858 empezó la Guerra de Reforma que duró tres años. En 1861, el gobierno de Benito Juárez tuvo que suspender el pago de la deuda externa y enfrentó la intervención de la triple alianza a partir de finales de ese año; la intervención francesa y el imperio de Maximiliano entre 1862 y 1867. En este último año empieza la Restauración de la República que va hasta 1876. Refiriéndose a esta época, Calderón (1973: 295) afirma:La persistencia del sistema alcabalatorio no sólo era una constante violación a la Constitución, sino también, junto con la falta de comunicaciones, la causa más importante del estancamiento de la industria, la agricultura y el comercio nacionales. Las aduanas interiores restringen el volumen del consumo al elevar el nivel de precios, en perjuicio de los productos mexicanos, cuya calidad, por añadidura, era inferior a la de los extranjeros. Por eso, desplazados ya del consumo de las clases de mayores ingresos, sólo podrían haber vuelto a competir si bajaban de precio, cosa que impedían los gravámenes alcabalatorios”   Más adelante afirma: “Se dieron casos en que no sólo se cobraban las contribuciones al comercio de Estado a Estado, sino también de distrito a distrito”. Este mismo autor hace referencia a otro impuesto, el de capitación que aún existía en algunos estados. Se trataba de que todo ciudadano pagara una cantidad anual, sin considerar el monto de sus ingresos (Calderón, 1973: 306).

Sólo un gobierno muy fuerte como el de Porfirio Díaz fue capaz de abolir las alcabalas, aunque eso aconteció sólo a cuatro años de terminar el siglo XIX. En efecto, el 23 de abril de 1896 se dio fin a este impuesto. Limantour (1965: 56) lo celebraba así:

“Solo pro memoria y para no dejar de mencionar una de las reformas de que más se enorgulleció la Administración del general Díaz, se consagran aquí unas cuantas palabras a la supresión radical de las alcabalas y el derecho de portazgo en toda la extensión de la República. Esta reforma, que destruyó para siempre el cacicazgo económico en que vivieron desde la conquista de México las diversas regiones del país y algunas veces hasta las jurisdicciones administrativas más pequeñas, fue seguramente uno de los principales factores del vivo impulso que recibieron todos los ramos de la producción nacional, permitiendo la circulación de mercancías libre de impuestos y de formalidades, y favoreciendo en muy grande escala al comercio indígena que a duras penas soportaba los penosísimos gravámenes y molestias del sistema alcabalatorio, y menos todavía, la indigna explotación que de la pobre gente hacían los alcabaleros. Si la desaparición de las alcabalas trajo un gran beneficio a las clases industriales superiores, puede decirse sin exageración que fue una verdadera bendición para los menesterosos, pues el gravamen que recaía sobre los artículos producidos o consumidos por aquellos fue en varios casos sustituido por otros de fácil cobro y de menor cuantía, mientras que el que agobiaba a los menesterosos fue simplemente abolido”.

  1. El poder adquisitivo:

Una idea del tamaño potencial del mercado nos la puede proporcionar la cantidad de habitantes del país. Así, el Barón de Humboldt (Humboldt, 1973: 28), a principios del siglo XIX afirmaba que había en México un total de 6.5 millones de habitantes. Esta cifra no se modificó sustancialmente hasta mediados de ese siglo. López Cámara (1976: 16) afirma, refiriéndose a Félix Lavallée: [Este mismo autor, en 1851 y siendo todavía cónsul francés en México, aseguraba que “la República mexicana contiene una población de siete millones de individuos”]. Es decir, en 43 años apenas si se incrementó la población en medio millón de habitantes. Esto puede explicarse por, al menos, dos factores: la permanente confrontación armada y las epidemias que afectaban a grandes grupos de la población. Esta situación se modificó en las siguientes décadas pues en 1895, cuando se realizó el primer censo de población (las otras fueron apreciaciones más o menos apegadas a la realidad) el total de mexicanos fue de 12. 6 millones de habitantes o lo que es lo mismo, en 44 años el incremento fue de más de 5 millones y medio. Finalmente, en 1909, de acuerdo con Andrés Molina Enríquez (1978: 279) los mexicanos sumaban “en números redondos” 14 millones; en los 14 años que van de 1895 a 1909 el crecimiento de la población fue de 1 millón 400 000. Es decir, en la primera mitad del siglo XIX, la población del país apenas creció en un 7%; de 1851 a 1895, en un 80% y en los últimos catorce años señalados en un 11%.

Sin embargo, en ausencia de datos precisos, una mirada más cercana a la realidad sobre el mercado y su potencial puede ser la división por sectores sociales, capas de la población, su ubicación espacial y en ramas económicas. Esto nos puede conducir a conocer con alguna aproximación el poder de consumo de la población.

Dentro de las percepciones que se tenían a mediados del siglo XIX sobre la composición de la población, López Cámara (1976: 18) hace referencia a Eugéne Lefévre quien afirmaba que: había un millón de blancos; cuatro millones de indios y 3 millones, cuatrocientos mil de mestizos. El mismo autor cita a Félix Lavallée para precisar más sobre las características de la población: “Pasemos ahora al examen de los 3 000 000 de raza blanca [recordemos que el autor incluye también a los mestizos]…De esta cifra se pueden deducir 1 800 000 almas correspondientes a las mujeres, los niños y los ancianos, lo que no es ciertamente exagerado; quedarían, pues, 1 200 000 hombres útiles o más bien en estado de serlo porque, en realidad, no todos lo son, como vamos a probarlo. Si se exceptúan 300 000 hombres aproximadamente, empleados en la agricultura, en las fábricas, las minas, el comercio, las artes y los oficios, quedarían 900 000, los cuales constituyen clases improductivas como el clero, con sus millares de adjuntos, los militares, los empleados, los abogados, los médicos, en fin, esta multitud de perezosos y vagabundos que abundan en las grandes ciudades de la república, exactamente como los lazzaroni en Italia” (López Cámara 1976: 18-19). Por su parte, en la primera década del siglo XX, de los 14 millones a que hace referencia Molina Enríquez: “…un quince por ciento son extranjeros y criollos, un cincuenta por ciento son mestizos, y un treinta por ciento son indígenas”.

Como puede observarse, en el siglo que va de principios del XIX a principios del XX, la población de México estaba mayoritariamente formada por indios y mestizos. Atendiendo a Molina Enríquez que tenía una mayor precisión estadística, porque las autoridades ya daban a conocer datos más apegados a la realidad, como los censos de población de 1895 y 1900, entre mestizos e indios sumaban un 80% de la población total y entre extranjeros y criollos un quince y veinte por ciento. Estos porcentajes seguramente cambiaban de acuerdo a la época. Además, debió haber una minoría que no podía ser contabilizada porque existían etnias, sobre todo en el norte del territorio, que se mantenían fuera del control de las autoridades. La mayor parte del 15% de criollos y extranjeros eran grandes propietarios de haciendas, comercio al mayoreo o propietarios de tendajones en villas o ciudades, igualmente propietarios de minas, de las líneas de carruajes, de fábricas (a partir de 1830) o titulares de concesiones para la explotación de diversas ramas de la economía, intelectuales, profesionistas y miembros del alto clero. En la medida que avanzaba el siglo y que el proceso de acumulación de capital se iba ampliando fueron siendo más poderosos, sobre todo en la época del porfiriato. Por el contrario, la situación de los indígenas no se modificó e incluso retrocedió en algunas zonas del país, especialmente en el sureste y en particular en las plantaciones de tabaco, henequén, café o en la explotación de maderas finas, durante la dictadura de Porfirio Díaz, Este retroceso condujo a la reaparición de relaciones esclavistas de producción. En otras regiones, los indígenas eran peones acasillados, jornaleros, temporaleros, medieros o comuneros; también participaban como trabajadores mineros, en el comercio de vía pública en las ciudades, como artesanos, integrantes del ejército y como trabajadores o trabajadoras domésticas en ciudades y haciendas, en ocasiones formaban parte de los asaltantes de los caminos. Los mestizos, como en el caso de los indios se desempeñaban en diversas actividades como: jornaleros, medieros, mineros, trabajadores de la industria, arrieros, ferrocarrileros, profesores, pequeños comerciantes, bajo clero, mozos en el campo y la ciudad, burócratas modestos, profesionistas, artesanos o integraban el sector de los vagos, “léperos” o “pelados” en las ciudades.

El escaso poder adquisitivo de la mayoría de la población (el 80% de indios y mestizos) y a veces nulo, en determinados sectores, fue de los obstáculos más importantes para el desarrollo del mercado interno en, prácticamente todo el siglo XIX y, al menos, la primera década del siglo XX. Este hecho impedía la realización de las mercancías y repercutía en otras variables como la inversión para la producción de bienes y servicios destinados al consumo interno. La desigual distribución del ingreso fue siempre la traba más importante. Sólo una parte pequeña de la población tenía la capacidad de consumo de productos nacionales y extranjeros (el 15% al que se hizo mención anteriormente). Debe observarse, de acuerdo con la perspectiva teórica del marxismo, que esta desigualdad insalvable, dentro del régimen porfirista, explica la causa más importante de la Revolución Mexicana, pues representaba el mayor obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas.

Ya desde principios del siglo XIX Alejandro de Humboldt (1973: 47) observaba la enorme desigualdad, cuando afirmaba: “Un tercer obstáculo contra los progresos de la población de la Nueva España, y acaso el más cruel de todos, es el hambre. Los indios americanos, como los habitantes del Indostan, están acostumbrados a contentarse con la menor porción de alimentos necesaria para vivir…” Observaciones como ésta son muy comunes en los escritores del siglo XIX. Incluso no sólo respecto a los indios sino también a otros sectores sociales.

Los sueldos de los trabajadores a mediados del siglo XIX eran: para los sirvientes de las ciudades “…de 3 a 8 pesos por mes…Entre los negociantes…se les paga 8 o 10 pesos. “Un carpintero, un albañil, gana aproximadamente dos pesos. Un mozo de cordel gana lo mismo. Un peón cavador 62. 5 centavos de España. Un cultivador o jornalero gana en el interior 37. 5 céntimos por día. Si ha sido tomado por mes, se le pagan 5 pesos y recibe, además, dos almudes de maíz cada semana” [Saint-Charles, citado por López Cámara (1976: 223)]. La situación salarial de los obreros industriales, en la misma época, la destaca también este último autor: “Obreros –escribe Gabriac- que ganan 3 o 4 reales por día (37.5 a 50 centavos), es decir de 2 a 2.5 francos, no pueden, con la espantosa carestía de la vida en México, economizar de sus salarios lo necesario para cubrir los gastos de sus bodas” (López Cámara (1976: 225).

La situación salarial de los trabajadores no se modificó sustancialmente en la segunda mitad del siglo XIX. Así, Hart (1974: 81) afirma: “En la segunda mitad de 1872 se efectuaron importantes huelgas. La más grave fue la de la mina de Real del Monte –anteriormente propiedad inglesa- cerca de Pachuca, que se inició el 1º de agosto. La mina sufría todavía de los viejos ciclos de insolvencia y depresión; y una reducción de los salarios de los mineros de dos pesos a un peso diario provocó la huelga”. A este mismo caso se refrieren Leal y Woldenberg (1980: 29) en los años 80 del siglo XIX. “Así en Real del Monte, Hidalgo, los barreteros percibían un peso diario, los ademadores de uno a tres pesos, los peones de 25 a 38 centavos y los pepenadores 50 centavos. En la mina El Bramador, Jalisco, la remuneración era de 75 centavos para los paleros, de 62 y medio centavos para los barreteros, tenateros y horneros y de 50 centavos para quienes laboraban “a raya”. En los trabajos “a destajo” se pagaban de 75 centavos a un peso 25 centavos diarios. En Zacualpan, México, un barretero recibía 50 centavos al día, un peón 37 centavos, un faenero 25 centavos, un pepenador 37 centavos. En Copala, Sinaloa, los jornales variaban como sigue: de dos a tres pesos para los carpinteros, herreros y pobladores, un peso 25 centavos para los barreteros, de un peso 50 centavos a dos pesos 50 centavos para los paleros, de 75 centavos a un peso para los manteadores, fogoneros y peones, de un peso a un peso 25 centavos para los quebradores y de 25 a 75 centavos para los tierreros, que generalmente eran niños”. La situación de los trabajadores textiles no era diferente “Los salarios de los trabajadores textiles eran bastante homogéneos en toda la república, situación que contrastaba con los mineros. No obstante, las percepciones de los obreros textiles variaban enormemente, según el grado de calificación y especialización del trabajo que cumplían en los establecimientos fabriles. Así, encontramos que había dentro del oficio quienes devengaban 12 y medio centavos diarios y quienes recibían más de un peso por jornada de trabajo…”. Los trabajadores ferrocarrileros ganaban más o menos lo mismo que los anteriores, siempre de acuerdo con su categoría dentro de la estructura organizacional de las empresas. Leal y Woldenberg (1980: 48 y 110).

En un artículo publicado en la revista “México intelectual” en el número correspondiente a julio-diciembre de 1901, Cayetano Rodríguez Beltrán, aborda, brevemente, la situación salarial de los maestros de escuela y afirma: “…un maestro gana $40 al mes (existen quienes ganen $25 y $30). Observemos su presupuesto doméstico dentro de la más rigurosa economía:

               Para alimentos………………………………….25.00

               Idem habitación…………………………………..5.00

               Idem lavado ropa, aseo personal, etc………….4.00

              Idem descuento 1% y timbres mínima……………44

               Idem gastos imprevistos

               (Que siempre resultan previstos)………………..5.56

               Total………………………………………………40.00.

Esto, refiriéndose á un maestro soltero que no fume, ni concurra á diversiones, ni compre libros, y, por consecuencia, que gaste en zapatos, ropa, sombrero, etc., cada año, cuando mucho…” (Moreno K. et al, 1988: 154).

Por su parte, Andrés Molina Enríquez en su obra: Los grandes problemas nacionales: 1909, hace un examen puntual de la situación económica y el poder de consumo de razas, castas y clases sociales al finalizar el régimen porfirista. No difiere de los autores anteriores, pero destaca el consumo de cada grupo de la población. Al referirse a la burguesía (extranjeros y criollos) industrial dedicada a la fabricación de hilados y tejidos afirma que su consumo estaba compuesto de productos extranjeros, ni lo que ellos producían consumían. “Visten generalmente de telas europeas, usan sombreros europeos o norteamericanos, calzan zapatos norteamericanos, gustan carruajes norteamericanos o europeos, decoran sus habitaciones con objetos de arte europeo, y prefieren, en suma, todo lo extranjero a lo nacional” (Molina Enríquez, 1978:312). Se repetía lo que los sectores de poder económico hacían desde la época de la Colonia. Sus consumos, con excepción de los alimentos, los realizaban en el mercado del Parían (ubicado en la plancha del zócalo donde se ofertaban mercancías de origen extranjero)[5] y en las prestigiadas tiendas del portal de mercaderes, donde se adquirían trajes, sombreros, relojes; las damas: vestidos, telas, lencería etc. Más adelante, en la segunda mitad del siglo XIX, los poderosos acudían a las tiendas departamentales que empezaron a fundarse: en 1865 el “Palacio de Hierro”; “El Centro mercantil” en 1898 a estas le siguieron: “Fábricas Universales, “El Puerto de Veracruz”, “El Nuevo Mundo”, “La Ciudad de Londres”, “La Francia Marítima”, “El Progreso”, “El Correo Español, “La gran Sedería” y otras. En 1904 se fundó “Sambors” como tienda de departamentos, en la “Casa de los Azulejos” (Villaseñor, 1986: 97).

La población mestiza (a finales del porfiriato) de ingresos medios como los profesionistas, empleados públicos, los obreros mejor pagados (ganaban entre dos y ocho pesos diarios), pequeños propietarios, rancheros, dueños de pequeños comercios, artesanos, tenían consumos que a veces, obligados por su presentación en el trabajo o por su decoro en la posición social que ocupaban, representaban un verdadero sacrificio para el ingreso familiar “…un empleado gana cincuenta pesos de sueldo y tiene que presentarse a su oficina con un atavío que en conjunto le cuesta ochenta o cien; un oficial del ejército gana ciento cincuenta pesos, y tiene que gastar uniformes que le cuestan el doble, teniéndolos que renovar de tiempo en tiempo” (Molina Enríquez, 1978: 313)

Este mismo autor (1978: 318) afirma: “Los grupos indígenas guardan una situación todavía más infeliz, por consiguiente su capacidad de consumo es casi nula. En el grupo de los indígenas clero inferior, las unidades de ese grupo, apenas consumen lo necesario para alimentarse medianamente y para vestir según lo exige el decoro de su ministerio. Los indígenas obreros inferiores,…apenas pueden vivir, porque para ellos ha comenzado hacerse en los establecimientos industriales, una selección depresiva semejante a la de las haciendas para con los jornaleros, y por lo mismo apenas pueden consumir a diario, los indispensables artículos de alimentación, y muy de tarde en tarde, algunos artículos de vestido.”.

Guillermo prieto (1991: 43-45) describe la vida cotidiana de los pobres de la ciudad de México a mediados del siglo XIX: “El populacho vil tenía sus fondas o comedores al aire libre en el callejón de los <<agachados>>, en el tránsito de Portacoeli y Balvanera, y allí gente sucia y medio desnuda, en cuclillas o de plano hervía alrededor de cazuelones profundos, con piélagos de moles, arvejones, habas, frijoles y carnes anónimas e indescriptibles…” Más adelante afirma refiriéndose al rumbo de Mixcalco: “Zanjas rebosando inmundicia, anchos caños sembrados de restos de comida, ratas despachurradas y algún can sacando los dientes, muerto, reventado por la cabalonga; muladares, ruinas de adobe…San Lázaro con su capilla humilde y sus enfermos carcomidos, y dejando sus huesos al descubierto con sus ojos espantados ribeteados de encarnado”.

El consumo de los peones de hacienda y los esclavos de las plantaciones del sur y del sureste de país era sólo para mantenerse de pie. Tal vez un poco menos grave la situación de los medieros, jornaleros, temporaleros. Estos sectores sociales constituían la mayoría de la población. El deterioro de las condiciones materiales de vida se fue agravando al final del porfiriato, así lo destaca Jesús Silva Herzog (1973: 40): “El costo de la vida se había elevado considerablemente, en tanto que se había reducido de manera catastrófica el salario real. No es en consecuencia exagerado decir que en los comienzos de este siglo, (hace referencia al siglo XX) cuando se hablaba de paz, de orden y progreso, cuando se creía que México caminaba seguro y con celeridad hacia adelante, la gran masa de la población sufría hambre, se vestía mal y se alojaba peor; porque si allá por el año 1804, de acuerdo con la opinión de Humboldt, el ingreso de la familia campesina apenas bastaba para satisfacer las necesidades más elementales, ¿cuál sería su situación en 1910, cuando los precios del maíz se habían triplicado y los del frijol más que sextuplicado?”. Previamente este autor había afirmado: “El jornal de los peones era de dieciocho a veinticinco centavos, más o menos igual nominalmente a lo que se pagaba a sus lejanos antepasados al finalizar el periodo colonial” (Silva Herzog, 1973: 38).El triunfo de la Revolución Mexicana puso las bases para empezar a cambiar esta situación.

1. El surgimiento del Estado Nacional

Existe una relación dialéctica entre el desenvolvimiento del Estado Nación y el mercado interno, de tal manera que no se explica el uno sin el otro. La economía capitalista por su propia naturaleza, cada vez necesita ampliar su ámbito territorial con el objeto de asegurar la reproducción del capital, por eso tiene que romper las estrecheces de las pequeñas o medianas localidades e incorporar a otras comunidades cercanas y lejanas donde se realicen las mercancías, lo que a su vez permite ir construyendo una serie de cadenas productivas y de consumo. Sin embargo, esa expansión tiene límites. Esos límites territoriales están determinados por el Estado Nacional. Es decir, Por una estructura legal que legitima la organización política de una sociedad, cuyas instituciones representan el poder soberano y como tal ejerce la autoridad en ese territorio y preserva la independencia frente a otros Estados. Pero no es sólo esa estructura legal, sino también la asociación humana que además de estar asentada en el territorio de referencia tiene comunidad de cultura, conciencia de pertenencia y metas comunes. Es decir, una Nación. Aunque cabe aclarar que la mayoría de los Estados Nacionales se han construidos sobre diversas comunidades que han sido consideradas como etnias[6] y esto tiene que ver con la historia de cada uno de ellos. Un ejemplo de esto es nuestro país en cuyo territorio se desarrollaron un conjunto de culturas: la maya, Náhuatl, zapoteca, yaqui, etc. Sin embargo, también debe aclararse que el Estado Nación es una consecuencia de la modernidad y por lo tanto una construcción de la clase y las alianzas de clases que se sobrepusieron a las anteriores formaciones socioeconómicas. “La identificación del Estado con la nación (a cada nación un Estado soberano, para cada Estado una nación unificada)…es una invención moderna” (Villoro, 1999, p. 14).

En el caso de nuestro país, la construcción del Estado Nacional ha representado un largo proceso histórico que inició con el desarrollo de la conciencia de pertenencia de un grupo, más o menos, amplio de criollos desde mediados del siglo XVIII como lo afirma Tanck de Estrada (1981, p. 28) [La cultura novohispana no era una mera copia de la española, sino distinta, a veces superior. Y si la producción literaria no fue más abundante fue debido a los obstáculos y prejuicios de la metrópoli. Su obra proclamó ante los europeos la fe criolla en su yo colectivo y expresó el sentido incipiente de nacionalismo, al intentar “vindicar de injuria tan tremenda y atroz a nuestra patria y a nuestro pueblo.”]. Coincide con esta autora, Navarro (1983: 43) cuando afirma: “’Este es el siglo XVIII en México: bonanza y prosperidad de las instituciones culturales; mucho hombres de talento y de inquietudes, de fortaleza, de constancia y entusiasmo, amantes del estudio, de la ciencia y de las artes. Inconformidad con sistemas antiguos y tradicionales; crisis, efervescencia y movimientos ideológicos. Iniciación de la conciencia de nacionalidad y mexicanidad, en la teoría y en la cultura, con preparación próxima en lo político y social”.

En efecto, los jesuitas criollos de la segunda mitad de siglo XVIII (entre otros: José Rafael Campoy, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, Diego José Abad) introductores de las ideas de la Ilustración en la Nueva España, se convirtieron no sólo en reformadores de instituciones educativas, sino también en defensores de las aportaciones culturales de los americanos frente a los ataques y descalificaciones de escritores europeos. Además, se empezaron a identificar más como americanos que como súbditos de la corona española[7]. Esta identidad se fortaleció durante la lucha por la independencia cuando la denominación de “Nueva España” se fue sustituyendo por la de “América Mexicana”, “América Septentrional” o región de “Anáhuac”; en la época colonial, México sólo era la ciudad capital y mexicanos sus habitantes. Esta pertinencia se fue enmarcando en una estructura legal a partir del “Acta de Independencia del Imperio Mexicano” y el “Reglamento Provisional Político del Imperio Mexicano” el 18 de diciembre de 1822”[8].

A partir de entonces se ponen las bases de dos condiciones esenciales del Estado Nación: la pertinencia de los habitantes y el marco jurídico que abarcaba el territorio. Sin embargo, la primera no incluía, necesariamente, a la totalidad de los habitantes sino a determinadas clases o capas de la población que tenían consciencia del momento histórico; especialmente, criollos y mestizos que habían participado en forma directa en el movimiento de independencia[9]. Faltaban muchas décadas para que toda la población asentada en el territorio nacional: asumiera una forma de vida, se incorporara a una cultura e hiciera suya una historia colectiva (Villoro, 1999: 14). En cuanto a la delimitación territorial, no se tenía una precisión al inicio de la vida independiente, además fue modificándose hasta el inicio de la segunda mitad del siglo XIX (en stricto sensu fue hasta 1967 cuando quedó plenamente definido porque EU regreso, físicamente, las 243 hectáreas del área conocida como Chamizal que habían estado en conflicto diplomático durante un siglo). Como es del conocimiento común, en 1836 se independizó el estado de Texas; En octubre de 1841, el estado de Yucatán declaró su independencia de la nación mexicana y se reincorporó en 1848. En enero de 1846 inició la invasión norteamericana que concluyó con la firma de los Tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848. Por estos tratados México perdió la mitad de su territorio. Más tarde, en 1853, Antonio López de Santa Anna, que se había convertido en dictador, vendió en 10 millones de pesos a los Estados Unidos una extensión de 76, 845 kilómetros conocida como “La Mesilla”.  

Lo anterior muestra la debilidad del Estado Mexicano. Esta debilidad tiene su explicación, fundamentalmente, porque la guerra iniciada en 1810 logró la independencia política pero dejó intacta la estructura económica y con ello la elevada concentración de la riqueza en pocas manos y los privilegios de las clases sociales propietarias, especialmente: los círculos dirigentes de la iglesia católica, mineros, grandes comerciantes y los poderes económicos y políticos regionales. La defensa de dichos privilegios ante el reclamo de sectores emergentes, como el grupo de “letrados”, profesionistas clase medieros: criollos y mestizos, principalmente, generó una intensa lucha de clases en todos los terrenos de la actividad humana. Este enfrentamiento tomó forma en las corrientes: liberal y conservadora. Los primeros, herederos del movimiento ilustrado de la segunda mitad del siglo XVIII y los segundos de la monarquía que se negaba a desaparecer no sólo en México sino también en Europa. Por ello se confrontaron dos concepciones del camino que debía seguir el naciente país independiente: El proyecto conservador que pretendía prolongar la estructura económica, política y social de la época colonial. El liberal, por el contrario, construir una sociedad moderna. Una diferencia muy importante, por el tema que ahora nos ocupa, es que los conservadores querían mantener una estructura social basada en las corporaciones y los liberales en el individuo; transformar al súbdito de una sociedad precapitalista en ciudadano de una sociedad moderna. Afirma Villoro (1999, p. 20) “El Estado-nación moderno impone un orden sobre la compleja diversidad de las sociedades que lo componen. En la heterogeneidad de la sociedad real debe establecer la uniformidad de una legislación general, de una administración central y de un poder único, sobre una sociedad que se figura formada por ciudadanos iguales.” Sin embargo, la liberación de la mano de obra de las unidades productivas del campo fue una condición esencial para la construcción de una sociedad de individuos revestidos de una serie de derechos ciudadanos. Arribar a este tipo de sociedad en nuestro país fue un proceso lento que tardó, más o menos un siglo, desde el inicio de la independencia hasta después de la Revolución Mexicana, aunque la “administración central y el “poder único” se logró con la administración de Benito Juárez a partir de la República Restaurada y se consolidó con la larga dictadura de Porfirio Díaz. Pero antes los liberales tuvieron que desamortizar, primero, y después, nacionalizar los bienes de la iglesia que representaban el mayor obstáculo para la formación del Estado. Esto se completó con la separación de del Estado y la iglesia, así como toda la legislación reformista entre 1859 y 1861. Centralizar el mando también implicó ir terminando con los poderes regionales y las aspiraciones de diversos mandos militares que siempre estaban dispuestos a lanzarse a la guerra para asaltar el poder. La paz porfirista se explica, en parte por esta progresiva concentración del poder.  

El sentido de pertenencia que se inició, como afirmamos más arriba, con los criollos ilustrados de la segunda mitad de siglo XVIII, se impulsó con el proceso de la guerra de independencia en el que se incorporaron mestizos y miembros de otras castas. Se fortaleció con el constante estado de guerra en el que vivió el país, desde el inicio de la independencia hasta 1876, ya sea como guerra civil o como guerra contra las invasiones extranjeras. Primero, por el desplazamiento de los ejércitos por diversas regiones del país. Esto permitió que individuos de diversas etnias o culturas se descubrieran los unos con los otros y conocerse como habitantes de un mismo territorio y bajo las mismas estructuras legales y gobierno general, así como rasgos culturales comunes como el lenguaje y religión. Pero, seguramente, lo que fortaleció más la identidad y la consciencia nacional fueron las invasiones extranjeras. Empezando con la fallida reconquista de México por el brigadier español Isidro Barradas en septiembre de 1829. Luego, la primera intervención francesa entre abril de 1838 y marzo de 1839, la llamada Guerra de los Pasteles que de guerra tuvo muy poco pero sí de debilidad del país. Después, la invasión norteamericana entre 1846 y 1848. Probablemente las dos primeras no tuvieron un impacto significativo en la consciencia nacional, pero esta última sí. Por ejemplo, los relatos de Antonio García Cubas (1978) y de Guillermo Prieto (1991) son muy claros al respecto, ambos hacen referencia a la defensa que el pueblo de la ciudad de México hizo frente a la presencia, en el valle de México, de las tropas norteamericanas. Ambos destacan la participación de la población en general: agricultores, artesanos, estudiantes, pobres, ricos, niños, jóvenes y ancianos, señores y señoras, todos unidos, dice Guillermo Prieto: obedeciendo a un sentimiento único: la patria; a una aspiración: su gloria; a un objetivo divino: su honra.” Lo mismo puede decirse de la segunda intervención francesa. Un ejemplo: en la batalla del 5 de mayo de 1862 participaron en la defensa del país: zapotecos y mixtecos comandados por Porfirio y Félix Díaz; los zacapoaxtlas de la sierra norte de Puebla; huastecos de San Luis Potosí; otomíes y mazahuas del Estado de México, comandados unos por el general Felipe Berriozábal y otros por el general Francisco Lamadrid. Además de mestizos del centro del país y miembros de otros grupos sociales. Seguramente muchos se descubrían por primera vez, actuando bajo un mismo mando y con un mismo propósito y a la vez construyendo una identidad nacional, por encima de sus identidades particulares[10]. El triunfo de la República sobre el imperio de Maximiliano en 1867 fue otro momento fundamental para la formación de la consciencia nacional.

La larga etapa del porfiriato, de 1877 a 1911, representa para la identidad nacional y la consciencia de pertenencia una contradicción porque, por un lado, las grandes movilizaciones sociales del siglo XIX se terminaron: la dictadura con el control de las estructuras de mando político y legal en los tres órdenes de gobierno y la sujeción, por ley y en los hechos, de los mandos militares a la voluntad del ejecutivo y, sobre todo, la utilización de los rurales para la vigilancia y el control de los caminos, no permitió el menor movimiento que le disputara el poder a la vez que estimuló una mayor concentración de la tierra en manos de mexicanos, cercanos al círculo del poder y extranjeros. A esto correspondió la retención forzosa de la mano de obra en el campo donde se concentraba el 80% de la población. Por otro, impulsó en materia cívica un sentimiento de pertenencia a partir de generalizar la idea de una historia común de los mexicanos. La identificación a través de un calendario cívico que recordaba los hechos más relevantes por la independencia del país y a los héroes que personificaban la lucha del pueblo por lograr la independencia y preservarla frente a los intentos de dominio de potencias extranjeras. Así lo comenta Von Mentz (2000: 65) “La nueva ritualidad estatal del Porfiriato, los homenajes y festejos a los héroes nacionales, a la bandera nacional se divulgaron en escuelas, fábricas y talleres. Poemas patrióticos se difundieron masivamente, mitos e inventos –por ejemplo sobre los niños héroes- música marcial se tocaba en los kioscos…Especial importancia tuvieron las figuras heroicas de Cuauhtémoc, el padre Hidalgo y Benito Juárez…En 1905, por ejemplo, los gobernadores promovieron ampliamente por órdenes del presidente, los festejos del centenario del natalicio de Benito Juárez. En todos los municipios deberían promoverse los festejos, decían las recomendaciones a los jefes políticos y debían formarse comités de organización para ellos.” Para lograr la idea de pertenencia a una sola nación de todos los mexicanos del futuro, se convocaron a los Congresos de Instrucción Pública de 1889-90 y 1890-1891, con el objetivo central de unificar la educación en todo el país bajo tres principios: gratuidad, obligatoriedad y laicidad, aunque de todo esto no participaba la mayoría de la población.

Por el contrario, La Revolución Mexicana lanzó a los caminos a miles y miles de mexicanos. Los ejércitos de Villa, Obregón y Pablo González, entre otros, desplazaron a miles de campesinos, peones, obreros del campo, vaqueros, artesanos, maestros, pequeños comerciantes, indígenas de diversas etnias de las zonas del norte del país al centro e incluso al sur. Lo mismo aconteció con grupos de población del centro y del sur que los enfrentamientos los condujeron al norte. Los mexicanos se reencontraron, se redescubrieron, con todas sus diferencias y culturas locales y finalmente, se sometieron a un gobierno, cualquiera que fuera y le favoreciera la correlación de fuerzas. Un hecho trascendente para impulsar la identidad nacional fue la fundación de la Secretaría de Educación Pública en 1921, el propósito: federalizar la educación (entiéndase, ponerla bajo el control de la federación), desde esta institución se difundió la cultura nacional: el muralismo; la revaloración de las culturas antiguas; se continuó con las celebraciones cívicas y la exaltación de los héroes nacionales; se impulsó la música regional; el corrido, sobre todo el surgido de la Revolución; se realizaron concursos de bailes regionales. Por otro lado, se fue perfilando la figura del charro de Jalisco y la china poblana como símbolos de identidad nacional. “La pertenencia a una nación se define por una autoidentificación con una forma de vida y una cultura; la pertenencia a un Estado, por sumisión a una autoridad y al sistema normativo que establece”, afirma Villoro (1999: 13).

Conclusiones:

La formación del mercado interno, desde el punto de vista estructural, es semejante en todos los países que iniciaron el camino a la modernización económica, o dicho de otro modo, que transitaron de sociedades precapitalistas a sociedades capitalistas. En el caso de México, no sólo representó la superación de una formación económico-social con predominio de relaciones de dependencia personal, como una condición esencial para la producción, circulación y consumo de las mercancías, sino además, como colonia del imperio español, tuvo que romper con esos lazos. Ya como país, políticamente independiente, enfrentó otros retos de carácter estructural: primero, durante, al menos un siglo, (desde el inicio de la independencia hasta ya entrada la segunda década del siglo XX) enfrentó intentos de invasión e invasiones (la norteamericana de 1846-1848 representó la pérdida de la mitad del territorio y con ello la reducción espacial del mercado interno). Segundo, establecer las condiciones económicas para sentar las bases del desarrollo económico como: la construcción y modernización de las comunicaciones, especialmente las terrestres, que se enfrentaron a los obstáculos del medio geográfico del territorio nacional que fueron, prácticamente insalvables en la mayor parte del siglo XIX. Tercero, la herencia colonial de una política fiscal sustentada, principalmente, en las alcabalas y con ellas, aduanas interiores que representaron dos trabas al desarrollo: limitaciones a la circulación de las mercancías y reducción del consumo, especialmente, de las personas de menores ingresos que representaban la mayoría de la población. Cuarto, íntimamente relacionado con el anterior, la persistencia de lo que hoy consideraríamos el fenómeno de la pobreza y extrema pobreza en un elevado porcentaje de la población que, para dar alguna idea, al final del porfiriato representaba un 80%.

En la parte superestructural, la construcción del Estado Nacional. Por un lado, el Estado y sus órganos, estructurados en los tres órdenes de gobierno;   detentador de la violencia legítima y con el poder legal para mantener la soberanía hacia dentro del territorio y frente a otros estados. En nuestro país, su formación representó largas décadas de enfrentamiento entre liberales y conservadores; además, de las guerras para preservar la integridad del territorio frente a potencias extranjeras, integridad que se vio mermada con la intervención estadounidense de 1846-1848. Sin embargo, dos hechos permitieron al Estado Mexicano ejercer sus funciones: el Movimiento de Reforma y la legislación que permitió nacionalizar las propiedades del clero, tomar el control de la población, y algo fundamental, arrebatarle al clero el control de la educación.

Por otro lado, la construcción de la nación a partir de la diversidad de clases sociales y capas de la población o razas, castas y etnias. La formación de una identidad común, consciencia histórica colectiva; reconocimiento de una cultura nacional con una amplia diversidad regional o local y planteamientos generales de un camino que aglutina a todos, representó un largo camino: desde la intensa actividad intelectual de los ilustrados mexicanos de la segunda mitad del siglo XVIII hasta el decidido impulso a la unidad nacional a partir de la segunda década del siglo veinte. Todo lo anterior nos permite confirmar, positivamente, la hipótesis planteada al principio de este trabajo.   

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 Notas

[1] Estas doce economías son: Estados Unidos, Nueva Zelanda, Malasia, Australia, Japón, Brunei, Singapur, Canadá, Vietnam, México, Perú y Chile.

[2] “… los orígenes de la manufactura y su derivación del artesanado son dobles. De una parte, la manufactura brota de la combinación de diversos oficios independientes, que mantienen su independencia y su aislamiento hasta el instante en que se convierten en otras tantas operaciones parciales y entrelazadas del proceso de producción de una misma mercancía. De otra parte, la manufactura brota de la cooperación de artesanos afines, atomizando su oficio individual en las diversas operaciones que lo integran y aislando éstas y haciéndolas independientes hasta el instante en que cada una ellas se convierte en función exclusiva y especifica de un obrero. Por tanto, de una parte la manufactura lleva la división del trabajo a un proceso de producción antes homogéneo, o la desarrolla; de otra parte combina oficios hasta entonces separados. Pero, cualquiera que sea su punto especial de partida, su forma final es siempre la misma: la de un mecanismo de producción cuyos órganos son hombres.” (Marx, 1976, p. 273).

[3] Entre otras, por el permanente estado de agitación militar, la debilidad presupuestal de los gobiernos, el costo tan elevado que siempre ha representado la construcción y el mantenimiento de una red carretera o de simples caminos de brecha en una conformación geológica como la de México y una estructura impositiva atrasada etc.

[4] Sobre el origen de este impuesto el mismo Mora (1977, p. 219) decía: Los reyes de España desde los primeros días de la conquista de América cuidaron de asegurar a la corona la absoluta propiedad de los diezmos, esa contribución ruinosa que el clero ha pretendido reconocía un origen divino. Alejandro VI que fue tan generoso en agraciar con el dominio de reinos que no le pertenecían, tampoco se detuvo en la concesión de los diezmos. Sus productos fueron destinados a los gastos y sostenimiento de las iglesias y al sustento de los ministros del culto. Pero Carlos V en 3 de febrero de 1541dispuso que los productos de los diezmos se dividiesen en cuatro partes, de las cuales una se aplicase al obispo, otra al cabildo eclesiástico; las dos restantes se dividieron en nueve partes y se destinaron dos para la real hacienda, tres para la fábrica de las iglesias, y las cuatro restantes a los curas y sacristanes de las parroquias que en los más de los obispados no disfrutaron cantidad alguna proveniente de esta aplicación.”

[5] Guillermo Prieto (1991, p. 21) describe así al Parían: “Aunque el comercio casi único que abrigaba el Parían era de ropa, al frente de Palacio se ostentaban, entre otros, los cajones de fierro de los chatos Flores, con su expendio de campanas, rejas, coas para labradores y municiones; viendo a Catedral, había relojerías famosas con grandes relojes de campanitas, de tórtolas y otros adminículos. Frente al Portal de Mercaderes se ostentaba la gran Sedería de Rico, la tiraduría de oro de Morquecho y Prieto (mi abuelo), en correspondencia con la nao de China, y los cajones de los Mecas; y del lado de la Diputación acaudalados reboceros como los señores Romero y Mendoza. En el cetro existían suntuosísimos cajones como el de Izita, y otros templos de la moda, y el almacén de lujo de aquellos tiempos…De todos modos el Parían era el emporio del buen tono, el sueño dorado de las famosas entonces cotorronas, y el bello ideal de las currutacas o catrinas, que así se llamaban a las polluelas de la época”.

[6] Roland Breton, citado por Villoro (1999, p. 14) afirma que una etnia es : “Un grupo de individuos vinculados por un complejo de caracteres comunes –antropológicos, lingüísticos, político-históricos, etc.– cuya asociación constituye un sistema propio, una estructura esencialmente cultural: una cultura”.

[7] Así Francisco Javier Clavijero, afirmaba: La historia antigua de México que he emprendido…para servir del modo posible a mi patria y nación…” (citado por: Navarro, 1983, p. 55)

[8] En este reglamento se abolía el marco jurídico español dentro de los límites del imperio mexicano, ratificaba la independencia y la soberanía de la nación, adoptaba la forma de una monarquía constitucional representativa y hereditaria, conservando el nombre de Imperio Mexicano, aclarando la necesidad de que el imperio permaneciera indivisible, es decir, que en todo el territorio rigiesen las mismas leyes.

[9] Von Mentz, Brígida (2000, p. 39) afirma: [A pocos meses de iniciada la revolución armada del cura Miguel Hidalgo en 1810 un funcionario español del pueblo de Teloloapan –hoy estado de Guerrero– relataba a las autoridades virreinales cómo un numeroso grupo de insurgentes había irrumpido en su “hacienda de metales” destruyendo sus bienes, amedrentando a su familia y obligándole a huir a Taxco. Los rebeldes, decía, lo habían acusado de ser “enemigo de la nación”].

[10] Afirma Villoro (1999, p. 27) “A la unidad interna corresponde la exclusión del extraño. El estado-Nación se refugia en sus fronteras, el rechazo de lo que las rebasa. Su comportamiento ante el exterior puede revestir varias formas, desde la defensa de lo propio ante la amenaza de otros nacionalismos agresivos, hasta la violencia para someter a los demás. La unificación de la casa común se paga con la exclusión del mundo externo”.

 

 

 

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