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Revista núm. 23 - Enero/Junio 2018

Azares de fuego 

Definitivamente no se pueden saber las circunstancias en que ocurren las cosas, llevaba seis meses saliendo con Crisálida. Habían convivido, yendo y viniendo por la ciudad; funciones de cine, visitas periódicas a los salones de baile, cenas formales y taqueadas en semirestaurantes. De pronto ella le propone que el siguiente fin de semana lo pasaran en su departamento… él acepto con un encogimiento de hombros… indicando una emoción entre admiración e indiferencia.

Transcurrieron los días de la semana en la opaca cresta de la cotidianidad donde los sinsabores se garapiñaban con las escasas llamadas o WhatsApp que podía escupir a medias en sus idas al baño o por un café.

Llegó el fin de semana, se encontraron en el centro de la ciudad, en la esquina de la Alameda que coincide con el atrio de Bellas Artes. Tomaron el metro, bajaron en la estacion que le disparó irremediablemente una serie de recuerdos. Paulatinamente avanzó por el barrio y cuando se encontró frente a la fonda Juanita, memorias de una gran lista de comidas durante mucho tiempo le llenaron la mente.

Quiso bloquear las vivencias en aquel lugar de lecturas de poemas escritos en servilletas, los esbozos de hipótesis planteadas para investigaciones… todo eso brotó como agua bajo la roca golpeada por el bastón del guía de los sedientos, pero desgajó la memoria bajo la forma de sabores memorables deleitados en compañía en aquella cocina… imperceptiblemente alentó el paso para que los recuerdos (de aquella) que manaban de aquel lugar lentamente se le pudieran escurrir… pues todo lo inundaban hasta ahogarlo.

Ella interpretó aquel aletargamiento como si estuviera disfrutando el paseo por el barrio, se detuvieron de pronto frente al viejo edificio, embaldosado en la fachada con mosaico de tepetate facturado de manera artesanal… y se le revolvió el estómago…

Ella abrió la puerta y entraron, ascendieron escalón por escalón hasta el tercer piso, él recordaba exactamente cuántos escalones habían subido sin que fuera necesario contarlos… avanzaron a la derecha, después de subir hasta el antepenúltimo apartamento del lado derecho… se le encogió el corazón…

—Vivo con una amiga aquí, recién nos hemos mudado hace dos meses, no te preocupes tenemos un acuerdo y cada quien puede venir con su pareja sin problema… vamos entra…

—No, disculpa, dijo él, no puedo entrar…

De pronto, imaginó en su recorrido mental la panadería frente al ventanal, la concurrida esquina donde los pasajeros del subterráneo salían a la calle como impelidos por un resorte. Él le pidió con gesto aletargado:

—Ven, vamos a un café… debo contarte algo… sé que tu no tienes problema para que yo entre, pero sucede que yo —extendió el silencio como un abismo negro e interminable.

Caminaron de regreso al subterráneo y se dirigieron al centro, llegaron y se sentaron en una mesa del exterior protegida por las lonas de material transparente que los guardaba del frio y el viento de la noche aun joven.

Ella se arremolinaba en su sillón con ojos superlativos e interrogantes pero sin pronunciar palabra, se diría que en el silencio de su alma se libraban angustiosas y feroces batallas…

—¿Acaso es que tú y Gloria… es decir, que mi amiga?...

—¡No, no cálmate…!, no conozco a tu amiga pero fue la esperanza la que me apretujó contra esta escena incomoda. No pensé que tu casa estuviera ubicada en aquel edificio… que se hallara en el tercer piso y que aún menos fuera aquel departamento… al subir esperaba que fuera otro piso u otro número. Pero, verás, viví en ese lugar hasta hace dos años, lo vendí por la historia que ya te he referido, pero en cada rincón del apartamento habitan mil demonios que me incendian el alma por mis ocho costados y me volvían cenizas hasta dejarme loco.

Al verme en el rellano me sentí de repente desnudo como un huevo ante la boca del lobo y al mismo tiempo frágil, no creí que el azar me mostrara las llagas que aún tocan el nervio…

—Te suplico comprendas.

Ella permaneció en silencio pero la atenazó un estremecimiento del alma y dejó que gotearan un rosario de perlas.

Él sintió que el paraguas no iba a poder salvarlo de la lluvia, que lo dejaba gélido y minúsculo, al caminar solitario por la calle.

En CDMX, 2 de diciembre del 2017.

Arfagathor Yautempa

 

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