Revista núm. 21 - mayo/agosto-2017

Un Maestro de la Escuela Rural Mexicana

A Master of the Mexican Rural School

Francisco Leonardo Saavedra*

A finales de los años sesenta cuando yo estudiaba en la Escuela Normal Urbana Federalizada de Oaxaca, mi maestro de Historia de la Educación me pidió que expusiera en clase el tema de la Escuela Rural Mexicana. Alguna idea tenía al respecto porque había leído sobre el tema en nuestro libro de cabecera (digo nuestro, refiriéndome al menos a los estudiantes de mi normal y supongo de, al menos, la mayoría del país): Historia Comparada de la Educación en México de Francisco Larroyo. Sin embargo, tenía yo muchas dudas y sentía que iba a exponerme, no a las críticas de mis condiscípulos, sino a sus burlas, además de la llamada de atención de aquel maestro que era bastante exigente.

Cavilando sobre el asunto al salir de clase a medio día y un poco ensimismado no encontraba una solución rápida a mi poca preparación y al día siguiente tenía que presentar el tema. Pensé, lo de menos es regresar en la tarde a la biblioteca y buscar información ¿pero, y la tardeada de ese día en el patio principal de la normal? Tampoco iba yo a sacrificar la oportunidad de ir a la tardeada sólo por preparar un tema. Así, entre dudas y preocupación me fui caminando hacia el centro de la ciudad. Terminé de recorrer la avenida Aguilera que ya era un buen trecho desde la normal, continué para pasar por El Llano, uno de los parques más bonitos de la ciudad, con el propósito de comprarme una nieve de tuna con leche quemada. Iba yo a pedir mi nieve y escucho que me hablaba Arturo. En ese momento se me olvidó la nieve y de repente vi solucionada mi vida. Saludé a mi amigo con tal gusto que parecía que no lo había visto en meses, cuando casi a diario nos reuníamos. Arturo se sorprendió y sin más de por medio, casi con angustia le pregunte

—¿Está tu papá en casa?

—Sí, —me contestó.

—Pues vamos a verlo.

—¿Por qué?

—Te platico en el camino.

Arturo vivía a una cuadra de El Llano, en una casa que tenía entrada por dos calles. Caminando con él, casi con angustia le conté mi preocupación del momento. Bueno, me dijo, seguro que mi papá te soluciona el asunto. No tardamos en llegar y al entrar, inmediatamente se me iluminaron los ojos al ver sentado en un sillón de la sala al maestro Policarpo T. Sánchez. Permítanme presentar algunos datos de Don Poli (como muchas personas se referían al él, sobre todo del medio magisterial). Era originario de Michoacán, nunca tuve preciso cuando llegó a Oaxaca, pero estaba yo enterado que era un gran maestro; era, aún en la época a la que me refiero, director de la secundaria particular Abraham Castellanos; anteriormente había sido director de educación del Estado, incluso, tuvo la posibilidad de ser gobernador de Oaxaca. El asunto es que era un maestro muy respetado y padre de mis amigos: Arturo, Carlos, Javier, Adolfo, Lalo y Toño. Su esposa, Margarita, era educadora.

A partir del momento en que vi a Don Poli me olvidé de Arturo y con la actitud y la voz más amable que pude, le pregunté, como si se tratara, al menos para mí, del asunto más intrascendente y casi por pura curiosidad:

—Perdone maestro, ¿cómo estuvo eso de la Escuela Rural Mexicana?

—Mira —me dijo con su voz ronca y mirando al techo, como casi siempre hacía. Tú lo que quieres es que yo te resuelva un problema que, seguramente, tienes en la normal. Pero yo no te lo voy a solucionar. Lo que te sugiero es que pases a mi biblioteca y consultes el libro del maestro Don Rafael Ramírez sobre la escuela rural; también busca del maestro Corona Morfín, Las Casas del Pueblo.

De inmediato me levanté de la silla en la que me había sentado y me dispuse, con mucha frustración, atender la “invitación” del maestro Policarpo.

Como se comprenderá, perdí toda ilusión. Dije para mis adentros: eso es lo que yo no quería y ahora, ¿cómo desobedecer a Don Poli? Bueno, al rato me puedo escapar por la otra puerta. En ese momento, cobre conciencia de que Arturo estaba sentado frente a mí. Sólo levanté los hombros como diciéndole: Ya ni modo. Noté a Arturo casi tan compungido como yo. No había yo dado todavía el segundo paso ni salía todavía de mi desencanto cuando escuché a don Poli decir:

—Sin embargo, permíteme contarte una anécdota.

Con esas palabras recuperé, de inmediato, mis esperanzas de no estudiar el tema. De reojo vi también la alegría de Arturo.

Con la más humilde de mis actitudes, y no queriendo incomodar en lo mínimo a mi salvador del momento le dije, en tono de pegunta: —¿si, maestro? Don Poli se acomodó mejor en el sillón, dio un gran suspiro y empezó un relato, para mí de lo más interesante.

—Fíjate —me dijo viéndome a la cara—, hace ya muchos años fui secretario particular del Maestro Rafael Ramírez en la Secretaría de Educación Pública. Un día, se presentó a mi oficina un maestro, si no mal recuerdo de nombre Felipe. Me dijo que trabajaba en no sé qué poblado de un municipio de Michoacán, como a hora y media de Morelia, y estaba interesado en que el maestro Rafael Ramírez fuera a su escuela para que observara lo que se estaba haciendo. Le dije, permítame, voy a comunicárselo a Don Rafael. Entré a su despacho y, como siempre, sentado frente a su escritorio y rodeado de papeles. Le comenté la solicitud de aquel maestro y me respondió.

—Como si tuviera mucho tiempo.

—Entonces, ¿qué le digo?

—Dale cualquier fecha.

—¿Va usted a ir?

—Desde luego que no. Ha de creer que no tengo qué hacer.

Pensé en una fecha, unos quince días después y se lo comuniqué al maestro Felipe. Se despidió de mí, muy agradecido. Me quedé pensando en el entusiasmo de aquel pobre maestro y me sentí un poco culpable del engaño. Pero tampoco podía yo contradecir a Don Rafael que además era muy enojón. Siguió pasando el tiempo, con el trabajo diario de la oficina, poco a poco se me olvidó aquel asunto. Probablemente unos ocho días después de la fecha que le había yo dado a aquel maestro se presentó de nuevo en mi oficina. Su actitud era una especie de combinación de respeto, reclamo y hasta de comprensión. Me dijo, entre serio y amable.

—¿Qué pasó, los estuvimos esperando maestro Policarpo.

Tuve que inventar una excusa en el momento. —Mire maestro, Don Rafael fue llamado para ese día a un Acuerdo con el señor Secretario y esa fue la causa de nuestra inasistencia. Está bien, me contestó, un poco calmado, como aquel que por fin llega a un lugar a tiempo, después de caminar rápido y angustiado. Con alguna esperanza reflejada en su rostro me volvió a pedir que Don Rafael fuera a su escuela. No muy seguro de mí le dije: permítame voy hablar con Don Rafael. Mientras abría la puerta de su despacho iba yo pensando ¿y ahora que me va a contestar? Armado de valor le dije

—¿Se acuerda usted de aquel maestro que solicitó que usted fuera a visitarlo a su escuela?

—Sí, —me contestó.

—Pues nuevamente está en mi oficina con la misma petición. ¿Qué le digo?

—Lo mismo, me contestó sin ponerme mucha atención.

—Con cierto temor le pregunté ¿Y ahora sí va usted a ir?

—¿Y por qué he de ir?, me contestó un poco golpeado.

—Está bien —le dije.

Salí para enfrentar a ese pobre maestro y sentí un gran pesar. Sin verlo totalmente de frente lo noté muy expectante. Bajé la cabeza y busqué una nueva fecha en mi agenda y le dije, esforzándome por sentirme muy seguro: tal día estamos en su escuela. Al maestro se le iluminó el rostro y se despidió muy animado. Yo que había permanecido de pie, sentí que caía muy pesadamente en mi sillón, al tiempo que me sentía un poco culpable por no serle franco al maestro Felipe. Bueno, me resigné, ya me pasará. Los días agitados de la oficina siguieron como de costumbre: había que atender los nombramientos de maestros rurales; registrar las nuevas escuelas que se habrían en el campo; responder a las exigencias de los pueblos para que la Secretaría les enviara maestros; o reclamo de éstos porque pasaban las quincenas y no les llegaba su pago; en fin, muchos problemas. Un mediodía estaba yo atendiendo la solicitud de varios jóvenes que deseaban incorporarse al servicio, cuando entre varias cabezas vi asomarse la del maestro Felipe. Sin desatender los asuntos, pensé, con angustia: ¿Y ahora que le digo? Traté de prolongar lo más que pude la atención a esos jóvenes, pero sabía también que en algún momento me tendría que enfrentar, seguramente, al enojo de aquel profesor rural, porque de reojo lo veía yo molesto y esperando para mostrarme su malestar. En tanto buscaba y buscaba algún buen pretexto. ¿Alguna gira de Don Rafael podría ser? ¿Y, no era yo el responsable de su agenda? ¿Alguna reunión de emergencia?, Ya no se la pasaría yo. No se me ocurría nada y ya estaba yo despidiendo al último de los jóvenes. Sin tomar asiento y sin esperar a que yo lo llamara, se acercó a mi escritorio y me dijo con tono fuerte: “otra vez los estuvimos esperando”. Adopté una actitud de comprensión y se me ocurrió decirle:

—El maestro Rafael apenas está saliendo de una fuerte gripa que lo tuvo en cama.

Eso lo sacó un poco de balance y aproveché para decirle. Si ya ve usted como está de cambiante el clima y los fuertes calores de las últimas semanas. Más por ahí de donde viene usted y sin permitirle decir una palabra más le dije: espéreme usted y casi corriendo me metí al despacho de Don Rafael. Me sentía un poco solidario con aquel maestro y sin más, le dije a mi jefe: ahí está de nuevo aquel. ¿A quién se refiere Policarpo? Al maestro que quiere que visite usted su escuela. Rápidamente descubrió un calendario que estaba bajo un montón de documentos y me dijo:

—Dile que ahí estaremos tal fecha.

Un poco con emoción y temor temo le pregunté:

—¿Y ahora si va usted a ir? Y me contesto con mucha firmeza:

—Desde luego que vamos a ir porque a este terco no nos lo vamos a quitar de encima.

Sentí un gran alivio y antes de que otra cosa pasara salí de la oficina y, ahora con gran seguridad y ánimo le dije al maestro: tome nota, por favor, tal día por la mañana estaremos en su escuela. ¿No pasará lo mismo?, me dijo serio. Le garantizo que no, le repliqué, con un poco de duda en su rostro nos despedimos pues ya tenía otras personas que atender.

Se acercaba la fecha señalada. Le recordé dos días antes a Don Rafael de nuestro compromiso con aquel maestro. Al día siguiente nos fuimos en camión a Morelia, donde pernoctamos y a la mañana del otro día, muy temprano, abordamos el transporte para el lugar de la cita, un pequeño poblado perteneciente al municipio de Tingambato. Serían las nueve de la mañana cuando nos estábamos bajando del camión. Quedamos muy gratamente sorprendidos porque al reconocernos, el maestro Felipe, sin dejar de vernos y reflejar una amplia sonrisa en el rostro, extendió su brazo derecho para atrás y, en ese momento una banda de música infantil comenzó a ejecutar las notas del corrido de Juan Colorado. Algunas personas que bajaron con nosotros y otras que iban a abordar nos veían con curiosidad y al maestro Felipe con un gran respeto, descubriéndose la cabeza cuando saludaban. No bien salíamos de nuestra sorpresa y ya estábamos estrechando la mano de aquel maestro.

—¡Que bueno que vinieron, maestros!, —nos dijo.

—Estábamos interesados en venir —dijo Don Rafael—, a veces el trabajo de la oficina no nos permite salir a donde quisiéramos, pero ya estamos aquí, maestro Felipe.

—Pues vamos caminando para el centro de la población contestó.

Nos llamó la atención la entrada del pueblo. Era una calzada empedrada, amplia y muy larga, al parecer había empeño en su mantenimiento. Apenas si se distinguían las primeras casas. A cada uno de los lados había una hilera de árboles de gran follaje.

Don Rafael preguntó al maestro Felipe: ¿Y esta banda es de la escuela?

—Sí maestro.

—¿Quién la dirige?

—Yo, maestro.

—¿Dónde aprendió música?

—En mi pueblo, señor. Yo soy de Apatzingán, mi padre era integrante de la banda municipal y desde pequeño aprendí algo de nota y a tocar la trompeta, la flauta y algo de guitarra.

—¡Que importante es eso!, —contestó Don Rafael.

—Hace dos años que llegué por aquí, dijo el maestro Felipe y me di a la tarea de formar la banda. Si viera usted que motivados están los niños que la integran.

En tanto seguíamos caminando, la banda seguía tocando. Después del corrido, escuchamos: Ojos de juventud, Jesusita en Chihuahua, Lindas Mexicanas, y no recuerdo que otras más.

Al llegar a los primeros solares de la entrada del pueblo, el maestro Felipe nos invitó a visitar alguna casa. Aceptamos de inmediato. Nos acercamos a una puerta hecha de tablas de madera, la separación entre ellas dejaba ver, parcialmente, el interior. No se necesitó tocar o jalar el cordón de una pequeña campana que hacía las veces de timbre. Inmediatamente se escuchó la voz de un hombre que saludó:

—Buenos días, maestro Felipe.

—Buenos días, don Juan.

En ese momento se estaba abriendo la puerta y apareció un hombre de mediana edad que de inmediato se quitó el sombrero haciendo una pequeña reverencia, con la mano izquierda recargó un azadón al poste de la puerta.

—Mire don Juan, le presento a unos maestros que vienen a visitarnos de la Secretaría de Educación Pública, de la ciudad de México —dijo el maestro Felipe.

—Mucho gusto —contestó don Juan, al mismo tiempo. Nosotros también dijimos mucho gusto y le extendimos la mano para saludarlo.

—Quisiéramos que nos dejara visitar su huerto, expresó el maestro Felipe.

—Cómo no. Pasen ustedes, nomás déjenme encerrar a estas gallinas que andan por todos lados.

Al fondo una casa de una planta con paredes de adobe y techo de tejas rojas. A un lado, un pequeño cuarto de paredes de tejamanil y techo de láminas de cartón. Comenzamos a desplazarnos del lado izquierdo e inmediatamente descubrimos un huerto hermoso, sembrado de lechugas, rábanos, brócoli, acelgas, jitomate y otras verduras. Allí, el maestro Felipe nos explicó:

—Miren ustedes, en cada solar o casa van a encontrar un huerto, como el de la familia de don Juan. Esto se debe al convencimiento de los vecinos de la ventaja económica que tiene el producir sus alimentos. Esto primero lo platicamos en una junta de todos los vecinos con la participación de los alumnos de la escuela. No faltaron personas que se opusieran a este proyecto, cuando lo era. Su principal argumento fue que tenían que atender su tierra de labor, para producir maíz o sus huertas de limón y aguacate. Sin embargo, organice a los niños de la escuela en equipos para visitar a quienes no estaban muy convencidos y hacerles ver la ventaja del huerto, comprometiéndose, al mismo tiempo a colaborar con esas personas a preparar la tierra, conseguir semilla y orientar, al principio, la producción. Para ello, primero fui a Apatzingán al curso que impartieron los integrantes de una Misión Cultural. Un agrónomo que era misionero me explicó algunos detalles sobre los huertos, incluso lo invité a venir al pueblo para que platicara con mis alumnos. A toda esta explicación, don Juan sólo movía la cabeza con aprobación. En seguida nos señaló la fosa séptica, en el cuartito de tejamanil. Nos explicó que en cada casa había una porque también fue tema de conversación en una junta general de la población. Allí se comentó la inconveniencia de defecar al aire libre por la proliferación de enfermedades. Los niños de la escuela y algunos jóvenes de la comunidad han participado en muchas casas para ayudar a los vecinos a construir sus fosas sépticas. Yo aprovecho, continuó el maestro Felipe, para enseñar a mis alumnos el sistema métrico decimal, pesan, miden sacan superficies, volúmenes, escriben presupuestos, revisan precios, elaboran informes y discuten sobre las ubicaciones del huerto y las fosas sépticas para evitar la contaminación de las verduras.

Observé al maestro Ramírez muy atento y pensativo ante la viveza del maestro Felipe. Nos despedimos de don Juan y atrás la banda toque y toque. Seguimos nuestro camino. En el trayecto, nos topamos con algunas personas, todas se dirigían con un gran respeto y aprecio a su maestro. Llegamos al centro de la población. Como casi todos los poblados del país, tenía un pequeño quiosco, espacios arbolados y pequeñas bancas alrededor. Allí, ya nos esperaba el Delegado municipal de la “tenencia”, que para darme entender era la denominación de la demarcación territorial de los pequeños poblados pertenecientes a un municipio. Antes de dejar el pequeño jardín, el maestro Felipe se dirigió a los niños integrantes de la banda de música y los despidió, recordándoles que debería estar a las cinco de la tarde en el teatro al aire libre. Caminamos el equivalente a dos o tres cuadras cuando nos topamos con un pequeño mercado.

El maestro Felipe comenzó a explicarnos: miren maestros, en este espacio hasta hace un año, aproximadamente, habían unos cuantos puestos de carne, frutas y otros productos, pero casi todos tenían sus mercancías en el piso; cuando llovía no tenían a donde refugiarse comerciantes y compradores, y los primeros tendían sus mantas en la tierra que a veces más bien era lodo. Como ustedes han señalado desde la Secretaría, pensé que había de emprender acciones para mejorar las condiciones de la población y, en especial, la salud de los habitantes. Acudí con el señor Delegado Municipal para sugerirle que se edificara un pequeño mercado. Don Aristeo, que es su nombre, me dijo que no había recursos para tal fin. Ni falta que hacen le contesté. Quedó sorprendido.

—¿Y con qué se va a construir el mercado? —me contestó.

—Con la participación de los vecinos y de los niños de la escuela —le respondí.

—A ver maestro, explíqueme.

—Mire usted, Delegado, reunimos a los vecinos, les hablamos de la conveniencia de construir el mercado: Que por limpieza, por la salud de todos, para tener un mercado bonito y ya veremos que otras ventajas. Mis alumnos bajo mi dirección elaborarán un pequeño plano así como el presupuesto, la distribución de los puestos que tienen que ser de mampostería. Ponemos un firme, levantamos unos castillos, solicitamos que nos regalen madera del aserradero y a ver quién colabora con las tejas. Vamos a ver al Presidente Municipal para que nos eche la mano con algo de cemento, varillas y tabiques. Lo que no consigamos en el municipio lo podemos obtener de alguna rifa o de los propios comerciantes quienes también colaborarán con la mano de obra, así como de algunos vecinos y hasta de los jóvenes de los equipos de básquet y de voli. Mis alumnos la harán de supervisores, ¿qué le parece?

—Manos a la obra, maestro Felipe —me dijo don Aristeo.

En cosa de cuatro meses ya teníamos nuestro mercado. Y lo más importante, Don Rafael: mis alumnos aprendieron a elaborar un plano, una maqueta y un presupuesto.

Apenas nos acababa de explicar lo anterior, cuando se le acercó al maestro Felipe un joven un tanto agitado.

—Maestro, le dijo, llegó este papel de Morelia para usted. Lo leyó e instruyó al mismo muchacho: Cita de urgencia para esta noche, a las nueve, a los integrantes de la liga, voy a comentarles lo que piden de la Liga de Comunidades Agrarias de Morelia.

Nos explicó, el maestro el maestro Felipe: cuando la Secretaría me nombró como profesor y llegue a este lugar, los ejidatarios y comuneros me pidieron que yo les ayudara a levantar las actas de las reuniones de la Liga local; además de darle lectura a la documentación que enviaban de Morelia o de cualquier otro lugar y ayudar a la redacción de los oficios que deberían de mandarse. Así lo hice, pero luego decidieron nombrarme Secretario y posteriormente Presidente de la Liga. Frente a esta función que me otorgaban los campesinos pensé en otra urgente: iniciar una campaña de alfabetización porque la mayoría de las personas, sobre todo los adultos, no sabían leer ni escribir. Me puse de acuerdo con algunos jóvenes que habían terminado su educación primaria para que me auxiliaran en esta tarea. Así que por las noches, a partir de la siete en el local de la Delegación Municipal nos reunimos con las personas que están aprendiendo a leer y escribir, cada vez llegan más, por eso tengo a mis auxiliares que, por cierto, participan con mucho entusiasmo. Así, platicando y platicando aquel maestro nos llevó a un predio cercano al mercado y nos mostró dos canchas deportivas. Miren maestros, hace como tres meses terminamos estas canchas. Una de básquet y otra de voli. Tenemos dos torneos: uno de los niños y niñas de la escuela, y otro de los jóvenes de la comunidad.

—Por cierto, dijo el maestro Ramírez, no veo a sus alumnos por aquí.

—No, dijo, porque se están preparando para un festival que les van a ofrecer a ustedes más tarde. Hablando de tarde, creo que ya es hora de pasar al local de la Delegación porque les hemos preparado un convivio.

—Muchas gracias —respondió Don Rafael.

—Bueno, pues vamos maestros —dijo aquel profesor.

Llegamos a un local no muy grande ubicado frente al jardín del que ya les hablé. Nos esperaba el Delegado y otras personas de la comunidad. Además varias jóvenes ataviadas con trajes de la región y señoras que se empeñaban en preparar los alimentos. Se hicieron las presentaciones de rigor. Nosotros saludamos también a las jóvenes y a las cocineras. Pasamos a sentarnos alrededor de una mesa larga con manteles tejidos, de vivos colores. En la parte de en medio de aquella mesa, pequeños floreros con: geranios, margaritas y gladiolas. Se notaba el esmero en la presentación. El maestro Felipe nos comentó:

—Este mantel está bordado a mano y es una de muchas artesanías que se elaboran en la comunidad. Estamos pensando la mejor forma de llevarlos a vender a Morelia, Guadalajara y si se puede a México. Es todavía un proyecto que estamos platicando dentro de una cooperativa que hemos formado y de las que luego les comentaré.

Nos envolvió un aroma muy rico de tortillas a mano recién hechas y empezaron a servir los platos de arroz y luego churipo, un guisado de res riquísimo, propio de la región. Todo ello con vasos rebosantes de aguas frescas. Un verdadero banquete el cual agradecimos de corazón. Terminada la comida dimos las gracias y salimos con el maestro Felipe rumbo al teatro al aire libre, de acuerdo con lo que nos comentó aquel maestro que, francamente ya comenzábamos a admirar. Digo, comenzamos, porque Don Rafael, antes de llegar al local del que estábamos saliendo me dijo al oído: éste es un verdadero maestro, un pedagogo.

No caminamos mucho, porque se encontraba del lado opuesto al local de la Delegación, también frente al jardín. Se trataba de una explanada que en uno de sus extremos tenía una plancha de cemento como de un metro de altura y unos 75 metros de superficie; al fondo de dicha explanada había tres triángulos de mampostería como de tres metros de altura y unos seis de base, dispuestos de tal manera que uno estaba delante y dos atrás, lo que hacía que a falta de telón el de enfrente cubría a quienes aparecerían en escena. Cuando llegamos ya estaban listos los niños de la banda de música, muchas personas del pueblo comenzaban a ocupar las sillas dispuestas para el evento, vimos a jóvenes de ambos sexos vestidos con trajes regionales. Luego se nos incorporó el Delegado y el maestro Felipe nos explicó: Maestros, en este festival que preparamos para ustedes van a apreciar a nuestro grupo de danza regional, formado de jóvenes del pueblo y niños de la escuela; también van a participar los coros de la escuela y, por supuesto nuestra banda de música. Nos pasaron hasta delante donde ya estaban dispuestos nuestros lugares. Yo veía muy inquieto a Don Rafael, y nos sentamos, ya para este momento la explanada estaba casi llena de personas de todas las edades. El maestro Felipe, con un alta voz se dirigió a la reunión presentándonos.

—Señores y señoras, deseo presentar a ustedes al maestro Don Rafael Ramírez que viene de la Secretaría de Educación Pública y su colaborador, el maestro Policarpo T. Sánchez.

Inmediatamente se oyó un nutrido aplauso. Nosotros de pie agradecimos el afecto con una pequeña reverencia. Aprovechó Don Rafael para expresar algunas palabras:

—Primero —dijo— deseo agradecer este caluroso recibimiento y las atenciones de las que hemos sido objeto tanto de la población como de su autoridad. Por otro lado, quiero felicitar al maestro Felipe porque, en las pocas horas que hemos estado en esta hermosa población, me doy cuenta que es un maestro ejemplar; que cumple con la tarea más honrosa e importante de todo maestro que sea digno de su profesión: transformar el entorno económico y social apoyado en los valores y la cultura que impulsa la escuela de la Revolución Mexicana. Lo felicito, muy calurosamente, maestro Felipe, porque su labor es digna de encomio. Gracias a todos. Aquel maestro entre apenado, agradecido y un poco sonrojado recibió el aplauso y los vivas de los presentes.

Mientras el maestro Felipe daba sus últimas indicaciones a los alumnos y participantes yo noté que Don Rafael pasó de un estado de inquietud al de ensimismamiento a tal grado que contestaba, en forma casi mecánica, los comentarios que le hacía el Delegado sentado junto a él. El maestro Felipe tomo su lugar, entre Don Rafael y yo. Apareció en la explanada un niño y le dio lectura al programa del evento. En ese momento, el maestro Ramírez le soltó la pregunta a aquel maestro rural y la expresó como si con ella sintiera un gran descanso.

—Maestro —le dijo—, ¿y la escuela?

—¿Cuál escuela, Don Rafael?

—¡Sí, la escuela!

—¡Ah!, usted se refiere al aula.

—Sí, eso.

—Esa está en aquella loma, señaló con el dedo índice extendiendo el brazo hacia nuestra izquierda.

—Ya la escuela la hemos estado recorriendo maestro, porque como usted dice, “no se sabe hasta dónde llega la escuela y empieza la comunidad o dónde termina la comunidad y empieza la escuela”.

Noté a Don Rafael apenado y nervioso, y pensé dentro de mí “machetazo a caballo de espadas”.

Se empezó a desarrollar el programa, para mí es fácil recordarlo porque, prácticamente todos los programas de los festivales de las escuelas son iguales en su formato, y también porque soy michoacano, dijo Don Poli:

  1. Pieza de música, interpretada por la banda de la escuela.
  2. Palabras de bienvenida a cargo de un alumno.
  3. Danza de los Viejitos, ejecutada por el Grupo de Danza Regional del pueblo.
  4. Participación del coro de niñas de la escuela interpretando, en Purépecha, las pirécuas: Male, La Josefinita, La Severiana, La flor de la canela.
  5. Participación del coro de niños de la escuela, interpretando: el Corrido del Agrarista.
  6. Pieza de música, interpretada por la banda de música de la escuela.

Al terminar el festival, todo mundo se organizó y, casi sin darnos cuenta ya estaba puesta, en la misma explanada, una mesa bastante larga y un grupo de personas, señoras y jóvenes estaban sirviendo atole, corundas y uchepos. Nos volvimos a sentar para este agasajo que ahora fue ofrecido por el señor Delegado, Don Aristeo Mendoza. Ahí aprovechó el maestro Felipe para explicarnos que cuando él llegó a la escuela los niños difícilmente llevaban cuadernos, lápices, gomas, libros, juegos de geometría y otros materiales. Me enteré que se tenían que ir a comprar a la cabecera municipal y que además, generalmente eran más caros que en Morelia, pensé entonces que sería conveniente formar una cooperativa para comprar por mayoreo esos materiales allá en la capital del Estado, ya no tendría que ir cada padre o madre de familia sino una comisión, cuando más de dos personas. De esa manera todos los niños tienen sus materiales, cuando alguno o algunos padres no tienen los recursos, la cooperativa se encarga de cubrir los gastos. Próximamente vamos a ampliar los alcances de la cooperativa de consumo a ser también una organización que ofrezca las artesanías que aquí se producen, las llevaremos a lugares donde exista mayor demanda y sean mejor apreciadas para evitar rematarlas con los acaparadores que vienen aquí a tratar de pagar muy poco por un trabajo en el que se invierte mucho tiempo y la creatividad de nuestras mujeres y hombres de la comunidad.

Pensé para mis adentros: con toda razón el maestro Felipe es tan querido y respetado por toda la comunidad. Estaba yo pensando en esto cuando el Delegado Municipal y aquel maestro rural nos estaban ya apurando para montar a caballo y acompañarnos a la carretera para que el maestro Ramírez y yo tomáramos la última corrida del camión para Morelia.

Cuando nos estaba contando esto último, a Don Poli ya se le cerraban los ojos de sueño. Arturo y yo nos levantamos tratando de hacer el menor ruido posible y ya en la puerta de su casa le dije:

—Entonces qué, vamos a la tardeada, no esperé a que me respondiera y le comenté: en la mañana encontré a Iris y la invité, me preguntó si tu ibas a ir, le dije que sí.

—Juega, vamos.

—Entonces paso al rato por ti, voy a mi casa rápido porque mi mamá hizo hoy “amarillo” y agua de chilacayote.

—Sale, te espero.

Me fui pensando, ni falta que hace estudiar, mañana le aviento un buen rollo al grupo. ¡Ya verán!


* Profesor Titular de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Ajusco. Para comunicarse con el autor escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

 

 

 

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