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Revista núm. 26 - Julio/Diciembre 2019

Indicios neoculturales

Sergio Gómez Montero*

 

“Ciorán ... no llevará nunca a término la operación del creyente en cuanto tal,
el adelanto de que él seguirá existiendo en el futuro”.

Sloterdijk: Has de cambiar tu vida

Nuevas diversión y fantasía

En uno de sus libros al final de su vida (Generación líquida), Zygmunt Bauman, platicando con su joven discípulo Thomas Leoncini, nos hace pensar en algo de lo que yo aquí, hoy, quisiera tratar, toda vez que mi corazón late presuroso por el júbilo que lo embarga: Palabra, de Rael, está nuevamente en Ensenada haciéndonos pensar en todo aquello que pocas veces pensamos. Lo cual es una gran proeza para cualquier ser humano en estos días.

Pero, digo, más allá de la alegría inmensa mencionada, diría junto con Bauman que hoy, en el terreno de la cultura, surgen de manera continua cosas nuevas, cosas en las que pocas veces pensamos, como son las que aquí se van a mencionar y que tienen que ver con la renovación incesante y continua de muchas actividades vinculadas al  arte, a la educación, al saber en general. Así, por ejemplo, si Sloterdijk en varios de sus libros nos hizo pensar diversas veces en las limitaciones de centrar el saber en tan sólo aprender a leer y escribir (o sobrevaloración de la lecto-escritura) hoy no solamente cuestionamos eso, sino también pensamos en la manera expansiva con la que, entre otras cosas las artes, se han expandido con la expansión paralela de la tecnología y en muy pocos años más de la IA (inteligencia artificial). Y aquí me refiero específicamente a mi especialidad: la lectura, la que si bien años atrás ocupaba aproximadamente el 80% de mi tiempo libre, hoy, y con dificultades, apenas y llega al 40% de ese tiempo libre, al verse sensiblemente desplazada (exclusivamente en términos de tiempo libre) por la pantalla que cada día consume, en mi caso, cantidades mayores de tiempo, pues parte de la tarde la dedico a ver cine internacional y en la noche definitivamente me clavo a darle seguimiento a la serie de Netflix en turno, que consume, allí sí, el 100% de mi atención.

Y no es gratuito, pues, que ello sea así, ya que la diversión que encontraba en la lectura se ha visto desplazada por esas nuevas diversión y fantasía que surgen cada noche de las pantallas, bien sea que se llame DarkHerrens veje, series que nos obligan a pensar en un presente lleno de complejidades en donde los hoyos negros, la antimateria, la teoría de cuerdas nos lleva a descifrar el significado profundo de: sic mundus creatus esta (o séase: así fue creado el mundo) en donde el problema de los ciclos (el 33) y las generaciones (en ciclos tan cortos y largos de tiempo a la vez) vuelven todo tenebroso, oscuro y en donde el poder de la maldad pareciera dominar a todas las acciones humanas.

Esa complejidad, que tiene mucho de poética (los planos oscuros, de cámara abierta y tomas de gran lentitud, de bosques y montañas inagotables) llevan a la imaginación a territorios los cuales, antes, nunca, había tenido la oportunidad de recorrer.

Pero apenas comenzamos.

Las nuevas formas de vivir

Me pregunto, ¿qué haría nuestra generación de culturólogos sin la Escuela de Frankfurt, si con ellos fue que nos enseñamos a construir las partes centrales de nuestro discurso, en tanto que herederos, también, de un marxismo enriquecido? Al menos, en lo que se refiere al que esto escribe ello es una deuda que no puedo negar, como no puedo negar que lo hoy escrito mucho tiene que ver también con sus lecciones certeras y esclarecedoras, pues vivir sus filias y fobias, sus formas, también tienen que ver con la cultura.

Así, me pregunto: ¿cuándo fue que se comenzaron a olvidar las formas de vivir horizontales (planas) aun en las ciudades y se optó, otra vez en las ciudades, por el verticalismo frenético para vivir? ¿Cuáles fueron las razones profundas que llevaron a eso? ¿Comodidad, confort, espacio? La verdad es que el verticalismo nos aleja de la tierra y nos lleva a las alturas (a los 20 pisos o más) y nos ubica en espacios pequeños para vivir con lo mínimo, lo suficiente en lo que es “la casa”, que no es sino un departamento, que en las grandes ciudades (Tokio, Paris, CDMX, Nueva York) es sólo un espacio para dormir y asearte; todo lo demás lo haces fuera de allí. ¿Cuál es el sentido de vivir así? Si nosotros tomamos por caso hoy a Ensenada y nos vamos a una de las torres que construyen, nos vamos a dar cuenta que el atractivo primordial son las amenitiescommodities (alberca, gimnasio, cine, jardines, espacios para niños, etc.), que se disfrutan casi siempre en comunidad y pocas veces solo, lo cual, afirman sus promotores, le dan un toque de compañía que no tiene la casa sola, en donde virtualmente te puedes morir allí sin que nadie te atienda. Pero, también, en esta zona, uno se puede dar cuenta que las personas mayores, por razones que uno no termina de entender, prefieren hasta el final de sus días la casa sola, porque es allí en donde depositan todos sus afectos: “su sala”, “su cocina”, “su comedor”, “su recámara”. En fin, cada quien deposita sus afectos bien sea en la casa plana y sola o en la casa vertical y comunitaria. ¿Qué nos lleva a escoger a cada quien por una u otra? No siempre es la edad; los más viejos, es cierto, optamos por lo plano y particular. Lo menos viejos se comienzan a inclinar por lo vertical y acompañado. Cada uno por razones diversas que tienen que ver con la experiencia de vida, pero que, en ambos casos, se refieren a la edad, la salud, la soledad, la cercanía de la muerte; es decir con formas culturales vinculadas a la vejez. Lo cual nos conduce al punto central de este artículo: el cómo la vejez es hoy un valor cultural de gran trascendencia, sobre el cual poca atención se pone, al margen de que él sea uno de los más importantes y centrales de la vida contemporánea, no sólo porque los viejos seamos una población que va en aumento, sino porque precisamente por ello requerimos cada vez más atención y cuidado y que las nuevas generaciones no están preparadas para proporcionarlo. Antes, como por generación espontánea, a la familia tocaba de manera automática el cuidado de los viejos, pero en la medida en que crece la población y por ende crece el número de miembros de la familia y también crecen los viejos, el cuidado de estos últimos se disipa y nadie, virtualmente, en la familia, se quiere hacer cargo de ellos y de allí la necesidad de éstos, con sus pensiones precarias, de vivir en casas de retiro o edificios verticales, solos, aislados, listos, hacia adelante, sólo para heredar lo poco les queda que no sea la tristeza.

En fin, nuevas formas de vivir, nuevas formas de morir.

¿Generaciones elegidas?

Frente a la muerte y la ausencia –Roberto Fernández Retamar, José Pascual Buxó, Agnes Heller– surgen, con ímpetu, nuevas generaciones que, siguiendo los dictados de Attali, se presentan, sin recato, ante la sociedad mundial con toda su insolencia y poderío y que lo mismo se concretan en Nxivm –la secta de favores sexuales– que en los jóvenes que un domingo pasado, con la presencia de varios miembros de la familia real, presenciaban el juego de tenis entre Djokovik y Federer, mientras, se veía en la televisión, disfrutaban copas de champán y bocadillos diversos y comentaban entusiasmados entre ellos las peripecias del duelo tenístico.

Esas escenas de pronto, a mí, me remitieron indistintamente a tiempos pasados y ¿futuros? Hacia el pasado, desde Roma hasta la Edad Media: la fuerza (la preparación militar) predominando sobre la Virtud, hasta que la Escuela desplazó a la familia y los valores de la socialización desplazaron a los comportamientos morales y los jóvenes, entonces, expuestos a los roces con los otros (indistintamente con los “otros”) encontraron paulatinamente en la fiesta carnavalesca una manera de consagrarse socialmente entre los 16 y los 18 años, sin faltar, claro, primero con el alcohol y luego con el sexo, ya no de manera taimada y recogida, sino abierta y ruidosa, apenas opacadas por las máscaras carnavalescas. Cuando la burguesía toma el poder, la fiesta no desaparece, sino que ella ya no se reduce al carnaval, sino que ella se abre a la cotidianidad y forma parte de los rituales periódicos de diversión, si bien particularmente de los jóvenes, en ella el pueblo de todas las edades participa masivamente y poco a poco el folklore (la ceremonia) se vuelve fiesta, pues hay una generalización del baile y de la música y esta última particularmente pierde sus tintes sacros, hasta volverse cada vez más callejera hasta llegar hoy al rap y al hip hop, ocupando los jóvenes un papel cada vez más protagónico.

Hoy, con los cambios que se dan con la “fiesta” del siglo XVII al XX, cuando parece que desaparecen las diferencias entre ricos y pobres, ello no es así. Las diferencias se mantienen en términos de que la calle, donde sí hay fiesta, cierto, es muy diferente a los salones de baile en donde no todos tienen acceso, sino que allí todo cuesta, y cuesta un buen de lana, desde la música, las mujeres y el alcohol, hasta la renta del local, y hasta llegar a la actualidad en donde la polarización del ingreso (el 10% de la población acumula entre el 80 y el 90% del ingreso) también se refleja de manera cada vez más dramática entre los jóvenes, pues la mayoría de ellos apenas y tienen ingresos para ir al futbol y echarse una chela bien elodia, mientras los muy pocos (los que llegan al Roland Garros o a Wimbledon) sólo se conforman con el champán burbujeante y helado, para, en la noche, prepararse para la party a la que seguramente invitará la familia real.

Digo, para todo hay distancias.

 


* Analista ya viejo de fenómenos culturales y profesor jubilado de la UPN-Ensenada. Integrante del Consejo Editorial de esta revista. Para comunicarse con el autor escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

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