El Chapo: futuros por venir (I de II)

Sergio Gómez Montero

En memoria de Arturo Cantú, con quien
siempre platicamos (y trabajamos) de esto

 

Guardo los anzuelos en la caja
de las esperanzas desesperadas,
me pregunto: ¿qué río es el que fluye?
 
R. L. Plaul: “Avanzan”

 

Nosotros, maestros, vislumbramos el futuro como parte de nuestras tareas cotidianas. Él aparece continua y constantemente (Educación 2030, por ejemplo), pero sin quedarnos nunca claro qué es realmente él. Ojalá y las notas siguientes nos lleven a pensar con mayor claridad ese futuro que hoy particularmente es complejo.

En los tiempos contemporáneos, en las sociedades complejas (y decadentes) de hoy, pensar al tiempo (cualquier tiempo, cualquier momento) conduce por lo común al pesimismo. La felicidad pareciera ser no existe. ¿No existe? Dígalo si no Stephen Hawking cuando, en Historia del tiempo habla del principio de incertidumbre, de los agujeros negros, o cuando Attali (Historias del tiempo) se obsesiona con los mecanismos destinados a medir el tiempo sin llegar aún a las épocas que presagia el gran colisionador de hadrones, que va a aparecer un poco después en Breve historia del futuro, libro del mismo autor publicado años después, y con el cual, en esta nota, obvio, nos vamos a cruzar después. Tampoco aún, en ese libro, Attali aborda las cuestiones complejas de diacronía (historicidad) y sincronía (tiempo lineal) que son formas obligadas de ver pero no de pensar el transcurrir del tiempo. Problemas de inmediatez (que los relojes sí pueden medir) se enfrentan a los de evolución (que escapan hasta hoy a cualquier medición), dado que los primeros se conciben como objetivos (¿lo son realmente?), en tanto que los segundos por ser subjetivos en su esencia (su ser en sí) se identifican de raíz con la diversidad. No es fácil en sí, pues, observar objetivamente la complejidad del tiempo.

Como sea, una vez más, al escribir en torno al futuro emerge la dicotomía que surge entre las relaciones escasas que pareciera haber entre lo que aquí se denominaría la filosofía del pensar y la filosofía de la realidad. Relación dicotómica y enfrentada no de hoy sino de muchos años atrás. El pensamiento, pues, hoy, se ha tornado especulación pura (que no se torna polivalente) o pensamiento ideológico al servicio, teórica y prácticamente, del bloque dominante. ¿La filosofía, entonces, realmente ayuda a pensar (a buscar en el yo a lo otro) o con ella uno sólo se mete a cavernas platónicas en las cuales uno se hace bolas con la más pura de las especulaciones, es decir que nunca se sale del yo para conocer al otro --dígase subjetividad pura--, dado que el pensar así nada tiene que ver con la realidad, ya no se diga con la posibilidad de cambiar a ésta o sea de mudar-al-otro-distinto de que habla Antonio Olivé al referirse a la transición en el marxismo? Evidentemente, se considera que es lo segundo lo que predomina; pero en el cómo está el problema.

Al menos los problemas vinculados al futuro, hasta hoy, por lo común parecieran centrarse en el pensar y no en la realidad cotidiana, o bien se centran en una realidad (en la que Attali nos lleva reflexionar en su libro Breve historia del futuro) dominada por un concepto de democracia capitalista en donde todo se sujeta a futuros encadenados a esa idea. Por eso en su libro se afirma: “La soledad se apoderará de las grandes ciudades; muchas personas, abrumadas bajo una amenaza de informaciones, se verán reducidas a gozar del espectáculo del poder y de los placeres de una minoría; el consumo de drogas reflejará, acompañará y agravará este desconcierto. El derecho de darse gusto, la libertad de consumir, acabarán por amenazar así a las sociedades más prometedoras”. Eso que Attali describe en ese libro como posible es hoy presente trágico e ineludible del cual las sociedades contemporáneas capitalistas (virtualmente todas las sociedades existentes) no han podido escapar. Todo futuro social es allí en donde, hasta hoy, pareciera inscribirse. Pero, ¿el futuro inmediato de este país cuál pareciera ser, suponiendo que él estará amarrado al futuro que pinta Attali en su libro citado? Habrá posibilidad de modificar las determinaciones hoy dominantes pensando en que, como en algún momento recomienda Pablo Iglesias siguiendo al lacaniano Jorge Alemán cuando escribe: “… siempre se pondrá en juego algo que está más allá de las determinaciones y que es la elección contingente, la decisión irreductible por parte del sujeto”. ¿Somos nosotros, pues, los que determinamos el futuro?

Pero, volviendo Attali, él no se queda allí. En su Diccionario del siglo XXI, para ir al futuro que él imagina, se amarra y vincula al concepto de nomadismo, el cual lo va a conducir a lo siguiente como explica Jorge Korzán en la reseña que hace del libro: “Habrá tres clases de nómadas: de lujo, de miseria y los nómadas virtuales, que vivirán sedentarios con la esperanza de acceder a los medios del nomadismo de lujo y el temor de caer en el de miseria, donde importa la mera supervivencia”. Todo ello obligará a crear nuevos lenguajes y nuevas formas de comunicación, nómadas todos y todas, que le darán cuerpo así a las nuevas realidades que se avecinan.

Allí sí, pensar a partir de la realidad (y más difícil aún bajo un supuesto de cambio: mudar-al-otro-distinto) es bastante complejo, como compleja es en sí la realidad actual del país, cuyos datos que ofrece, nebulosos en más de un sentido, desde luego que no permiten vislumbrar con claridad el futuro, bien sea porque a la gran mayoría de habitantes del país esa variable genérica no interesa, bien sea porque los pocos restantes consideran que esa variable “está bajo control”, sin saber específicamente en qué consiste de manera previa (en el presente) ese “estar bajo control”. Para ellos la riqueza, piensan, los cubre de cualquier eventualidad. Penetrar en el futuro, por tanto, si se puede, es penetrar en lo insondable. O bien es pensar en un presente que se reproduce de manera incansable. Como sea, el estudio del futuro es un estudio puramente tendencial en donde la proyección de los comportamientos históricos hasta el presente, de lo micro a lo macro, se proyectan de tal manera que permiten prever, por ejemplo, dice Attali, que en el futuro relativamente cercano (¿de hecha ya hoy?) “La economía mundial se animará por una demanda de objetos nuevos que cambiarán completamente nuestros modos de vida, y que yo llamo objetos nómadas, porque serán portátiles y permitirán cumplir lo esencial de las funciones de la vida sin tener ya lazo fijo” (Breve historia del futuro).

Así, con base en esas premisas, ¿cuál es (o pudiera ser) el futuro real de este país caótico y confuso?

Los escenarios que aquí se pintan no son fatalmente los que pueden ocurrir. En términos de futuro nadie puede conocer todas las variables incidentes. Ni la tercera ni la octava ola son fatales. Se pinta sólo lo posible, no lo fatal. Lo que existe se dibuja sólo a partir de posibilidades. Es decir, cada quien su futuro (volvemos otra vez a la noción lacaniana de sujeto). Este, dígase así, es uno entre varios posibles. Ni siquiera, puede ser, agota las posibilidades. Pinta así, casi, una posibilidad. Es imposible, ahora, pintar todas las posibilidades.

Para acotar la realidad en términos de futuro en este breve escrito se trabajará sólo sobre dos realidades posibles. Una, un futuro vinculado al presente (ese presente hórrido que describe Attali en Breve historia del futuro) que pareciera ser, hasta hoy, el más factible a concretarse –por más dramático que se vislumbre– y el otro, posible, que fundamentalmente tiene que ver con la posibilidad de que el país se comience a operar bajo los principios de una nueva forma de organización social.

 

 

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