Feminidad, desgarradura y otredad

Sergio Gómez Montero*

 

Para Norma, la otra parte de ser otro

Todo pueblo primitivo tiene el mismo principio,
según vemos en los viajes. El hombre caza y combate;
la mujer se ingenia, se imagina, crea sueños y dioses.
Es evidente en su ocasión; tiene dos alas infinitas, las
alas del deseo y de la soñadora fantasía. Para contar
mejor el tiempo, observa al cielo; mas no por eso está
menos ligado a la tierra su corazón. Con los ojos puestos
en las amorosas flores, flor ella también, hace con las
flores conocimiento personal y como mujer les pide virtud
para curar a los que ama.

Jules Michelet: La bruja

Buscar en los archivos y encontrar papeles que creíamos perdidos es para mí una aventura que se antoja extraña. Primero por esa tarea de indagación que me llena las manos de polvo y que me lleva casi siempre a desechar la gran mayoría de papeles acumulados (¿fragmentos de qué?: novelas, cuentos, ensayos, cartas, recados; papeles amarillos –casi siempre escribía a mano o a máquina en hojas de papel revolución-- que dan hoy la idea de decenas de años pasados que me hacen recordar todas las aventuras que en ese tiempo sucedieron (dentro y fuera de la UPN). Pero en fin, hoy, entre los papeles recuperados me encuentro con el ensayo siguiente (dudo si inédito o no), que espero sea de interés para los lectores de “Entramado”. Vale la publicación de estas notas ahora que Ophra Winfrey ha defendido con tanta enjundia el ser mujer, frente a una realidad social caracterizada por el machismo de maneras múltiples. Permitir que el mundo se siga reproduciendo así, machistamente, es degradar sin duda al género humano. Debemos ser los humanos, hombres y mujeres, los que a través del diálogo decidamos el cómo organizarnos socialmente.

Ojalá y estas notas sirvan para eso.

1. Esclavos del tiempo y del espacio, cuando uno acepta participar en este tipo de coloquios sabe bien, o al menos intuye, que su trabajo no irá más allá de la formulación de algunas hipótesis resultado de la experiencia, o bien supuestos que algún día se trabajarán con mayor rigor. Tiempo y espacio, así, son en principio razones que explican el por qué hoy, particularmente en el caso de este escrito, la hipótesis es base de los planteos, supuestos y enfoques generalizadores y no necesariamente particularizantes.

Se intenta aquí, en lo básico, preguntar lo mismo que lo hace Bradu (Señas particulares. Escritora), Agosín (Silencio e imaginación) o Ferré (Sitio a Eros) en qué consiste la singularidad, hoy, de la narrativa escrita por mujeres (aún más: mujeres de la frontera norte del país), partiendo del supuesto de que esa singularidad existe. Puede, al igual que le sucede a las autoras mencionadas, que no se llegue en efecto a conclusiones definitivas, y que es más, al igual que ellas, se termine afirmando que, como lo dice Bradu en su libro citado: “… todo debate sobre literatura femenina me parece tocar, en un momento u otro, un fondo pantanoso del cual sólo se despega con la ayuda de las muletas ideológicas”.

Puede, sí; pero puede, también, como hoy sucede, la investigación bibliográfica –que no fue exhaustiva pero sí amplia– conduce a un punto de interés: no sólo la investigación literaria hoy ha puesto énfasis en el estudio de la mujer escritora, en sus temáticas más relevantes en diferentes etapas históricas y diferentes países, sino que, es más, ya se ha planteado el estudio de la singularidad regional como factor que influye en lo que escriben las mujeres: en el libro Women and Western American Literature (publicado por Stanffer y Rosowski en 1982) hay ejemplos patentes de lo anterior referidos a una región específica, que en parte corresponde a lo aquí tratado. En otros libros de referencia, como en Women in Literature: Criticism of the Seventies (cuyos autores Fairbanks y Myers lo publicaron en 1976) uno puede tener una visión muy aleccionadora sobre las temáticas predominantes en términos de literatura escrita por mujeres. En México, los estudios sobre literatura femenina se multiplican. De hecho, pues, es necesario establecer límites para no perderse en un territorio de extensión vastísima.

2. Reconocida en general la dificultad que implica caracterizar a la literatura escrita por mujeres a partir de su feminidad,[1] no le queda a uno en un intento por construir un marco teórico referencial, sino formular, insisto, hipótesis y supuestos que en la práctica se validan o se derrumban. En este sentido, el análisis de la literatura escrita por mujeres tiene dos puntos referenciales ineludibles: la división natural del trabajo y los diferentes grados de especialización alcanzados por el lenguaje. No hay que olvidar, al respecto, que poco realmente se investiga y se concluye sobre la singularidad del fenómeno tratado; singularidad que casi siempre se diluye –y no sin cierta dosis de razón– en el reconocimiento de la habilidad escritural al margen del antecedente sexo.

Mas, sin duda, los puntos mencionados –división natural del trabajo y especialización del lenguaje, a los que se incorpora la historicidad– se deben ubicar en sus respectivas dimensiones sincrónica y diacrónica, e interrelacionarlos, para partir de ello ir construyendo el andamiaje teórico-conceptual que permita analizar con el máximo rigor posible la obra en concreto de la mujer escritora. Piénsese así, más allá de la sobreideologización que menciona Bradu en el libro citado, que el estudio de la mujer como sujeto social atraviesa, necesariamente, por la situación discriminante en la cual ella se mueve y se ha movido desde tiempo atrás en la Historia (habría que estudiar lo que hoy se llama “discriminación de género” para estar más actualizado en esta temática). Pero más que verificar la existencia constante y oprobiosa de la discriminación, los estudios de diacronía aplicados a la obra literaria de escritoras, deben poner énfasis en la manera en que esa discriminación influye o no en la obra de creación; y no sólo, claro, como un obvio contenido anecdótico, sino más a profundidad, como pudiera ser en términos de selección de la anécdota, tratamiento de ella y, lo que a veces se presenta con más fuerza, uso y manejo del lenguaje.

Se sigue aquí, entonces, con el otro punto de referencia básico relacionado con la literatura femenina: la especialización del lenguaje. Parte esto de una investigación más amplia, se quiere decir que los estudios que hoy se realizan al respecto llevan a formular una hipótesis de trabajo en donde, a partir de reconocer la existencia de códigos simples de comunicación, y por tanto de lenguajes básicos (o naturales), el desarrollo social del hombre ha creado códigos complejos, y por ende lenguajes complejos o especializados,[2] en donde se da la existencia, entre otros múltiples, de lenguajes específicamente literarios (en donde imaginación, rigor gramatical y significación subyacente, tienen pesos equivalentes), y dentro de ellos de uno específicamente narrativo (en particular leer a Benjamin, sus escritos sobre teoría del lenguaje). Esto, desarrollado con mayor precisión y amplitud en otros de mis escritos, me ha conducido hoy a una indagación paralela: ¿dentro de ese lenguaje específicamente narrativo –o poético o reflexivo– no hay un campo propio, singular, que corresponda a la mujer? De ser ello positivo, ¿cuáles serían las características que, a partir del sexo, tendría ese lenguaje, al margen de haberse validado previa o paralelamente como proveniente de mujer y como técnicamente acabado?

Contestar a esa interrogación se destinan las notas que se desarrollan a continuación.

3. ¿Cómo se carga de sentido la creación literaria? Más en concreto aún, ¿cómo se carga de sentido la narrativa? Dígase, por un lado, que la teoría aristotélica –la desarrollada en particular en la Poética– establece algunos principio hasta hoy no superados –ésa, su preclara visión de síntesis entre realidad, memoria y fantasía; su tratamiento de lo dramático–, en tanto que otros aún hoy se mantienen insuficientemente estudiados: ¿quién, en realidad, en el terreno de las investigaciones literarias, le ha llegado a fondo al significado profundo de la catarsis? Junto a esa teoría, aquí en lo particular se piensa en Propp (leer su Morfología del cuento), en sus análisis antropológico-literarios, como base válida –elementos invaluables– para descubrir el sentido profundo de lo narrativo. Una mezcla de los componentes que aportan ambas fuentes, enriquecidos, por ejemplo, con los estudios de Lukács (El alma y sus formas y Teoría de la novela), algunas cuestiones de Bataille[3] y, en fin, en general las enseñanzas de Kristeva[4] y Derrida permitirían el irse acercando a la formulación de una teoría que a la vez que ubica el sentido de lo literario en general y luego de lo narrativo, ayudaría también, utilizando a lo hipotético-deductivo como método, saber de la existencia y consistencia de la narrativa escrita por mujeres.

Se apela aquí de nuevo a la benevolencia de los lectores para, en síntesis apretada, mencionar algunos puntos que considero relevantes a la hora ecléctica de, a partir de los autores mencionados, concluir sobre el sentido y contenido de una narrativa escrita por mujeres. Es decir de una narrativa que históricamente se dispara de un estado social de discriminación y que a partir de ello comienza a construir su discurso. De esta manera, en el interior de la narrativa escrita por mujeres conviven hoy, ineludiblemente, algunos principios originarios: por un lado, su sexualidad, asumida básicamente como diferencia, y que hace de la mujer un sujeto otro frente al hombre, un sujeto otro que, histórica y socialmente, se ve sometido, violenta o voluntariamente, a un proceso de discriminación, lo que le impide acceder en igualdad de condiciones a la cotidianidad. Así, esa cotidianidad negativa para la mujer se hará presente –en forma consciente o no– en el discurso narrativo, dejándose sentir tanto en la anécdota como en el lenguaje.

Notas 

[1] Cito de nuevo a Bradu en la p. 9 de su libro: “… hablar de literatura femenina implica trabajar en un campo simbólico que no conserva sino lejanos nexos con la realidad social de la emancipación femenina”. Más a fondo, vinculado a una visión genérica de la literatura en español escrita por mujeres, Beth Miller en la introducción del libro Women in Hispanic Literature, Incons and Fallen Idols señala argumentos dignos de ser tomados en consideración.

[2] Estas tesis se desarrollan someramente en mi ensayo “Variaciones sobre lenguaje y literatura”, en Los caminos venturosos, UABC, México 1987, pp. 21-27. En la actualidad, a partir de ese y de otros escritos he continuado investigando al respecto.

[3] De él en “Fragmentos inéditos” de su libro El culpable no me puedo resistir a la tentación –espero que iluminadora– de citar este párrafo: “El ser arde de ser en ser a través de la noche y arde tanto más cuanto el amor ha sabido derribar los muros carcelarios que encierran a cada persona: pero qué puede haber de mayor que la brecha a través de la cual dos seres se reconocen el uno al otro, escapando a la vulgaridad y la irrelevancia que introduce lo infinito”, en la p. 198.

[4] Cito de Kristeva un libro que considero clave para entender el problema de la feminidad: Historias de amor. De ella, además, habría que leer sus textos sobre teoría literaria.


* Escritor. Colaborador de esta revista e integrante de su Consejo Editorial. Para comunicarse con el autor escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

 

 

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