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Revista núm. 27 - 2020

Covid 19: nueva vida, nueva cultura 

Sergio Gómez Montero*

Sergio Gómez Montero*

Todo se siente, todo impacta           

¿Qué tanto vivir relativamente lejos de las grandes ciudades nos aleja, hoy, de las cotidianidades del mundo que vivimos? No lo sé; pero guardadas todas las distancias uno también vive hoy, aquí, en la pequeña ciudad (Ensenada), a la escala correspondiente, lo que sucede allá, en las urbes enormes de Estados Unidos, Europa, Asia o América Latina con la misma intensidad con que allí transcurre la vida diaria (enfermedad, estrés, confinamiento). En tal sentido, la universalidad de la pandemia no se puede negar. Como no se pueden negar, tampoco, dos efectos dominantes de ella: los cambios brutales que ha generado en la vida diaria y los cambios también, obvio pero menos sensible, que se han resentido a nivel cultural.

En el primer caso, la vida diaria, la pérdida de contacto personal que se registró después de los primeros días de pandemia y que todavía se mantiene, sin duda ha modificado las relaciones humanas, al restringirlas y someterlas a reglas de contacto y comunicación muy estrictas y distantes que son radicalmente diferentes a las que se tenían antes de la enfermedad y cuyos efectos se registran particularmente en la conducta de las personas, que no estaban, para nada, acostumbradas a ese tipo de vida y que hoy que existen han causado desconcierto y angustia relativa, en la medida en que, los nuevos órdenes de vida, nos son desconocidos y ajenos y, por lo tanto, nos revelamos ante ello, pues es algo que no esperábamos y por eso nos rebelamos ante tal. Que lo digan, si no, Madrid y Berlín; en menor escala Buenos Aires y Ciudad de México.

Esa nueva vida, a la vez (segundo efecto), al mantenernos recluidos, a fortiori, en casa, nos ha obligado a recuperar, en particular a quienes vivimos cerca de la línea del  Ecuador, una cultura que no era casi nuestra: aquella que se desarrolla en la reclusión, muy inmediatos de nuestros semejantes muy cercanos (la familia nuclear) y con la que, obligatoriamente hoy, hemos tenido que convivir casi todo el tiempo (¿qué será: cinco, seis meses?) Ello, en diferente medida, ha disparado enfermedades psíquicas extremas: el suicidio, la esquizofrenia, la violencia casera, el ensimismamiento a profundidad y varias otras que sería largo mencionar. Pero lo preocupante es que tal no es la primera vez que los humanos lo experimentamos, en la medida en que, por cuestiones climáticas, los hombres hemos tenido que atravesar, a lo largo de nuestra existencia, por tal tipo de etapas y logramos sobrevivir realizando no sólo tareas vinculadas a ello (alimentarnos, vestirnos, tener vivienda y salud relativa), sino que, además, aprendimos a que dentro de la casa también podemos hacer cosas múltiples. Por mencionar algunas: las mujeres experimentar con nuevos alimentos, coser bordados estéticos, etc.  Los hombres, en casa, perfeccionaron sus artes de pesca, caza, agricultura. La casa, más allá del encierro, pues, era un laboratorio y taller de perfeccionamiento.

Lo anterior no quiere decir, ni mucho menos, que debemos regresar a esas experiencias, pero sí experimentar con los nuevos medios que están a nuestro alcance, comenzando, claro, por manejar la soledad como una parte natural y cotidiana de nuestra existencia, en donde, en ella, a través de la lectura, la digitalización o la iconografía en pantalla podemos experimentar nuevas experiencias de vida y de cultura altamente gratificantes. Creo.

Los esquemas rotos

En memoria de Rossana Rossanda, entrañable
 y aleccionadora camarada

En esta temporada de recuentos iniciales, antes de que –como lo anuncian las bolsas de valores de Europa– nos alcance el rebrote de la pandemia, vale la pena comenzar a valorar lo que ha cambiado entre nosotros –la comunidad que lee y escribe en el país– luego de que atravesamos por estos tiempos difíciles de enfermedad y reclusión. Así, por ejemplo, pienso en una herencia que, creo, todos la considerábamos consolidada y que poco a poco se derruye irremediablemente y ahí, parece, no habrá INAH que acuda a su rescate.

Me refiero, claro, a la herencia que Rafael Tovar y de Teresa dejó al sector cultural del país, como prolongación del nacionalismo que la Revolución del 10-17 trajo consigo e imprimió en la educación y la cultura del país. La primera, la educación, no tuvo su Tovar y de Teresa que lograra, como en la cultura, dejar su impronta (a pesar de figuras tan ilustres como Rafael Ramírez, Vasconcelos o Torres Bodet). Un estigma que hoy, con la pandemia, parece terminó, sin que las autoridades del sector cultural del país ni siquiera supieran por qué, quizá porque esas autoridades son virtualmente neófitas en todo (tengo dudas de que existan) y por eso su imposibilidad para pensarlo y mucho menos para remediarlo.

A qué me refiero en concreto: al papel benefactor que Tovar y de Teresa pensó que era obligatorio del Estado en todo tiempo y lugar en el país, incluyendo, claro, sin precisarlo nunca, el por qué el sostenimiento pecuniario de la creación y difusión de las artes debía ser obligación estatal, sin precisar nunca, bien a bien, en qué se sustentaba ese por qué. El nacionalismo se explica –muy, pero muy resumidamente– como parte de la consolidación de los cambios que el movimiento armado generó; pero la función pecuniaria que se genera con Tovar parece más bien identificarse y correr paralela con el corporativismo que malamente existía en las relaciones entre sindicatos y Estado (o partido del Estado: PRI), en particular desde la época de Miguel Alemán, cuando se consolida el charrismo sindical.

Es decir que mientras esa herencia no se borre de la mente tanto de los creadores culturales como de los funcionarios del sector cultura del gobierno de la 4T, la creación y la difusión artísticas seguirán pasando etapas complicadas, pues los tiempos del nacionalismo revolucionario, con sus luces –muchas, sin duda– y sombras –igualmente muchas y muy opacas– comienzan a quedar atrás y aún no queda claro con qué se irá a sustituir. Porque, ojo, no es sólo una cuestión presupuestal, como es el enfoque que se le quiere dar (y que se justifica en estos tiempos complejos de pandemia), sino algo mucho más complicado que fundamentalmente tiene que ver con nuevas formas de promover una vida cultural integral y acorde con las nuevas sociedades que nos toca vivir.

Desde luego, los temas hasta aquí esbozados requieren de tratamientos ensayísticos mucho más completos, que ojalá y algún día tenga oportunidad de abordar. Por hoy aquí le dejo.

¿Qué cultura, otra vez?

En el ir y venir cotidiano se me quedan grabadas, con todo el peso que las acompaña, estas palabras de Byung-Chul Han (el filósofo sudcoreano contemporáneo), quien afirma que “… al capitalismo no le gusta el silencio”, porque, entre otras cosas

“…se está gestando en la actualidad un cambio de paradigma que pasa desapercibido: de una sociedad de la negatividad a una de la positividad, en la que todos tenemos demasiado, en la que todo se ajusta a todo. Han identificado a través de esto las causas del paisaje patológico de nuestro tiempo: depresión, déficit de falta de atención, desgaste profesional (burnout) y trastorno límite de personalidad (borderline). Una sociedad que es un «infierno de lo igual», puesto que todos se asemejan, es una sociedad sin Eros, y es que el Eros sólo puede valer frente al otro en una relación empática”.

Vivimos, pues, en una sociedad otra en donde lo “otro” no existe, pues vivimos, en tiempos de pandemia, en una sociedad sin eros, en donde las limitaciones para la convivencia se han vuelto tantas que, virtualmente, hay que volver a construirlas y eso nos está llevando a disponer, casi sin quererlo, de la nueva energía que mueve a esa sociedad, es decir, según Bauman,  construir la nueva cultura que viene atrás de nosotros, pues como humanos no podemos vivir sin ella (sin cultura).

Es decir, con su vida, con sólo vivir, el humano hace cultura. Pero qué cultura estamos haciendo hoy (en nuestro pequeño mundito –sin menospreciar– nacional) en que han coincidido dos acontecimientos sociales trascendentes para nosotros, los habitantes de este país. Por un lado, hace dos años un acontecimiento político muy significativo: un cambio de régimen político que, mal que bien, ha modificado significativamente la cotidianidad del país (el saludo a la mamá del Chapo, el simulacro de misa entre las tiendas de campaña del Zócalo). Y dos, esto sí muy significativo y trascendental, la aparición de la pandemia que modificó a nivel mundial las conductas de todos los pueblos y las economías en que éstos se sustentaban (de Argentina a Estados Unidos y de la Amazonia al Congo), dando así origen a formas de vida que nos eran, en muchos aspectos, desconocidas, y que aún no terminamos de definir si se inscriben o no en la cotidianidad capitalista en la que, por costumbre, estábamos viviendo, por muy sacrificada que ésta fuera o si definitivamente vamos a vivir bajo las reglas de un nuevo orden social.

He ahí el por qué hoy se presenta la tesitura de definir el y ahora qué, qué vamos a hacer frente a esta nueva cotidianidad que tiende a regresar al pasado y se resiste a aceptar el cambio quizá porque ni sus mismos dirigentes quieren o saben cómo asumir ese cambio y quieren regresar entonces así a la “normalidad”, cuando ella ya no existe o se ha modificado de una manera sustantiva. El problema, pues, está en cómo asumir el mundo nuevo que nos ha tocado vivir: en la línea foucaultiana de la locura y el desamor de que habla Byung-Chul Han (o Zizek, Berardi y tantos otros) o en la línea de un optimismo medido, cuyo fin utópico siga siendo construir al hombre nuevo.

Bueno, la tarea al menos está planteada.


* Profesor jubilado de la UPN, Subsede Ensenada, B. C.
* Sólo estructurador de historias cotidianas.
Para comunicarse con el autor escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

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