Revista núm. 24 - Enero/Junio 2018

Feminidad, desgarradura y otredad (II de III)

Sergio Gómez Montero*

 

Me ha sido difícil escribir estos días porque he tenido que escribir mucho (disculpando la hipérbole). He escrito varias y diversas notas periodísticas (ustedes saben, eso de las campañas presidenciales) y me ha faltado tiempo para dedicarle a mi columna de la Revista. Pero lo importante es que no lo he olvidado y retomo aquí mis notas al respecto, volviendo a darle a la mujer el papel primordial que ella tiene como personaje total (de ella se lee, ella escribe, de ella se escribe) de la literatura y de la vida. Lamento que ella siga siendo sobre todo nota triste y dramática: que los feminicidios sean, hoy, nota periodística de todos los días y que la lucha desigual hombre vs mujer siga siendo cada vez más cotidianidad que lastima y duele. Pero ella existe, pero ella vive y está aquí; la mujer, sin duda, es parte de la lucha humana y más aún en este país.

Volvamos, pues, con ella dándole continuidad a este escrito.

De esta manera, la hipótesis aquí establecería que aquello que en la literatura de los hombres aparece como abierto, en el caso de las mujeres se torna mundo cerrado, oscurecido, hermético. Que aquello que en los hombres es mundano, en la mujer se torna divino, que lo sacro en ella, es profano para el hombre. Que, en términos de lenguaje el juego es aún más complejo: que el “ser del lenguaje” (Foucault en Las palabras y las cosas) no se reducirá a la hora de equiparar narrativa de hombre y narrativa de mujer a correlacionar significante y significado, denotación y connotación, sino a ver, en el interior de cada precepto, qué de él es propio, específicamente del sujeto otro, que, además, diacrónicamente es un sujeto no sólo dominado por el hombre, sino, asimismo, ubicado –pudiera ser, aunque la verdad nunca lo es– en franca desventaja social. Allí, la literatura iría de la oralidad –tradición popular, que en buena medida es hoy fundamentalmente femenina– a la elaboración de discursos de complejidad creciente como son hoy las novelas de Woolf o de Stein; el mundo cerrado, oscurecido, de Josefina Vicens, de Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas o Amparo Dávila.

La otredad como base y principio de identificación[1]: la literatura femenina es distinta porque es otra; porque es otro sujeto, estructuralmente diferente desde el punto de vista social e histórico, el que la escribe. Así, si bien válida la afirmación de Propp en Morfología del cuento de que en el caso de éste, y por extensión del relato o la narración, la única pregunta importante a contestar es aquella que plantea el qué hacen los personajes, y no tanto quién cómo lo hacen, ubica con claridad el problema de la anécdota a partir del reconocimiento de que ese qué permite, si se contesta adecuadamente teniendo como base la otredad, conocer y diferenciar la escritura de la mujer. Hipótesis, sin duda; hipótesis que aquí tratará de validarse  a partir del análisis de algunos ejemplos concretos de narrativa escrita por mujeres en la Baja California de hoy.

4. Conciencia desgarrada, la otredad, la feminidad escritural, para el caso de la literatura escrita en español se concreta hasta hoy, mayoritariamente, en la poesía (leer a Beth Miller en el libro aquí citado): allí, figuras tales como Sor Juana, Mistral, Storni, predominan en el panorama. No se olvida, claro, a Bombal, Alegría, o a tantas y tantas magníficas narradoras mexicanas. Más hacia acá, más en el terruño, en la poesía de Concha Urquiza la desgarradura alcanza su culminación en el momento en que, la angustia existencial, conduce a la escritora al suicidio. Múltiples vertientes se derraman en esa vida compleja; allí aparece, por ejemplo, el misticismo como tendencia que expresa, en el fondo, enfrentamiento al mundo, a la cotidianidad. Etapa que Urquiza vive, por diferentes razones, en Ensenada. ¿Qué si no desgarradura en los poemas de Vargas o de Castro, para quienes la realidad –una ciudad que agrede y nulifica– sólo merece la crítica, y es sólo amargura y desencanto?

Si bien, en efecto, no se puede negar lo que Bradu dice –la ideologización de la escritura femenina–, no es posible tampoco negar la desgarradura como sello de agua que predomina en toda la literatura escrita por mujeres, y que mayoritariamente, se insiste, se expresa en la poesía. Más tampoco es válido simplificar el análisis al correlacionar, sin matices, feminismo (otredad, resistencia, desgarradura) y literatura. Habría, por necesidad, que analizar el qué de Propp (para el caso de la narrativa), el cómo, el qué singularidad alcanza allí lo literario.

La escritura, dice Ong en Oralidad y escritura, reestructura la conciencia, para luego, más adelante, hablar también de la relación que se establece entre memoria oral y línea narrativa. Ambas premisas van a servir aquí para ilustrar de qué manera, en el caso de las mujeres que hoy escriben narrativa en Baja California, se concreta la feminidad, desde su raíz trimembre: división natural del trabajo, historicidad y especialización del lenguaje.  

Así, de hecho, se parte de principios reconocidos por compañeros diversos –Trujillo (“Mujer, literatura y frontera”), Rivemar (“El despunte: mujeres en la literatura de Tijuana”), Bolívar (“El fenómeno de la trasculturación en la literatura más reciente de Baja California”)–: literatura en formación, la bajacaliforniana actual es aún, en buena medida, campo minado para las mujeres: pocas son, relativamente, las que escriben; más pocas aun las que han llegado a publicar. Pero, al margen de esa que se pudiera considerar una situación natural, valdría la pena acercarse –formulando algunas hipótesis– al panorama que presenta en la actualidad la narrativa escrita por mujeres en la Baja California de hoy (escribí esta nota en 1982).

Inicio por la oralidad. En ella, la narrativa se convierte básicamente en permanencia de la memoria; en obstinación por conservar lo que, aparentemente, está fuera de orden. Ella es, la oralidad, en la narrativa, más que nada disrupción, en la medida en que, como lo afirma David Carr en su texto “La narrativa y el mundo real: un argumento en favor de la continuidad”, es una extensión de los rasgos primarios de una estructura de eventos, bien lo sean estrictamente históricos (verídicos) o literarios (ficción). La oralidad permite, pues, encontrar uno de los hilos básicos de la narrativa contemporánea escrita por mujeres en Baja California: allí, indistintamente, se ubica lo mismo la tradición oral de los pueblos originarios de la región, que la narración de hechos del pasado que perviven en las comunidades rurales (San Vicente es un ejemplo patente de ello), a la vez que explica la fuerza que adquieren las historias de vida recopiladas por Norma Iglesias (La flor más bella de la maquila), Yolanda Sánchez Ogaz (sus trabajos de recopilación realizados en el Valle de Mexicali) o de Norma Carbajal (con trabajos en comunidades de población originaria y actualmente en San Quintín). Pero ese testimonio se desdobla y aparece embarnecido por lo literario en los relatos de Virginia González Corona (coautora de Fuera del cardumen), que a veces utiliza el romance tradicional (“Delgadina”), o bien, sus textos más recientes, no publicados, que utilizan a lo político como coloquio, como gozo verbal, como imagen irónica de una realidad que se derrumba porque está irremisiblemente corrompida: de ello, la oralidad como disrupción, da testimonio, en la medida en que allí la realidad conserva –evidentemente maquillados– los rasgos primarios de la realidad.

Otros ejemplos en la misma línea son Martha Rodarte (La gran familia)y Rosario Gorosave (cuentos dispersos). En la primera de ellas la literatura recupera la oralidad característica de las regiones centrales del país, y por eso, quizá, su escritura pareciera no cuajar, ser el intento de un proyecto imposible. Gorosave no; con ella, lo oral tiene una presencia más diluida, pero, en buena parte de sus textos, eso, lo oral, sirve para recuperar la realidad más inmediata e igualmente cotidiana; en ocasiones, porque así lo reclama la anécdota, el diálogo se da en inglés o en una mezcla, característica de estas regiones, de español e inglés. Los textos de Gorosave (publicados todos ellos en revistas y suplementos) reclaman la publicación de un libro.

Se piensa, por último, en que esa misma tendencia se da desde tiempo atrás en algunas escritoras chicanas, como Yolanda Luera, que logran verdaderos aciertos al escribir.

Pero, como diría el buen amigo Guillermo Gómez Peña, la línea es quebrada y no admite, como nada lo admite, fronteras rígidas. Así, la oralidad, cuya característica central aparte de recuperación de la memoria es su tendencia hacia la cotidianidad, se emparenta –choca y saca chispas– con la escritura como reestructuradora de la conciencia, línea que atraviesa a una buena parte de los textos de escritoras bajacalifornianas de hoy. Esa reestructuración de la conciencia que es, más que nada, conciencia de sí; es decir, conciencia de enfrentamiento con la realidad, porque la realidad agrede y degrada y uno –una– no puede quedarse impasible frente a esa situación. Allí sí la feminidad, además de desgarradura y otredad, es resistencia, que a ratos se convierte en reclamo y denuncia, en, dígase con palabras de Rosina Conde, mentada de madre contra el mundo, porque el mundo es así y no merece otra cosa. Mas esa reestructuración de la conciencia no es un proceso tan simple ni tampoco tan sencillo: en los textos de Laura Villadazveytia y en los pocos de Ana María Fernández (deudoras a morir de las lecciones de rebeldía del mexicalense Oscar Hernández) la conciencia hace burla de la conciencia, negándose a ratos, dudando de su ser en sí en otros: allí (Jugamos a sobrevivir Amores últimos), bien lo sea la Mexicali de las chulis y gordis o el retrato de la adolescente reprimida, fantasiosa, en vías de convertirse en poeta, desgarran al ser de la mujer y al ser de la escritura y ubican a la segunda en momentos de duda, de definición. Allí la conciencia, reestructurándose, no logra, técnicamente, el ser plenamente literaria.

Tampoco se logra en los textos de Elizabeth Cazessús. Julieta González Irigoyen y María Eraña, para quienes la reestructuración de la conciencia (Desde el día común Crónica de la soledad y otros paisajes) se basa, en lo fundamental, en Tijuana como ciudad, como presencia, como motivadora de la escritura; de una escritura que quizá, técnicamente, dé más de sí, si se entiende a esa escritura como compromiso, como oficio, como rigor y disciplina. La conciencia es no sólo del ser en sí, sino de la escritura como ejercicio existencial, como razón de ser que no admite desvíos (o no muchos al menos).

Se termina este recuento –breve, paisajista, somero, que ofrece hipótesis más que explicaciones– recociendo a narradoras sólidas ya, realizadas sin duda, conscientes de su oficio y por ello, quizá, conscientes de que su escritura transita por los terrenos de la reestructuración de la conciencia. De ellas en particular Rosina Conde requiere de un estudio mucho más a fondo, mucho más detenido y concreto. Lupita Rivemar, por el contrario, es una escritora en formación –pero consolidada en aparentemente contradictorio proceso–, que, se considera, no decaerá en el futuro. Escritora en formación es también Dolores Zamorano –hoy en Puebla–, cuya fuerza escritural es sorprendente. Hay, en efecto, en estas tres narradoras coincidencias.  

Nota 

[1] Se citan tres libros básicos para entrarle al problema de la otredad en los términos aquí planteados: Todorov, T.: La conquista de América, en donde el autor pone este epígrafe: “Dedico este libro a la memoria de una mujer maya devorada por los perros”, que mucho dice del porqué de la lectura de dicho volumen. Varios: Teoría crítica del sujeto, y por último el libro de Dahmer: Líbido y sociedad.

P. D. Por problemas de medición en la extensión del texto, se pensó que él se podía distribuir en dos partes. Me falló el cálculo y se tuvo que ir a tres partes. Pido disculpas.


* Profesor jubilado de la UPN/Ensenada. Para comunicarse con el autor escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

 

 

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