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Revista núm. 27 - 2020

Indicios Neoculturales: Tiempo de Mujeres 

Sergio Gómez Montero*

No quiero aquí, desde luego, hacer una reseña de los diferentes significados que la “cultura” ha tenido a lo largo de la historia. Entre otros, Geertz ya lo hizo; pero sí quiero mencionar el libro de Bauman La cultura como praxis en donde nos explica por qué ella, la cultura, entre otras cosas debe ser entendida como conciencia y como energía, en tanto en un caso, nos permite conocer más ampliamente al mundo y, en el otro caso, la cultura sería la vida de la sociedad. Por eso una historia de la familia (que también hay varias en diferentes libros) y otra de la economía nos ayudarían mucho a entender cómo la función de la mujer en tanto tal ha sido altamente significativa, aunque subvalorada por lo común, a lo largo del desarrollo humano. En tiempos muy remotos luchó junto con el hombre en todas las tareas de sobrevivencia. Luego, más adelante, hasta la edad media, ella fue vital para el manejo de los recursos domésticos, papel que se fue opacando en la medida en que el capitalismo surge y obliga a la familia (a todos sus miembros) como núcleo pauperizado a incorporarse al trabajo (tomo I de El Capital). Aunque, en la medida en que el hombre y la mujer se incorporan al trabajo, crece y se consolida el consumo y con el consumo surgen la moda y la publicidad, dándole así al comercio una dimensión enorme y ocupando la mujer allí un papel relevante, junto con el hogar.

Pero, ¿qué está pasando hoy, cuando el género se ha tornado un factor de relevancia que enfrenta en términos de humanos al hombre con todo aquello que no es él (mujer, homosexual, lesbiana) y dejando atrás así, en México, la ya muy vieja tradición machista (hombre imponiéndose por la fuerza a la mujer), aunque siempre conservando la mujer un lugar privilegiado dado que, sin ella, no hay reproducción y por ende conservación de la especie. El piropo no es pues, entre los mexicanos, sino el reconocimiento, sin límite, que se le da a la reproducción.

De allí que hoy no se entienda plenamente la extensión del feminicidio como práctica social, a menos que se le quiera asumir como dificultad actual existente para acceder a la mujer o sea decaimiento del machismo, toda vez que la población femenina es ya mayor que la masculina (en términos de población total) en el país, pero el acceso a ella, al hombre se le dificulta cada vez más, pues la mujer depende cada vez menos de la manutención del hombre y se ha vuelto menos dependiente de él. Libre ella, el hombre asume eso como un reto y una ofensa y de allí, primero, el bullyng en contra del género contrario y luego, también de allí, el feminicidio y los homicidios de género.

En la medida en que las sociedades como un todo se vuelven cada vez más igualitarias se vuelven, unas (como la japonesa actual), autocomplacientes, en tanto que otras, como la mexicana, descargan su furia contra la mujer. ¿Se correrá el peligro de convertirnos en una sociedad “hembrista”, ante un exceso de venganza por parte de la mujer?

En cualquier caso, compleja evolución cultural de las sociedades contemporáneas.

II

Leo, realmente interesado, en el Palabra (suplemento cultural de Ensenada, B. C.) de hace ocho días, la nota de Atsumi Ruelas Takayasu titulada “Replica a Palabra”, en la cual descalifica, no sin razón, a Enrique Botello por su afán de oponerse a que la UABC cambie de lema por uno más incluyente que el actual “Por la realización plena del hombre”. Integrante del Colectivo Clitoria la escritora, es evidente que sus tareas son complejas, las de ella y las de este Colectivo, pero llenas de interés, como queda explicitado en el texto breve que publica Atsumi en el Palabra mencionado.

En efecto, hablar, pues, del género en el lenguaje es una tarea compleja que surge en la coyuntura que genera la época actual (desde que se inician a fines del XIX y principios del XX las primeras batallas sobre género en el interior de las sociedades capitalistas) hasta hoy, en que de nuevo cobran actualidad otra vez esas inquietudes (Me too sobre todo). Pero subrayo lo de “sociedades capitalistas” porque, para mí, como en su tiempo lo señalaron Kollontái y Luxemburgo (sólo por señalar a dos mujeres comprometidas con las luchas de género de aquel entonces) el feminismo no es, en esencia, lucha de género, como lo señala Marx, sino lucha de clases, pues el desprecio de la mujer, hay que entenderlo, surge en el interior de las sociedades capitalistas, en donde la mujer es asumida sólo como un elemento al que se explota como colaboradora del plustrabajo que le es extraído al hombre, a diferencia de, hasta la edad media y particularmente en las sociedades agrícolas, en donde la mujer desempeña un papel relevante como generadora de riqueza familiar con su trabajo.

Cuando la mujer se incorpora al trabajo industrial surge la doble jornada y que habla del doble sometimiento a que hoy la mujer está expuesta: mientras que uno de sus salarios, el familiar (que deviene del trabajo de cuidar el hogar y a los hijos cuando los hay), cuando existe lo aporta el esposo y no, como debiera ser, el patrón o el Estado capitalistas.

Pero, lo que más quisiera aquí abordar, es cómo, al interior de los estudios del lenguaje, poco se ha tocado el tema de por qué él, formalmente, tiende a expresarse prioritariamente en masculino, dejando al margen la búsqueda de lo femenino o lo que pudiera denominarse integral (masculino y femenino al mismo tiempo). Así por ejemplo, al estudiar la gramática española es fácil darse cuenta cómo ella le da predominio a lo masculino, más que nada porque como escribe Joan W. Scott, en 1986, una de las primeras interesadas en esta temática, lo siguiente: “…el uso de esa palabra [género] por parte de «las feministas anglófonas» «para hacer referencia a la organización social de las relaciones entre los sexos» se basa en una «vinculación con la gramática (…) a la vez explícita y rica en perspectivas todavía inexploradas”, y es a partir de esa falta de exploración que se vuelve realmente urgente el asumir, a fondo, una discusión que nos conduzca a fijar con claridad, certidumbre y certeza, el qué significa el género en el uso y manejo del lenguaje.

De lo que no hay duda es de lo útil e interesante que es y sería profundizar sobre esa temática. Felicidades, Atsumi.

III

¡Así de sencillo es el inicio de las religiones y de las ciencias!

J. Michelet: La bruja

Ahora que doy inicio a estas notas, que originalmente las pensé como una tarea sencilla de sólo ponerme a redactar, resultado de comentar las ya varias noticias que por estos día me ha tocado leer sobre cuestiones de género y que más de una vez ellas hacen referencia a lenguaje, en el sentido –argumento central-- de que el lenguaje, todos los lenguajes, tienen un sentido masculino muy, pero muy marcado. Pocos argumentos he encontrado sobre el porqué de esa situación singular. Lo que a mí me ha llevado a preguntar: ¿y por qué esa masculinización del lenguaje? Desde luego, lo que intento aquí es sólo dejar asentadas algunas ideas básicas de una temática que realmente es muy compleja y que requiere de estudios, creo, de mucha mayor profundidad que ojalá y algún día pueda abordar. Pero, mientras llega ese día…

En efecto, en sus orígenes remotos el lenguaje tiene como finalidad última nombrar (informar) para, a partir de allí, intercambiar (comunicar) información. Desde luego, en la medida en que las actividades humanas se hacen más complejas (a partir de migrar, cazar, cultivar la tierra, desde el paleolítico en adelante), las diferencias entre hombre y mujer (que nacen precisamente en la división entre géneros; el matriarcado, hasta hoy, no deja de ser mítico) se acentúan, pero las funciones del lenguaje no cambian (al menos no sustantivamente), sino que se mantienen invariables y sus reglas, por ende, no se modifican por cuestiones de género. Esa invariabilidad lingüística es la que hasta hoy no ha terminado de analizarse y estudiarse para así comprender por qué las cuestiones de género no han influido en cuestiones lingüísticas. Es decir, si hasta recientemente las tareas productivas del género humano (dados sus requerimientos físicos) han sido responsabilidad masculina, no es de extrañar que durante todo ese tiempo el lenguaje haya conservado su carga masculina.

¿Hasta cuándo? Analícense hoy tanto la naturaleza como las cifras por género que hoy tienen las actividades productivas. Desde luego, las tareas productivas después de la primera mitad del siglo XX se han modificado sustantivamente, desplazando la fuerza intelectual (el sector servicios predomina sobre actividades primarias y secundarias que requieren predominantemente fuerza física) a la fuerza física; así, por ejemplo, el trabajo de oficina ha desplazado al trabajo a cielo abierto y de fábrica, y dicho trabajo de oficina o a cubierto lo desarrollan mayoritariamente mujeres: magisterio, dirección y apoyo administrativo, enfermería, medicina, etc., haciendo predominar así, en número, a las mujeres; a la vez, también, en lo que se refiere a población total, pues si bien los hombres son el 50.5% (3, 888 millones) del total de la población, hay países, como el nuestro, en donde fuimos ya en el censo de 2015, 61millones de mujeres y 58 de hombres, lo que, en términos de porcentaje, en 2020 seguramente seguirá favoreciendo a las mujeres.

¿Qué significa lo anterior en términos de lenguaje? Leamos las anotaciones subsiguientes.

IV

¿El lenguaje, en tanto instrumento humano (el olfato, el oído, el tacto, la visión) surge con un carácter masculino (en cuanto género, por ejemplo) o puramente utilitario para ambos géneros; o el fenómeno masculino en cuanto género corresponde sólo al lenguaje como instrumento humano? Hasta épocas recientes, debe considerarse, sobre eso no había dudas, dado que el carácter de los sentidos era determinado por la división social del trabajo y desde luego que no intervenía para nada el género. No es sino hasta épocas muy recientes, que esa inquietud se manifiesta en la medida en que la gama de los derechos de las mujeres se extiende en tanto en que el número de mujeres crece en  términos de población y se incrementan así sus derechos, sin distinción de géneros, en lo que se refiere al hombre en la vida diaria. Al respecto se parte de un principio muy sencillo, que hasta hoy no termina de respetarse como derecho: a trabajo igual, salario igual, y lo mismo, o más, debiera ser respecto al sexo, en donde las prácticas patriarcales o machistas desde mucho tiempo atrás debieron haber sido abolidas…, pero no, allí están, vigentes aún en muchos países y sin ser cuestionadas ni por hombres ni por mujeres, pues entre esos pueblos todavía se consideran prácticas naturales, arraigadas como prácticas culturales acendradas y remotas. Pero, por otro lado, como lo muestra el juicio que hoy se sigue en contra del señor Harvey Weinstein, productor de cine y TV en Estados Unidos por agresión sexual en contra de más de cien mujeres, a las que hostigó y violó burdamente valiéndose de su puesto y poder económicos.

Y el problema, no se crea, no es sencillo. En los juicios de género que se han entablado al respecto (particularmente en países musulmanes) aparece el argumento de la defensa basándose en el hecho de que no existe la agresión sexual sino, sólo, la puesta en práctica de una costumbre cultural tradicional y milenaria en la que el hombre fundaba su vida diaria y que él, el acusado de agresión de género, respetaba rigurosamente. Falso o verdadero, pero el argumento fue admitido, se lee, por el juez de la causa, lo que puso en un dilema al jurado o al juicio que se emitió al respecto.

Frente a esas nuevas realidades que la vida social, hoy, ha venido diseñando contradictoriamente, en diferentes países del mundo, el lenguaje, también, no ha escapado a los cambios sociales que cada vez se han vuelto más explosivos en cuestiones de género, dado que precisamente hoy estas cuestiones se han convertido en una de las contradicciones más profundas del capitalismo contemporáneo, y es por ello, quizá, que el lenguaje no ha salido indemne a los movimientos de género que hoy se registran. Así, por ejemplo en España, las críticas a la Real Academia Española se han multiplicado, mientras que el pasado 25 de noviembre (2019), fecha en que se celebra el Día Mundial contra la Violencia de Género se acordó al respecto: “No hay libertad sin consciencia, y sin ésta no hay conciencia. Es un peligro psicológico y una amenaza social, negar la realidad santificando al poder y/o fanatismo”, mientras en Chile y Argentina se universaliza cada vez más el uso del morfema –e para volver evanescente la masculinización del lenguaje (sólo “presidente”, en lugar de presidenta y presidente).

En fin, sólo pequeñas notas sobre un tema que de aquí en adelante, creo, va a estar en continua evolución.

 


*Profesor jubilado de la UPN, Subsede Ensenada, B. C.

Yo, con Michelet, respeto a las brujas. 
Viejo lobo de mar en cuestiones de cultura.
Para comunicarse con el autor escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

  

 

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