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Revista Núm. 26 - Julio/Diciembre, 2019

Columna: Intermedio

Corazones salvajes

Wild hearts

Lourdes de Quevedo Orozco[1]

 

 

El viento hacía volar la ropa y el cabello.

Los brazos libres, y el corazón latiendo salvajemente, 

el rostro claro y sereno bajo el sol.  (…) 

Aquella sensación tenía una calidad de gloria.

Clarice Lispector

Una expresión de la violencia se impuso en la multitudinaria marcha de mujeres en la Ciudad de México el 16 de agosto de 2019. Manifestación convocada por colectivos y organizaciones feministas para protestar contra la violencia sexual y los feminicidios[i]; síntomas de impunidad y corrupción del sistema patriarcal.

Miremos y hurguemos en nuestros corazones donde camina también la palabra –afirman las mujeres zapatistas– para entendemos como sólo se entienden entre sí quienes comparten no sólo el dolor, también la historia, la indignación, la rabia

Te invito aquí no a sumarte a los juicios reprobatorios por los disturbios y las pintas durante la movilización contra la violencia de género. Lector, lectora te convoco a viajar juntos hacia el núcleo de la historia olvidada: vida y lugar donde anida. 

Pero antes, ofreceré una breve explicación del complejo entramado de la guerra entre sexos, misma que a hombres y mujeres nos somete, ciega y domina, a través de condicionamientos, verdades aparentes, creencias y mandatos de la educación emocional machista que conforma la identidad de género e impulsa a la violencia. 

La ira y los roles de género

Empezaré por enmarcar la ira en la guerra, contexto de la máxima violencia. Ahí la manifestación de la ira masculina es interpretada como expresión de “valeroso heroísmo”, capaz de negar la vulnerabilidad y enfrentar el miedo con fuerza, poder y respeto. 

El ensayista, narrador y periodista, Sergio Sinay en su libro La masculinidad tóxica. Un paradigma que enferma a la sociedad y amenaza a las personas, describe que la masculinidad se sostiene en cuatro letras P: Producción, Provisión, Protección y Potencia. Éstas conllevan los mandatos de: Dominación, Jerarquización e Imposición. Y generan cuatro reacciones que el hombre rechaza y/o niega: Dolor, Sufrimiento emocional, Desencuentro y Enfermedad. Bajo estos ordenamientos de la masculinidad tradicional, hombres y mujeres, nos encontramos lejos de alcanzar equilibrio emocional.

Por su parte, la mujer –bajo los cánones de la cultura patriarcal– tempranamente aprendemos a controlar la ira, a reprimirla, a suprimir su expresión, para evitar ser tachada de “loca”, “histérica”, “soberbia”, “conflictiva”, “invasora” o “sargenta”. Tal domesticación nos garantiza la inclusión social como mujer “prudente”, “delicada” y “fina”. La  severa crítica hacia el estallido de nuestra ira, nos descoloca y también desdibuja la posible causa legítima que la produce. En tanto que al hombre, lo vacía de emociones calificadas de “femeninas”, como son: compasión, ternura, espiritualidad, temor, intuición, etcétera. En el núcleo de estos condicionamientos de género se esconde la violencia que anula al Ser de ambos. 

En el capítulo seis del libro referido de Sergio Sinay, dedicado al tema de la política, el autor presenta una visión dualista en la educación de los hombres, que lo fragmenta y lo lleva a practicar la violencia. El reconocimiento de un atributo masculino excluye a su opuesto. Por ejemplo, son bien vistos: el coraje sin temor, la fuerza sin vulnerabilidad, el arrojo sin cautela, la garra sin piedad, el poder sin negociación, la victoria sin concesiones, el control sin consenso y la agresividad sin límite. Hay entonces una disociación entre sentimientos y sensaciones, pensamientos y acciones. 

Lo óptimo sería pasar por un proceso de transformación en ambos géneros, como es admitir la rabia y convertirla en compasión, expresar el deseo y transformarlo en amor. Lo cual requiere coraje espiritual para abarcar ser y conciencia. Los hombres, al no lograrlo, por quedar fragmentados y encerrados en círculos viciosos impuestos por la violencia que los empantana, quedan: 1) atrapados en dualidades irreconciliables, y 2) limitados para percibir en la ira femenina la denuncia del engaño de roles que a ambos esclaviza. 

En su impotencia para romper con estos dictados, surgirá en el hombre el sentimiento incómodo de la debilidad. Serán estos hombres “débiles” los que intentarán dominar a las mujeres.

Por otra parte, el hecho de que nosotras constituyamos la mayoría poblacional (52 %), me remite a reflexionar con la misma lógica utilizada para percibir la amenaza del creciente fenómeno migrante. Bajo esta mirada, las mujeres nos convertimos en “invasoras de territorios naturalmente masculinos” y la expresión descalificadora de feminazi, con su sobrecargada connotación negativa, expresa la distorsión perceptiva del desprecio hacia la vida de mujeres y se concreta en la cifra escalofriante de un promedio de nueve a diez mujeres asesinadas cada día en México. 

Éstas son breves explicaciones tomadas de algunas teorías de género. 

“Con nosotras no se juega”

Ahora viajemos hacia el núcleo esencial de la historia olvidada: la vida y el lugar donde anida. La vida humana nace, en general, tras el encuentro providencialmente amoroso de hombres y mujeres. Crucemos, lector, lectora, esta historia con el ánimo que lleva a la escritora brasileña, Clarice Lispector, a escribir: “Es preciso que no olvide (…) que fui feliz, que sigo siendo feliz, más de lo que se puede ser. Pero lo olvidé, olvidé siempre”. 

Más allá de la ceguera que provoca el engaño de roles, miremos el valor de la vida misma, como simbólicamente lo representa, para mí, la diamantina rosa utilizada en las dos marchas recientes. 

Cualquiera que sea la actividad, condición social, económica y cultural, es preciso y fundamental reconocer el derecho al goce mismo de la vida. Entonces podremos escuchar el legítimo clamor de las mujeres marchando por las calles, reclamando el derecho humano a existir en paz, con seguridad, felicidad y armonía.

Su grito y sus acciones no buscan atrincherarnos. Expresa desesperación y hartazgo frente a una locura voraz, sorda e indiferente hacia el horror creciente de abusos sexuales, feminicidios y desapariciones de niñas, adolescentes y adultas. Tan sólo de enero a agosto de 2019, 292 mujeres fueron víctimas de abuso sexual en la Ciudad de México y cuatro sufrieron violación tumultuaria.

Desafortunadamente, una minoría de medios y personajes públicos lograron mirar y escuchar, sin juicio, el reclamo valiente de estos corazones salvajes que se atrevieron a pintar el símbolo patrio de la libertad, el Ángel de la Independencia. Acción que llevó a la mayoría de los medios electrónicos, a manejar el contenido noticioso con un matiz sensacionalista, revelando en ello su intención de fomentar una conciencia limitada que exige ir no contra asesinos y violadores, sino contra las mismas mujeres por daños al patrimonio nacional.

“El movimiento explica la forma”, afirma Clarice Lispector y, en un entorno de protesta contra la violencia, surge paradójicamente el rostro vandálico, revelando con ello el poder manipulador del miedo: la intervención filtrada de la violencia garantiza escándalo mediático y estigmatiza con una imagen de rebeldía desaforada a quienes gritan por la defensa del derecho humano a vivir con seguridad y tranquilidad. 

Necesitamos abrir ojos y oídos frente a la espeluznante realidad denunciada en esta marcha. Necesitamos actuar alejándonos del juicio descalificador, de la negación, de la burla, de la indiferencia. Desde nuestra labor docente observemos en conciencia nuestras formas de interactuar con estudiantes, y también con trabajadores y pares, haciendo comunidad, creando lazos de confianza, empatía, solidaridad y compasión, que nos conduzca a sentirnos seguros.

Entonces estaremos encaminándonos hacia el lugar donde anidan las soluciones al problema de la violencia que compete a padres y familias y a docentes, alumnos y actores de la institución educativa.

La educación es clave fundamental con la que podemos contrarrestar toda expresión sutil o abierta de violencia.

Fuentes de consulta

Lispector, Clarice (2002). Cerca del corazón salvaje. España: Siruela.

Naranjo, Claudio (2018). Congreso Futura. La mente patriarcal. Video en YouTube.

Salazar Daniela y Espinoza Ana (2019). Basta de violencia de género: 10 voces de mujeres que exigen justicia. En: animal.mx.

Sinay, Sergio (2006). La masculinidad tóxica. Un paradigma que enferma a la sociedad y amenaza a las personas. Argentina, Editorial B de Books.

Villeda Karen (2019). Agua de Lourdes. Ser mujer en México. México: Editorial Turner.


 [i] Marcela Lagarde acuñó el concepto de feminicidio y lo definió como el acto de matar a una mujer por el hecho de su pertenencia al sexo femenino, confiriéndole también un significado político con el propósito de denunciar la falta de respuesta del Estado en estos casos y el incumplimiento de sus obligaciones de garantía. Es la muerte violenta de mujeres por razones de género, ya sea que tenga lugar dentro de la familia, unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, en la comunidad por parte de cualquier persona, o que sea perpetrada o tolerada por el Estado y sus agentes, por acción u omisión. En un sentido amplio se encuentra el exterminio final de un continuo de terror antimujeres que incluye una amplia variedad de abuso físico y verbal como la violación, la  tortura, la esclavitud sexual (particularmente la prostitución), el incesto y el abuso sexual de niñas en el entorno extrafamiliar, la violencia  física y emocional, el acoso sexual (vía telefónica, en las calles, en la oficina y en salón de clases), la mutilación genital (clitoridectomía, escisión, infibulación), las operaciones ginecológicas que son innecesarias (histerotomía), heterosexualidad forzada, esterilización forzada, maternidad forzada (al criminalizar la contracepción y el aborto), la psicocirugía, la negación de comida en algunas culturas, la cirugía cosmética y otras mutilaciones en nombre del embellecimiento. Cada vez que estas formas de terrorismo provocan la muerte, se convierten en feminicidios (Villeda, 2019, pp. 33-34).

  


 
[1] Docente de la Universidad Pedagógica Nacional, México.
Maestra en Soluciones Sistémicas Sociales por el Instituto de Estudios Superiores Sowelu.
Maestra en Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)
Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
Especialidad en Psicoterapia Corporal por el Centro de Constelaciones Familiares Sowelu.
Certificación en Formación Internacional Trabajo con Trauma por el Arizona Center for Social Trauma y el Centro de Constelaciones Familiares Sowelu.
Diplomado en Terapia Corporal y Configuraciones Sistémicas. Sowelu
Docente de la Universidad Pedagógica Nacional, México.
Docente de la Maestría en Soluciones Sistémicas Sociales del Instituto de Estudios Superiores Sowelu.
Docente del entrenamiento en Constelaciones Familiares en Sowelu.
 

 

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