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Revista Núm. 25 - Enero/Abril, 2019

Columna: Intermedio

En la película Roma, ¿no pasa nada?

In the movie Roma, dont happens anything?

Lourdes de Quevedo Orozco[1]

 

Quizá se le atribuye demasiado valor a la memoria

y no el suficiente a la reflexión. 

Recordar es una acción ética,

tiene un valor ético en y por sí mismo.

Susan Sontag

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Cuando vi la película escrita y dirigida por Alfonso Cuarón, Roma, tuve la misma sensación que me produce entrar a las aulas de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN). En ambas situaciones, el tiempo ha transcurrido: cuarenta y ocho años, en el caso de la historia contada en el filme y, cuarenta, desde la creación de la UPN. Sin embargo, en los dos casos, lo inamovible se muestra natural, hasta que la mirada del arte nos revela su crudo significado. 

El tiempo congelado se observa, en los salones de clase upenianos, no en pantallas ni en pizarrones blancos, sino fundamentalmente en la colocación de mesas y sillas, en un perfecto orden (una  detrás de otra), a la usanza de las tradicionales escuelas, ordenadas bajo los principios de la filosofía positivista.

Por su parte, el film cuenta una historia en la Ciudad de México, ubicada en los inicios de la década de los setenta del siglo pasado. Con maestría, el guionista-director, Cuarón, revela con la exhibición en salas, la sobrevivencia del rasgo colonial de nuestra cultura: la discriminación racial, tan resistente a desaparecer. Concepto que incomoda y se oculta en las entretelas del disimulo. 

No me mueve aquí hacer una reflexión teórica del término “discriminación racial”. Prefiero hablar de él desde mi propia experiencia: como mujer mexicana de tez morena y de estatura por debajo del estándar. Me identifico con mujeres valientes, como Yalitza Aparicio, quien interpretó a la trabajadora doméstica, Cleo Gutiérrez, y ahora se enfrenta a las reacciones sociales más violentas.

Escribo este pequeño homenaje desde mi experiencia como sujeto discriminado, en contacto con familias profundamente conservadoras, integradas con personas de características caucásicas (tez blanca y estatura por arriba del estándar), y con algún miembro diferente, señalado con apodos como “la negrita” o “el prieto”. Situación que he visto repetirse entre grupos autodenominados “progresistas”, aquí y en el extranjero. La suya es la mirada evaluadora de la estructura anatómica “ideal”, léase europea y/o anglosajona. 

Captura de pantalla 2019 01 07 a las 9.57.09

Ahora, la imagen pública de la actriz, Yalitza Aparicio, las concentra. Resulta asombroso observar las reacciones que ha levantado esta película en una parte del público nacional. De las más desafortunadas destaca la expresada por el actor mexicano Sergio Goyri, en un video distribuido en redes digitales, donde descalifica la nominación al Óscar como mejor actriz a Yalitzia, con la expresión peyorativa de “pinche india”. Su disculpa pública, con el pobre argumento de haber estado bajo los efectos del alcohol, no ha sido suficiente para borrar la amplificación viral de su violencia. Éstas y otras expresiones de incómoda sorpresa, representan el foco del prejuicio racial, ocultado con el abuso de palabras diminutivas, disimuladoras de las verdaderas intenciones de miradas y comportamientos. 

Sin embargo, cuando de afectos se trata –como el de Cuarón por su nana– la diferencia racial se convierte por el arte de amar, en un retrato sutil del alma humana de la dulce Cleo, la trabajadora doméstica bilingüe (español y mixteco), comprometida, ingenua y tierna, en el seno de la crisis de una familia clase media de la Colonia Roma, en la Ciudad de México.

El retrato va más allá del personaje. En esta película se recrea, extraordinariamente en blanco y negro, el paisaje de un México subdesarrollado, con el protagonismo de dos mujeres de distintas clases sociales, que comparten desenlaces semejantes en sus experiencias amorosas. 

Alfonso Cuarón, en entrevista con el publicista Gary Alazraki, compartió el significado de su película. Dijo: “Es mi esencia. Son las heridas que comparto con mi familia y con mi sociedad (…). Trata un período histórico que creó cicatriz y se transformó en llaga”. A la pregunta de por qué realizó una película como Roma y no otra más comercial, respondió: “La necesidad de vida es mucho más grande que la lana”. 

Muchos espectadores han manifestado su extrañamiento con el ritmo y la narrativa de Roma. Algunos afirman que se aburrieron.

Acostumbrados al estilo vertiginoso de Hollywood, el lenguaje de Cuarón se aleja de las convenciones establecidas por la instrucción cultural. La elección de la secuencia del agua jabonosa corriendo hacia la coladera, escena de apertura que le llevó dos días grabarla con grúa, nos interna en la narrativa metafórica. El extraordinario espejo-agua, cruzado por un avión, simboliza el fluir de la vida infantil y citadina. 

Para quienes afirman que en Roma, “no pasa nada”, quizá no se han dado cuenta que son presa del fenómeno de inmunidad cultural frente a la exposición excesiva a la violencia (mediática y real). Porque desde el inicio de la película somos espectadores de violencia.

Aparece, por primera vez, en la mesa del comedor, donde uno de los pequeños hijos relata un asesinato real. Luego ese niño y su hermano juegan a matarse con pistolas de juguete en la azotea. Se perfila en la práctica marcial de Fermín, dentro del cuarto de hotel y en la banda de guerra que cruza las calles. Se filtra en el lenguaje agresivo dirigido a Cleo por parte de la frustrada señora Sofi. Se exhibe en la pantalla de cine, donde el novio decide concretar el abandono. Se expresa en los golpes deliberados al Galaxy y en el inesperado sismo. Se recrea en el deporte de la cacería y en el acoso sexual. Irrumpe en el incendio y en las palabras soeces que dirige Fermín hacia Cleo. Se concreta en el pleito a golpes entre hermanos y en la embriaguez de la esposa decepcionada. Culmina en el horror de la matanza estudiantil por parte de un Estado represor. 

La muerte, está sin duda, presente en la historia biográfica del Cuarón niño, en los tiempos del autoritarismo presidencial del PRI en México, con el presidente Luis Echeverría Álvarez, heredero de su antecesor en el poder, Gustavo Díaz Ordaz. Éste, responsable directo de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, en tanto que el primero, autorizó la matanza de estudiantes del Jueves de Corpus (10 de junio de 1971), conocido también con el nombre de El Halconazo o Masacre del Corpus Christi, que vemos recreada en una de las escenas más significativas de la película.

Quizá los jóvenes estudiantes de hoy, desconocen el nombre del grupo de choque creado en los sesenta para reprimir los movimientos de protesta. En Roma, es Fermín, el joven sin escrúpulos, entrenado en un destacamento paramilitar, en los llanos de la naciente Ciudad Nezahualcóyotl, quien personifica a los llamados Halcones.

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Sin embargo, aunque la violencia está presente desde el inicio de la película, no tiene el tratamiento comercial, en ritmo y narrativa visuales, del cine saturado de efectos que, en el caso de Cuarón, los construye simbólicamente con atmósferas sonoras y secuencias visuales de época, cuidadosamente recreadas. Quizá, los pájaros revoloteando en las jaulas, de la casa familiar, sea la imagen síntesis de la violencia que nos aprisiona. 

La diferencia de clases sociales entre la patrona Sofía y su empleada doméstica oaxaqueña, Cleo, son borradas al vivir ambas experiencias desilusionantes con las respectivas parejas. Al elegir el cruce de estas dos historias femeninas, el director-guionista nos revela una verdad: la violencia no tiene fronteras de clase social, vivida por su madre y su nana.

Y tampoco hay límites en el manejo artístico de la imagen. Cuarón elige encuadres de dos escenas simultáneas, igualmente importantes. Esto ocurre magistralmente con la excelente actuación de Yalitza Aparicio, como Cleo, en primer plano, acabando de parir, mientras que el personal de enfermería realiza procedimientos de resucitación con la bébé, en segundo plano.

Vuelvo a las palabras de Susan Sontag, en el epígrafe elegido, tomado de su libro Ante el dolor de los demás, porque veo en esta película no sólo la memoria recreada de un viaje a la infancia. Al revisitarla, con el profundo amor hacia la nana, hacia el arte cinemotografíco y, desde la adultez, los recuerdos resignificados por el contexto socio-político, adquieren un valor ético en y por sí mismo.

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En el caso de la cruda realidad de las trabajadoras domésticas en nuestro país, dicho contexto no ha cambiado. Se trata de un sector arrinconado a la servidumbre, a la precariedad de condiciones laborales, a la explotación del trabajo sin horario y sin prestaciones sociales. Un trabajo doméstico realizado, en su mayoría, por mujeres explotadas, bajo la anuencia de mujeres. 

Cuarón lo pronuncia en las preguntas que demanda la enfermera a la abuela, para llenar el formulario de ingreso de Cleo al hospital. La mujer muestra una total ignorancia sobre su empleada, de origen mixteco. No recuerda el segundo apellido o quizá ni lo sabe, tampoco su edad, ni su lugar de nacimiento. En cambio, responde con firmeza a la pregunta de la relación que guarda con la paciente: “Soy su patrona”.

Roma es, sin duda, una obra de arte cinematográfica, por el cuidado en la dirección, el guión, las actuaciones, la fotografía, el diseño de arte, las atmósferas sonoras y la selección musical. Las reacciones de asombro que han originado los múltiples premios otorgados a la película, nos muestra de manera fehaciente el actual estado inamovible del prejuicio racial, en el México del siglo XXI. 

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No obstante, se sigue justificando el uso y abuso de la violencia, manifiesta o soterrada, bajo una supuesta superioridad racial que da derecho a excluir y a humillar a quienes no cubren los estándares impuestos: físicos, escolares y socio-económicos.

No basta con reflexionarlo, hay que cambiar con acciones para que lo inamovible deje de reproducirse en su falsa naturalización. 

Como en toda obra de arte, en Roma se juega el corazón. El homenaje a la querida nana mixteca, es anunciado por el avión cruzando el espejo de agua sobre el piso y removido por la escoba de Cleo. La travesía no la hace en solitario Alfonso Cuarón. Los espectadores lo acompañamos en la historia que nos toca, para mirarnos en la riqueza de la diversidad humana, reconocernos en la inclusión y apartarnos de las abyectas expresiones discriminatorias. 

Para algunos, la película les resulta inexplicablemente aburrida, léase incómoda. Quizá el prejuicio se oculta con disimulo bajo la sentencia: “Es que no pasa nada”. Una frase que demuestra insensibilidad y amnesia, viajeras acompañantes del prejuicio. 

Recordemos que el  atributo verdadero del arte es desnudarnos de apariencias.  

cartel netflix

Los fotogramas de esta columna están tomados del trailer oficial de la película (Netflix, 2018). 

 

Recomendación del editor para leer sobre la película de Alfonso Cuarón.

https://elpais.com/cultura/2018/12/06/actualidad/1544109559_977810.html

https://www.nytimes.com/es/2018/11/22/roma-alfonso-cuaron-yalitza-aparicio/


 
[1] Maestra en Soluciones Sistémicas Sociales por el Instituto de Estudios Superiores Sowelu.
Maestra en Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)
Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
Especialidad en Psicoterapia Corporal por el Centro de Constelaciones Familiares Sowelu.
Certificación en Formación Internacional Trabajo con Trauma por el Arizona Center for Social Trauma y el Centro de Constelaciones Familiares Sowelu.
Diplomado en Terapia Corporal y Configuraciones Sistémicas. Sowelu
Docente de la Universidad Pedagógica Nacional, México.
Docente de la Maestría en Soluciones Sistémicas Sociales del Instituto de Estudios Superiores Sowelu.
Docente del entrenamiento en Constelaciones Familiares en Sowelu.
 

 

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